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29 Junio 2008

Notas sobre la Otra Campaña zapatista como síntoma emergente

enviado por Juan Rey juriln@yahoo.com

La crisis, lo nuevo y lo otro.

Notas sobre la Otra Campaña zapatista como síntoma emergente

Juan Rey[1]

Enrique Pineda[2]

[1] Juan Rey es estudiante de la carrera de sociología, Universidad de Buenos Aires. Es integrante de la agrupación La Náusea, en el Frente Popular Darío Santillán.

juriln@yahoo.com

[2] Enrique Pineda es egresado de la carrera de sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana de México; participa de la agrupación jóvenes en resistencia alternativa, organización adherente a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona e integrante de la Otra Campaña. cebrion1@yahoo.com

Entendida en un sentido ‘fuerte’, ‘nietzscheano’ , una crisis no es un fenómeno meramente coyuntural, que conduce al abandono de determinadas creencias presentes y la adopción de otras de las entonces disponibles, sino uno que abre una ‘experiencia abismal’, en que toda inteligibilidad se quiebra

Elías Palti

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Introducción

El surgimiento de nuevas formas, alternas, de intervención y construcción democrática, está enmarcado en una severa crisis de la representació n y de los modos organizativos tradicionales; esta emergencia es, al mismo tiempo, causa y efecto de la paulatina erosión de los sistemas y mecanismos de participación (formal, limitada), estructurados a través de la representació n política tradicional. Explicar el por qué de esta crisis, nos permite sentar las bases para exponer posteriormente las características de la emergencia de formas novedosas de resistencia, participación y luchas alternativas, así como presentar una de sus múltiples expresiones: la Otra Campaña, reciente iniciativa mexicana del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

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El reordenamiento en el patrón de acumulación

En primer término, debemos tener en cuenta que en las últimas tres décadas ha habido un giro decisivo en el mundo del trabajo, en las políticas económicas, en el horizonte programático de la(s) izquierda(s) , en la esfera de las ideologías, y, por supuesto, en la formas de estructuració n de las luchas y los movimientos sociales frente al Estado y al mercado.

La actual crisis de la representació n política, sostenemos, además de ser un fenómeno estructural y global, es parte y emergente de una reconfiguració n de la relación capital-trabajo que existía en la etapa previa al advenimiento del neoliberalismo. Es consecuencia de un reordenamiento del patrón de acumulación[3]

Hoy podemos evaluar con certeza que la reacción durante el siglo XX a la revolución soviética y a la crisis capitalista de 1929 fueron las políticas del Estado de bienestar y los populismos. Las distintas versiones del keynesianismo económico constituyeron –haya sido o no ese su objetivo explícito- una forma de reordenar y reconstruir la hegemonía política y social burguesa y de potenciar la plusvalía económica, para contener la potencialidad de la insurrección y las crecientes presiones sociales.[4]

El Estado de Bienestar, de la mano del llamado fordismo y los populismos, logró contener, a partir de una inclusión subordinante y alienadora, la enorme energía social que venía gestándose en los movimientos antisistémicos. De manera esquemática podemos decir, entonces, que el capital optó y requería –a la vez- pactar con el trabajo[5]. Dicho pacto aseguró beneficios para las estructuras que representaban al trabajo, y, a su vez, incluyó y subordinó políticamente a las clases subalternas. Según Immanuel Wallerstein, “Esencialmente, lo que el estado de bienestar implicaba era un salario social, en el que una porción (una porción creciente) del ingreso de los asalariados no provenía directamente sino indirectamente del paquete de salario del empleador, a través de los organismos gubernamentales. Este sistema (…) desplazaba parte de las negociaciones entre el capital y el trabajo al campo político donde, con el sufragio, los trabajadores habían adquirido un poco mas de fuerza”[6]. (Wallerstein, 1996: 135)

Para llevar a cabo este enorme acuerdo, las clásicas representaciones partidarias y sindicales fueron indispensables. En el período de la industrializació n acelerada y del trabajo en masa, estas estructuras tendieron a tomar formas centralizadoras, homogeneizantes y unificadoras. Aunque en algunos casos rebasadas[7], estas poco flexibles configuraciones representativas, sirvieron como correas de transmisión de la relación capital-trabajo y fueron construidas y/o fortalecidas con el consenso de las mayorías[8], ya que su utilidad para gestionar, negociar y pactar beneficios con el capital a través del Estado estuvieron fuera de toda duda. En México, o en Argentina, ancladas en el corporativismo, servían además como elementos cohesionadores del tejido social, la identidad popular, llevando hasta cada barrio y cada comunidad, los beneficios del pacto capital-trabajo que fueron sumamente importantes para las clases trabajadoras.

Hoy asistimos al reordenamiento de la relación capital-trabajo (informatizació n, automatizació n, trabajo inmaterial, flexibilizació n, crecimiento del trabajo llamado terciario[9]). Las nuevas formas productivas son fragmentarias, fractales, como manchas de leopardo que se desarrollan en ciertas capas, territorios y segmentos de la sociedad, que, a diferencia del anterior sistema productivo, no integra, incorpora y ordena, sino más bien excluye, fragmenta y desordena[10] al tejido social. Los procesos de socialización alrededor del trabajo y las identidades que de ella emanaban, están en retroceso y en crisis. Cada vez más el trabajo informal, precario y el desempleo, son la regla y no la excepción. Rotar en cada una de estas modalidades es más común en la vida de un trabajador que esperar laborar en una misma forma y en un mismo espacio, durante toda su existencia. Vida líquida, al decir de Zygmunt Bauman[11]. Ello hace saltar en pedazos la posibilidad de la representació n continua, permanente y estable, tal y como antes se hacía.

Al parecer, la abierta contraofensiva del capital es una tendencia en la que no se requiere del pacto capital-trabajo y del cual, este último obtenía ciertos beneficios. Este es el nudo de la reconfiguració n del trabajo, pero también de la mediación estatal y de las instancias para acceder a dicha componenda: partidos y sindicatos.

Roto el acuerdo de beneficio mutuo, el Estado es obligado a servir a nuevas prioridades para la acumulación, a kilómetros de distancia de su función inclusora, repartidora, y ordenadora que antes ejercía. Si el Estado y, junto con él, las estructuras que se institucionalizaron paulatinamente como los partidos y los sindicatos perdieron, o al menos se debilitaron ampliamente en su función mediadora y negociadora frente al capital, hoy han quedado como estructuras profundamente cuestionadas en su utilidad, pero sobre todo ampliamente criticadas por su forma de ordenar el poder. En estos tiempos, en que su margen de maniobra ha quedado reducido al mínimo, es aún más visible su verticalidad, su centralismo y su carácter homegeinizador.

Ha quedado negada, o sumamente acotada, la (supuesta) principal función tradicional de la representació n: pactar y negociar con el capital condiciones favorables para las clases subalternas. Hoy el capital se niega a negociar con el trabajo, y, arrogante, pareciera poco dispuesto a supeditarse a cualquier posible pacto. Las estructuras verticales de poder de la representació n en masa quedan desnudas. El enojo y el desencanto frente a su inutilidad es por tanto, creciente. ¿para que queremos representantes de partidos y sindicatos que no pueden defendernos? parecen preguntarse igual un campesino mexicano, un trabajador boliviano o un ciudadano argentino.

Por otro lado, las políticas económicas implementadas en las últimas décadas del neoliberalismo en toda América Latina, han golpeado y hecho reaccionar a los movimientos sociales y clases subalternas, que frente a la intensificació n y expansión de la mercantilizació n de todas las esferas de la realidad comenzaron a reorganizarse, resistir y constituir estructuras que, cada vez más, se alejan del modelo de representació n de masas tradicional. La ruptura del pacto social que implicaban los viejos populismo ha significado también, en sendas franjas de las clases subalternas, la ruptura de la relación mando-obediencia. [12]

Para Sergio Rodríguez Lascano“... lo que entró en crisis no fue únicamente una forma de participación política por medio de la inutilidad de esos partidos sino una modificación sustancial de la relación mando-obediencia, es decir, el consenso de la dominación se comenzó a fracturar. La crisis de lo político no tenía sus raíces en la esfera de la política sino de lo social (…) al romperse el consenso de la dominación se abrió una crisis de época que todavía no se cierra…” (Rodríguez Lascano, 2007)

El estrecho margen de negociación del Estado y los partidos políticos con el capital deja a los programas, políticas públicas, discursos y horizontes de las “clases políticas” como meras escenografías y espectáculos. Las poblaciones paulatinamente han descubierto que el cumplimiento de las promesas y programas de gobiernos y partidos – y, también, las más de las veces, los sindicatos- están muy lejos de ser realidad. Esto ha hecho crecer la desconfianza y el escepticismo frente a este tipo de estructuras y formas de delegación política. La abierta separación de representantes y representados, pone en jaque la legitimidad de estas estructuras.

Las “clases políticas” latinoamericanas han utilizado al Estado como uno de los principales mecanismos para la acumulación, a través de la corrupción de elite. Sus enormes y consecutivos escándalos, y de todos los partidos –incluyendo a muchos considerados de izquierda[13]- han dejado una estela de desconfianza en la población. Demagogia y corrupción se vuelven entonces elementos que no pueden ser explicados sólo por razones motivacionales, sino estructurales, que se repiten desde Tijuana hasta Tierra del Fuego. La decadencia de las dirigencias políticas, las estructuras partidarias y, en buena medida, también las sindicales, son un elemento condicionante del colapso de las formas de participación política basada en la representació n y la delegación.

Sin embargo, la crisis de la representació n no termina ahí. Durante todo el siglo XX, la disputa por los horizontes de transformació n fueron signos de esperanza para las poblaciones en su conjunto. Las aspiraciones programáticas que significaron sendas construcciones ideológicas fueron fracasando, una a una. La promesa de la industrializació n como palanca del desarrollo terminó en una catástrofe ecológica de la que hoy pueblos y organizaciones son mucho más concientes. Así, “... después de la opresión colonial en nombre de la civilización, luego de dos carnicerías mundiales bajo el lema de la libertad; después de la degradación de la naturaleza por obra de la tecnología ¿Quién puede pronunciar, sin un dejo de ironía, la palabra progreso?”. (Villoro, 2001: 20)

La soberanía y el desarrollo nacional se desarticularon como opciones discursivas en medio de una feroz realidad trasnacional, globalizadora, que privilegia y acentúa al mercado internacional. Aún más importante es la caída del “socialismo real” y, junto con él, el imaginario clásico de La Revolución[14] como promesa de construcción de un mundo más igualitario. Los grandes sueños y expectativas que daban fe y esperanza, pero también, cierta tranquilidad y claridad hacia la transformació n, se han trastocado en pesadillas, y luego en el despertar de ellas.

Pero lo más importante para explicar la crisis de la representació n es el desencanto sobre las democracias liberales en que vivimos. Es relevante señalar que el programa liberal durante el siglo XX consistía en “...conceder acceso limitado al poder político y una participación limitada en la plusvalía económica, a niveles que no amenazaran el proceso de incesante acumulación de capital ni el sistema estatal que lo sostenía”. (Wallerstein, 1996: 42)

Una vez abandonado el pacto inclusivo sobre la relativa distribución del plusvalor, el proyecto para compartir el poder se cristalizó en las llamadas transiciones democráticas que reemplazaron a las dictaduras y regímenes autoritarios, a lo largo y ancho del continente. Esta historia es conocida. Sin embargo, la propuesta liberal de concesiones y reordenamiento del poder ha llegado a su límite. El sufragio universal, y las instituciones de representació n democrática a través de los partidos, es todo lo que el programa liberal imagina y ofrece. No hay nada más en el reordenamiento del poder en el proyecto de las clases políticas liberales. Los sistemas electorales como vehículos universales, pero también como camino privilegiado para el cambio social, es el máximo que podemos esperar de prácticamente todos los regímenes políticos latinoamericanos, en un contexto claramente perfilado hacia el reclamo de mayor incidencia popular en las decisiones políticas; por ello, el desfase es notorio.

Estas democracias formales, en medio de una contracción del poder de negociación de los trabajadores, de sus sindicatos y partidos y de la reconversión de la función del Estado, no sólo son insuficientes y se desbordan con facilidad[15] frente a las nuevas emergencias de resistencias, luchas y participación alternativas, sino que quedan también como una gran fachada democrática, como una frágil escenografía de mecanismos y procedimientos electorales que las clases subalternas intuyen como falsa y decorativa.[16]

Pero en medio del avasallamiento de la ofensiva del capital, en una era caracterizada por la incertidumbre, el escepticismo y el desencanto, en el fracaso y crisis de una forma de lucha, surgen sin embargo nuevos movimientos de resistencia. Se ha perdido la fe en la vieja estrategia de emancipación, pero el deseo y la necesidad de liberación se ha actualizado y ha encontrado novedosas y creativas formas de expresión.

La descomposición de arriba

El Estado es una forma de dominación, pero es una forma de dominación en crisis. En todo el mundo, las personas están diciendo: ‘no, no vamos a canalizar nuestras luchas a través del Estado. No nos vamos a organizar en partidos. No vamos a intentar tomar control del Estado. No queremos convertirnos en políticos profesionales. Todos están corruptos’”.

John Holloway

Las formas del Estado y de la insubordinació n así como la relación entre ambos son históricas.

Ana C. Dinerstein

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La democracia formal (liberal), y su sistema representativo, nace con el ascenso de la burguesía como clase dominante y se afianza durante el Siglo XVIII; se trata de una relación que esconde otra forma de despojo capitalista: el de quitarle a las personas, y a los pueblos, el derecho de ser dueños de sus propios destinos; el derecho a la autodeterminació n.

Las mutaciones sufridas en las últimas décadas en el vínculo capital-trabajo, como vimos, y el reordenamiento del patrón de acumulación, abre un nuevo contexto, donde se fisura la relación misma de “volver presente lo que está ausente” (Accarino, 2003: 19), mientras se extiende, en términos de Giles Deleuze, “... la indignidad de hablar por los otros...”. (Foucault, 1995: 11). Esto tiene manifestaciones, tanto en las (nuevas) fricciones de los pueblos y sus dirigencias políticas y partidos, así como también en las expresiones asumidas por distintos movimientos antisistémicos, alejados de los patrones organizativos tradicionales. Variadas tendencias, múltiples emergencias (que caracterizamos como) sintomáticas, nos permiten vislumbrar alternativas novedosas de resistencia frente al sistema capitalista que, como nunca antes, amenaza con la destrucción de la especie humana.

La crisis estructural de la que hablamos encuentra diversos síntomas, que pueden variar coyunturalmente, pero que se mantienen, tendiendo a profundizarse. Crisis que, al afectar la esencia misma de la relación de representació n, abarca también a los partidos tradicionales de izquierda, postulantes a representar los intereses de la clase obrera, el pueblo, los trabajadores, los explotados, etc., sea a través de procesos electorales, o de procesos revolucionarios, dirigiendo insurrecciones violentas, o huelgas generales. A esto le sumamos los verdaderos fracasos, simbolizados en la caída del Muro de Berlín y el desplome de la Unión Soviética, que derivaron de la estrategia revolucionaria que primó durante el Siglo XX, basada, esquemáticamente, en dos fases: primero, conquistar el poder del Estado, visto como “cosa” -no como una relación social de dominación capitalista- luego, cambiar el mundo. En palabras de Immanuel Wallerstein: “La conclusión que las poblaciones de todo el mundo extrajeron de los resultados obtenidos por los movimientos antisistémicos clásicos que habían ocupado el poder fue negativa. Ellas cesaron de creer en que estos partidos construirían un glorioso futuro o un mundo más igualitario y dejaron de concederles su legitimación; al perder la confianza en estos movimientos, también dejaron de creer en el Estado como mecanismo de transformació n”[17].

Repasemos algunas imágenes de lo que sucede en esa forma de dominación que se ha agrietado entre el arriba y el abajo.

En primer lugar, podemos observar una clara caída en el índice de la cantidad de votantes[18] a lo largo de Latinoamérica y en el mundo. Recientes expresiones literarias dan cuenta de ello, como, por ejemplo, la hermosa y sugerente novela del escritor portugués José Saramago, Ensayo sobre la lucidez, que trata sobre un pueblo que se abstiene de manera masiva de expresarse a través de las urnas, y de cómo el régimen político en su conjunto se desespera ante tal vacío insurgente. En muchos casos, esta situación se atenúa por la trampa de elegir entre el “menos malo”, que aún opera y condiciona, y por la fuerte impronta caudillista en la cultura política latinoamericana, importante a la hora de elegir, sobre todo, cargos ejecutivos; en todo caso, puede aparecer una simpatía más bien efímera y transitoria hacia algún candidato en particular, habitualmente un “outsider”, como Vicente Fox, Alberto Fujimori, o Mauricio Macri; o un miembro orgánico de la dirigencia política pero poco conocido, como lo fue Néstor Kirchner[19] para la mayoría de los argentinos cuando ganó la elección presidencial en 2003, con menos del 23% de los votos emitidos.

Lo más relevante emerge en lo cualitativo, donde se ve una clara ausencia de seguidores o adherentes a los partidos; hoy es realmente difícil, aunque con matices, encontrar personas que defiendan convincentemente algún programa de gobierno, partido, o candidato[20]. Más aún en las nuevas generaciones; entre los jóvenes, que nacimos y crecimos en medio de esta crisis estructural, con instituciones marcadas por un profundo proceso de descomposició n, la sensación de descrédito y rechazo hacia “nuestros representantes” se agudiza.

El trastorno sufrido por los viejos “partidos de masas”, durante el neoliberalismo, es evidente.[21] Han quedado reducidos a sus aparatos clientelares; son incapaces de realizar actos masivos en cierres de campañas, o mismo en festejos por victorias electorales; ya no convocan. Una de las principales herramientas con las que la burguesía dominó, frenó procesos de movilización emancipatorios, y generó consenso -la democracia formal y sus partidos políticos-, está averiada; y todo parece indicar que nada va a remediarla.

Una imagen cada vez más extendida de desprestigio y falta de credibilidad hacia las clases políticas recorre nuestros países. Esto toma su máxima expresión en el “Que se vayan todos”, consigna generada en las calles argentinas el 19/20 de diciembre de 2001, y que trascendió este país, recorriendo, bajo diferentes formas, variadas protestas a lo largo del mundo[22]; el “ya cayó, ya cayó, Ulises [Ruiz, Gobernador del Estado de Oaxaca, México] ya cayó”, repetida por miles y miles de oaxaqueños, también es parte de esa quiebra con nuestras dirigencias políticas, producto, entre otras cosas, de los reiterados engaños[23], con que sometieron a los pueblos, y que encontraron su ropaje más burdo y crudo con el modelo neoliberal y sus promesas incumplidas. Siguen gobernando, sí, pero ya nadie les cree. El calendario electoral tiene importancia sólo para quienes, en el arte de la especulación política y los acuerdos de cúpulas, lo diagraman.

Son apenas algunas señales de una fractura histórica, una ruptura; ruptura que no encuentra (y ése es el desafío) una síntesis superadora, que marque el paso del escepticismo y la apatía a la participación masiva y activa. Como veremos, tan sólo hay intentos de largo aliento, tendientes a potenciar estas nuevas radicalidades, y de alcance y proyección nacional. Pero esto es parte del apasionante y apremiante reto que nos presenta el momento que transitamos, donde tan sólo asoman brotes de lo nuevo...

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Dos, tres... muchos síntomas.

Una musicalidad (o radicalidad) distinta, novedosa, recorre, con diferentes tonos, a los nuevos movimientos sociales, y a las formas que expresan en la práctica los actores sociales.

Como dijimos líneas arriba, en el presente trabajo intentamos observar y analizar tendencias o síntomas (históricos) que, sostenemos, van marcando un camino de radicalizació n democrática. Pensamos que, más allá de algún reflujo[24] coyuntural, estas proclividades contrahegemónicas se mantienen. No vemos posibilidad de recomposición de esta relación representativa y lo que ella encierra, sino mas bien una profundizació n del proceso de descomposició n del régimen político, y el constante nacimiento de nuevas formas de praxis que, si bien son embrionarias e incipientes, permiten vislumbrar sendas por venir. Sin embargo, sabemos, la historia de la lucha de clases ha dado sobrados ejemplos de que nada es inevitable, ni está asegurado de antemano. Es la pelea de los pueblos, su in(ter)venció n consciente y activa, la que dará las respuestas; la que seguirá moviendo las piezas “...para ‘ganar la partida’: una partida en la que [hoy más que nunca] se juega el futuro de la humanidad”. (Lowy, 2002: 49).

Buceando por ese “... inédito y singular universo cultural, ideológico, político e identitario con innegable potencialidad contrahegemónica” [25], (Mazzeo, 2007: 151) y que, en buena medida, abarca tanto a organizaciones políticas de nuevo tipo como a grupos de vecinos o pobladores organizados en función de una problemática particular, hallamos algunos rasgos que los atraviesan.

El patrón tradicional de organización (o “canon leninista”, según Sergio Tischler[26]), como vimos, también es fuertemente afectado por las transformaciones históricas que se están sucediendo, y que dan lugar a nuevas formas. De ahí que pensamos la crisis de la representació n como desafío y posibilidad emancipatoria para los pueblos y sus movimientos.

El hartazgo y la ruptura de la que hablamos -y que se ve con mayor claridad en sucesos como el “19 y 20” argentino, la “rebelión de los forajidos” en Ecuador, o la “comuna” de Oaxaca en México- tiene, como veremos más adelante, manifestaciones menores casi cotidianas, pero que se inscriben en este proceso más general que venimos analizando.

En muchos de ellos prima la espontaneidad: no son convocados por ninguna estructura; se rechaza el rol de vanguardia y las posturas autoproclamatorias; adoptan, no sin dificultades, la horizontalidad como forma relacional, (en algunos casos, explícitamente como criterio organizativo, en otros implícitamente) ; no aceptan posiciones verticalistas, las jerarquías son puestas en cuestión[27], y los intentos, generalmente provenidos de militantes de la izquierda tradicional, son repelidos, con mayor o menor éxito, dependiendo de la fuerza del proceso

Practican, como principio, la revocabilidad y la rotación en los mandatos (la propia práctica constituyente genera dispositivos inmanejables, subversivos, para el poder constituido, que añora la vieja interlocución tradicional con un “representante” inamovible.. . y fácilmente corrompible[28]); invierten la relación mando obediencia, para, siguiendo a los zapatistas, “mandar obedeciendo”; prefieren las asambleas como formas predominantes de toma de decisiones (legitimas); apuestan a la construcción de poder desde abajo; construyen espacios autogestivos, donde prima lo disruptivo; apelan a nuevas formas de protesta; las certezas y verdades reveladas son dejadas de lado.

Asumen caminos exploratorios; se alejan, pero sin desconocerlo, de lo institucional (espacio que es visto como contrario y enemigo de sus prácticas), y rechazan la creencia de que a través del Estado puedan resolverse los problemas.

Hay en todos una serie de criterios, implícitos o manifiestos, profundizados o incipientes, congruentes y contradictorios. Este proceso las atraviesa a todas y en él confluyen.

Otra de las expresiones centrales que se dejan ver en todos estos casos, alejados de la “ilusión estatal”[29], es la (re)apropiació n del espacio público; los ejemplos más acabados los constituyen las “tomas” de edificios públicos, colegios por estudiantes, municipalidades por empleados, fábricas por trabajadores, inmuebles abandonados por vecinos y su transformació n en centros culturales, cortes de rutas por trabajadores desocupados, radios abiertas en diversas protestas, escraches a las viviendas a ex represores, plantones en plazas centrales, etc.

Encontramos, quizás apenas como síntomas, formas que no canalizan su descontento a través de los, rotos pero subordinantes, causes institucionales; así, puebladas, quemas de comisarías y enfrentamientos directos con la policía ante hechos de delitos graves, como ser casos de violación, asesinatos de jóvenes a manos de la policía, etc.; ya no se esperan los tiempos de una justicia que se ve lenta y entramada con el delito; bloqueos a basureros tóxicos (como el de grupos de vecinos en la provincia de Buenos Aires contra el SEAMSE), cortes de rutas para impedir la construcción de empresas contaminantes (Asamblea Ambiental de Gualeguaychú, asambleas contra la minería tóxica en la zona cordillerana argentina); activistas encadenados a los árboles para impedir su tala en el estado mexicano de Morelos; defensa de la tierra y el agua como en el caso del movimiento opositor a la Presa La Parota en Guerrero, México, o la llamada “guerra del agua” en Cochabamba, Bolivia; estallidos populares en terminales de trenes, por las demoras y el mal funcionamiento del servicio, producto del vaciamiento privatizador; cacerolazos esporádicos ante cortes de energía[30], etc.; protestas de estudiantes secundarios[31], en reclamo de democratizació n en la elección de sus autoridades; hasta la solución frente al crucial problema de la ausencia de empleo, a través de huertas comunitarias –algunas en la azoteas de las casas en pleno Montevideo, en Uruguay- , diversos proyectos productivos, incipientes redes de comercio justo, tomas de fábricas cerradas –fenómeno argentino y brasileño- y reapertura a través de cooperativas, proliferación de radios comunitarias, libres y alternativas, e incluso experiencias avanzadas como la policía comunitaria de Guerrero en México, y ahí mismo, en Chiapas, las llamadas juntas de buen gobierno (JBG) zapatistas.

Coincidimos con Immanuel Wallerstein en que “Es una cuestión de confianza. ¿En quién vamos a confiar en un mundo desordenado, en un mundo de gran incertidumbre y disparidad económica, en un mundo donde no hay ninguna garantía para el futuro? Ayer, la mayoría respondía que en los Estados.”[32]; hoy, agregamos, la respuesta estaría dada por una (auto)concientizació n creciente en cuanto a tomar los problemas en nuestras manos; en el imaginario popular post neoliberal, difícilmente se crea en que las soluciones lleguen “desde arriba”.

Vemos multiplicarse, en innumerables experiencias, la puesta en práctica de postulados freirianos: el saber como construcción, la asunción del diálogo como forma de interrelación e interacción con el otro, alteración de la relación profesor (Partido) -alumno (Pueblo, Clase); de alguna manera, se deja de lado el Qué hacer, para tomar la Pedagogía del oprimido.

Se trata de luchas que, como no centran su proyección estratégica ni su accionar en la toma del poder del Estado, para desde allí transformar la sociedad y construir el socialismo -desde arriba-, prefiguran, o figuran[33], la sociedad nueva. O, dicho de otra manera, la ausencia del poder del Estado como horizonte utópico, abre otros caminos, nuevos, exploratorios, de autoorganizació n y rebeldía. En consecuencia, en muchos casos, las nuevas relaciones, basadas en la igualdad de género, el respeto a la dignidad del otro, el intercambio verdadero, el escuchar antes de hablar[34], etc., son puestas en práctica, no sin contradicciones, dificultades, y limitaciones[35], pero ahora mismo, de manera cotidiana.

Consideramos que en este nuevo contexto global, es el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el que sabe interpretar (o leer), de manera precisa y quizás antes que cualquier otra organización, las claves de los cambios que se están produciendo. De ahí su universalidad; sintonizan con este proceso global. Son “el síntoma de algo...”.

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La Otra Campaña zapatista.

Numerosos movimientos antisistémicos son conscientes de la crisis acelerada de la representació n, pero sobre todo de los radicales cambios que viven las expresiones desde abajo. Nos parece que la comprensión de este contexto y de estas nuevas características han sido integradas en la reciente iniciativa del zapatismo mexicano.

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a través de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona de junio de 2005, propone un objetivo: construir un programa nacional de lucha. Sugiere un horizonte: generar las condiciones para un nuevo constituyente. Y plantea un reto: construir lo anterior sobre la base de nuevas formas de hacer política. Ese reto es enfrentado con un método: aprender y escuchar. Y ese aprendizaje y esa escucha se realizan con una enorme acción: LA OTRA CAMPAÑA.[36]

No sin dificultades, la propuesta zapatista contenida en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona -y su forma de articular dicha propuesta, la otra campaña-, realiza varios aportes relevantes que reordenan a una franja de movimientos antisistémicos en México, y que van en consonancia con la tendencia que hemos intentado describir en este texto. Mencionemos, al menos, cinco de ellos.

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1. Crítica a la centralidad y política hegemónica y articulación de procesos de las resistencias desde abajo.

La iniciativa zapatista de la Otra Campaña es una fuerte y radical crítica a la actividad política entendida como acción referida única y exclusivamente al Estado. Es justamente ese imaginario político lo que el EZLN ha buscado romper a través de su práctica política pública de casi 15 años, dirigiéndose y convocando a la “sociedad civil”, a involucrarse directamente en la resolución de sus problemas. Su propuesta organizativa y de debate a través de la Otra Campaña se lleva a cabo a contrapelo y contracorriente de la política estatal - en medio del proceso electoral- y la rebasa; “la otra”, hasta la fecha, continúa sus esfuerzos en todo el país. Pero en especial, trata de crear una subjetividad y una temporalidad propia, adversa a la dominación, que permite tejer procesos de articulación entre luchas y resistencias disímiles y diversas.[37] Así, los tiempos electorales, diagramados en base a la necesidad de sostener el statu quo, son suplidos por las necesidades colectivas; que la delegación zapatista haya detenido su marcha (cuando tenía un plan original de continuar el recorrido) debido a las represiones y detenciones sufridas por los pueblos de Atenco y Oaxaca, no es más que un ejemplo de esto.

La Otra Campaña reúne luchas reales, prácticas políticas de resistencia y alternas. No es un acuerdo ideológico clásico alrededor de una clasificación ortodoxa de clase o ideología (proletariado, socialismo), sino, más bien, una articulación de procesos gestados desde abajo[38].

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ATENCION!! continùa en mensaje siguiente/comentarios

Tags: zapatistas

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