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23 Junio 2008

Argentina: origen Anarquista de un pueblo de Cordoba

El origen Anarquista de un pueblo de Cordoba

3 de diciembre de 2006
Argentina

Un pueblo que espera volver a florecer Nacido al influjo de ideales anarquistas en 1944, este rincón del departamento Ischilín está casi deshabitado y sin los servicios esenciales para sobrevivir a los males de la globalización.

Corría octubre de 1944, cuando un laborioso herrero, un refugiado de la Guerra Civil Española y una maestra de escuela decidieron hacer una sociedad para concretar un sueño. El sueño era fundacional: hacer de un pedazo de tierra de belleza inconmensurable un pueblo con todo lo necesario para gozar de las vacaciones propias y ajenas. Y los hacedores que concretaron el sueño el 14 de octubre de ese año fueron Jaime Moragues, Sinesio Baudilio García y Jaime Ronda, con la autoría intelectual de Julia García, hermana de Sinesio y esposa de Moragues.

Esta sociedad hizo mucho más que lo que correspondería a una de estas características (típicamente comercial), porque imbuidos de una filosofía de vida especial, los fundadores desarrollaron una incansable actividad en pro del crecimiento de la población.

Tres calles

Santa Fe y Córdoba fueron nombradas las dos calles principales del primer loteo. La primera corre paralela al barranco y de norte a sur, la segunda la corta perpendicularmente, limita la plaza del pueblo y se alarga paralela al arroyo, al que cruza en varios lugares. Después está la calle La Florida, casi paralela a Santa Fe, con la que luego se junta y forma un solo camino que lleva al sudoeste.

En esas manzanas primigenias se edificaron las primeras casas; una de ellas fue la hostería que estuvo administrada por don Jaime Ronda y su esposa Catalina en 1944, aunque al año siguiente se hizo cargo doña Julia junto a su madre doña Angela Fernández de García. Por esos años, los huéspedes, en su mayoría provenían de Santa Fe y eran docentes, empleados públicos y personas de ideas anarquistas. También fueron esos huéspedes los que compraron los primeros lotes y construyeron las casas, que llegaron a ser 32 en total.

Servicios comunitarios

Un pueblo original se estaba gestando con estas personas que se reunían en Deán Funes, adonde llegaban en coche motor, para transportarse en lo que se pudiera hasta Cerro Negro. Esta sociedad compartía las ideas de Sinesio Baudilio García, “más conocido como Diego Abad de Santillán, escritor y dirigente anarquista español de la época de la Guerra Civil, que luchó toda su vida por España y, en la Argentina, por sus ideales anarquistas”, según destaca Jaime Moragues en su libro Cerro Negro, historia grande de un pueblo chico. Historia grande de una gran región.

Con esos ideales como estandarte, los fundadores decidieron ofrecer en la villa servicios manejados en forma comunitaria. Así fue construido un primer tanque de agua en la ladera del Cerro Negro, alimentado por un pozo ubicado cerca de la pileta. El agua era bombeada con un motor que, de noche, daba luz a la hostería. Posteriormente, para responder a las demandas se construyó un segundo tanque más arriba y un segundo pozo cerca del primero.

En 1952 se formó la Cooperativa Cerro Negro Limitada, que tuvo hasta 1959 más de 60 socios, para proveer de agua corriente y electricidad al pueblo. Desde el comienzo la provisión de energía eléctrica era por unas horas, desde las 20 a la medianoche, costumbre que se mantuvo durante los casi 40 años que funcionó el motor.

El pueblo crecía en cantidad de habitantes y también demandaba mayores actividades recreativas y deportivas; con esa idea nació la Asociación de Jóvenes de Cerro Negro. Hicieron una cancha de pelota, organizaron bailes, plantaron árboles y demarcaron la cancha de tenis, entre otras actividades que los mantenía ocupados todas las vacaciones.

También se hicieron necesarios otros servicios, como la sala de primeros auxilios, la estafeta de correos, la escuela y muchos esfuerzos como el transporte colectivo para conectarse con los pueblos más grandes que les proveían de mercaderías y otros insumos. Y todo fue hecho respetando la filosofía inicial.

Esplendor lejano

Pero, como todos los pueblos alejados de la civilización, Cerro Negro no pudo sustraerse a lo que la globalización le hizo al mundo actual. Muchos de los herederos de los solares debieron venderlos o cerrar las puertas de las casas de veraneo y cancelar las vacaciones por diversas causas que incluyen exceso (o falta) de trabajo y escasez de dinero.

Algunos residentes permanentes siguen con su vida en el marco maravilloso de una naturaleza pródiga, pero la mayoría de los visitantes anuales ha abandonado la sana costumbre inaugurada por sus abuelos de trasladarse al pueblo de diciembre a marzo. Ya nada es como era antes. El tiempo dedicado a las vacaciones es cada vez más escaso y este hecho ha logrado despoblar a Cerro Negro.

Cerro Negro es otro de los pueblos deshabitados que se pueden encontrar en la geografía de Córdoba, otro de los pueblos que se han visto perjudicados por el progreso mal entendido. Un lugar que floreció al compás de una filosofía de vida que ha quedado definitivamente en el pasado.

Difícil de encontrar

Cerro Negro. El colectivo hace años que no llega al pueblo, al que sólo se puede acceder en automóvil particular. Tampoco hay almacén y para abastecerse es necesario ir hasta Villa Albertina. El motor que proporcionaba energía eléctrica dejó de funcionar en 1990 y cuando volvió arreglado, la mayoría de las instalaciones se habían deteriorado al extremo que no se pudo volver a dar la luz. Ahora, los pobladores permanentes piden que Epec extienda el cableado desde Villa Albertina.

Para llegar a Cerro Negro (a 130 kilómetros al norte de la ciudad de Córdoba) hay malos caminos y las cosas se complican aún más cuando se trata de encontrar la orientación adecuada en una maraña de huellas zonales sin ningún cartel que guíe los pasos. Desde Córdoba se puede transitar por la ruta nacional 9 norte hasta el empalme con la ruta 60, por allí se debe seguir hasta la localidad de Sarmiento, desde donde hay dos caminos posibles, ambos de tierra en mal estado, pero rodeados de una gran belleza. Uno de ellos pasa por Ischilín Viejo, desde donde hay que continuar unos 10 kilómetros más. El otro es el que conduce a Cañada del Río Pinto, pasando por Villa Albertina, desde donde hay que continuar cerca de cuatro kilómetros más.

3 de diciembre de 2006

Anarquistas de Córdoba

La doctrina y los militantes anarquistas entraron a Córdoba –aunque no tan temprano como en Buenos Aires y Rosario– con la masa de la inmigración extranjera, especialmente italianos y españoles, a fines del siglo XIX. Para principios del siglo siguiente, merced a su devoción y afán de servir a los más oprimidos, habían alcanzado ya decisiva influencia en los entonces llamados "Sindicatos de Oficio Varios", que agrupaban en la llanura agraria del sur y el sudeste a los peones rurales y, en nuestra ciudad, a los trabajadores semiartesanales urbanos (sastres, ebanistas, panaderos, zapateros ladrilleros, etcétera).

Su lucha cubrió muchos años de movimientos y huelgas heroicas, pero el desarrollo económico de la producción industrial y el sector terciario –en lo que parece ser una ley sociológica insoslayable– fue mellando su influencia en el movimiento obrero: en los servicios comenzaron a predominar los socialistas (ferroviarios, mercantiles y otros) y en la industria (fabril, agroderivados, construcción, etcétera) los comunistas. Cuando ambas corrientes se coaligaron en una sola central sindical provincial en 1935, el anarquismo era ya una sombra de lo que había sido, aunque conservaba alguna presencia.

Sin embargo, en esa década del Treinta es cuando se registran los intentos comunitarios de militantes libertarios que trataron de vivir según su modo de pensar. En las sierras de Córdoba –según cuenta el historiador Diego Abad de Santillán– se organizó en una gran vivienda habilitada a esos efectos, una "comuna" libertaria, que duraría poco tiempo. Otra, más conocida, se constituyó en un campo en las cercanías de Río Segundo, en la vecindad del río. La integraron el carpintero Nazareno Cuaranta, el ferroviario italiano José Juan Antonio Borioli, el verdulero Nicanor Copparoni, un zapatero de nombre Isidro y un mecánico apellidado Fossati. Arreglaron la vieja casa del lugar, construyeron una noria para extraer agua y colectivizaron todos sus bienes al modo de un falansterio fourierista. Producían artículos de granja, frutas y verduras que, en un carro construido por Cuaranta, vendían en el pueblo y en Córdoba. La "comuna" servía de asilo temporario a todos los trabajadores golondrinas –"linyeras" o "crotos"– que llegaban para las cosechas de época y que retribuían con trabajos comunitarios sus días de estancia en el campo libertario.

Pacíficos, los anarquistas de Río Segundo vivieron sus años en autenticidad y comunión, trabajando, soñando y estudiando los textos de los grandes maestros: Proudhon, Bakunin, el príncipe Kropotkine, Malatesta, Pietro Gori... Su actividad política, si así se puede llamar, consistía en una especie de propaganda pública ingenua que se imprimía nocturnamente sobre los muros del colegio, de la Iglesia, de la comisaría o de la Municipalidad. Como aquella que realizaron en abril de 1937, escribiendo frente a la Escuela de Varones la famosa frase de Víctor Hugo: "En cada pueblo hay una luz que lo ilumina: el maestro, y una sombra que lo apaga: el cura". Contaba Borioli que al otro día el comisario Tabares andaba como loco buscando al atrevido Víctor Hugo, firmante de la herética reflexión. Otras veces aseguraban con alquitrán que "la única iglesia que alumbra es la que arde"... Pero eran sólo ejercicios retóricos.

Este núcleo de Río Segundo, junto al famoso libertario Carlos Badenes, constituyó durante la guerra civil española el alma y la levadura del "Comité de Ayuda al Pueblo Español" o Cape. Badenes había conocido, allá en Ushuaia, a Simón Radowitsky, el ejecutor del coronel Ramón Falcón, y las torturas del presidio lo habían dejado tullido y sordo de un oído pero sin quebrantar su espíritu indoblegable. Como antiautoritario, odiaba el comunismo estalinista como los jóvenes estudiantes libertarios de la década 1945-55 odiaron al peronismo por el mismo motivo.

Agrupados en la rama local de la FLA (Federación Libertaria Argentina) en estos años de gloria del general Perón, los anarquistas, efectivamente, tenían una de sus columnas más enérgicas en un ala del "Partido Reformista de Medicina" (PRM), que controló durante toda esta época al Centro de Medicina y la misma FUC. Tanto es así que Silvio Borioli, el hijo mayor de aquel "comunero" de Río Segundo, alcanzó la presidencia de la entidad universitaria en 1948, siendo estudiante de derecho. El recordado Raúl "el Ojo" Audenino, los hermanos Carballo, los Borioli, Macor, y otros como ellos, llevaron el peso del largo combate contra el movimiento peronista en el seno del estudiantado reformista. En 1957, por diferencia con sus compañeros del PRM, los "anarcos" se escindieron de la agrupación y formaron el "Partido Reformista Ortodoxo 1918" (PRO 1918), que fue su último reducto. En realidad, podría decirse que su anarquismo era apenas una utopía tenue, en tanto que su antiperonismo militante era su ideología concreta. Por eso, al caer el peronismo, muchos de aquellos muchachos combativos e idealistas quedaron sin un objetivo político de vida y derivaron unos al frondizismo y otros a los partidos de izquierda.

Una etapa había concluido. Habría que esperar nuevas condiciones, como las que empezaron a darse a partir de la crisis del neoliberalismo, para que apuntara un pequeño resurgimiento –apenas una curiosidad– de la utopía libertaria: de hecho, como en esas comunidades entre hippies y ecologistas, y doctrinariamente, con la vuelta a la lectura de sus clásicos, porque como ha dicho Christian Ferrer, "el anarquismo no consiste solamente en un modo de pensar el dominio, sino fundamentalmente en un medio de vivir contra el dominio".

Tags: argentina

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