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La Coctelera

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3 Julio 2008

Pueblos Originarios: Los Lubicòn

Los aproximadamente quinientos miembros de la Nación Cree del Lago Lubicón viven en el norte de Alberta, en un territorio de casi 7.000 km2 rodeado, al oeste y al norte, por el río de la Paz, al sur, por el pequeño Lago de los Esclavos y al este por el río Athabasca. En 1899, la Corona británica negoció un acuerdo con los indígenas de las proximidades del territorio tradicional de los lubicón. A cambio de una reserva y de ciertos derechos, este acuerdo -conocido como «Tratado Nº 8»- acababa con la titularidad sobre los territorios que ocupaban los indígenas firmantes.

Como los lubicón vivían en una región aislada e inaccesible, los representantes del gobierno canadiense no se pusieron en contacto con ellos y, por lo tanto, no participaron en la firma del Tratado Nº 8. Hasta el día de hoy, los lubicón no han firmado ningún acuerdo y no han cedido, de ninguna forma, sus derechos territoriales.

En l939, el gobierno canadiense acudió por primera vez al territorio lubicón. En aquella ocasión reconocieron que los lubicón eran los titulares de las tierras que ocupaban. Se llevaron acabo las primeras formalidades para establecer una reserva en este lugar pero el proceso se interrumpió por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. A los lubicón nunca se les ha concedido la reserva que se les prometió en 1939.
La cuestión, fundamentalmente jurídica, es saber quién es propietario del territorio lubicón y de sus recursos. No obstante, la lucha de los lubicón nos concierne a todos ya que se trata de la lucha de un pueblo cuyos derechos están siendo impunemente pisoteados por poderosas compañías industriales que no tienen ninguna consideración ni hacia los hombres, ni hacia su entorno.

Si no impedimos la tala de los bosques y la proliferación de fábricas de gas sulfúrico, la sociedad lubicón desaparecerá irremediablemente. Si no somos capaces de impedir una injusticia tan flagrante, ¿qué esperanza tenemos de corregir los errores de este mundo?.

Traducido por Cristina Erviti

El Último Combate de los Lubicón

EL FUTURO INCIERTO... alce LA TIERRA ANTE TODO alce volteado BERNARD Y FRED, COMPAÑEROS DE LUCHA

CUANDO LOS ANCIANOS RECUERDAN LA TRADICIÓN

Hasta finales de los 70, los lubicón vivían en autarquía. Su economía se basaba fundamentalmente en la caza del alce y de pequeños animales, cazados con trampas, que cambiaban por algunos productos alimenticios y objetos diversos. No poseían teléfono, ni televisión, ni radio, ni periódicos, ni electricidad, ni agua corriente. Vivían de la caza, de la trampa y de la recolección. Su vida era prácticamente igual que la de sus antepasados. Vivían en cabañas de leños, recogían agua de lluvia o fundían nieve para abastecerse de agua; utilizaban carretas tiradas por caballos y trineos con perros. Sus pasos pisaban el suelo que garantizaría, según su creencia, la supervivencia de las generaciones futuras si sabían cuidarlo.

Este artículo corresponde a una serie de entrevistas mantenidas en 1982 con nueve ancianos de la Nación Lubicón: Edward Laboucan, 67 años, John Felix Laboucan, 67 años, Pierre Laboucan, 65 años, Joe A. Laboucan, 60 años, Sam Thomas, 65 o 66 años, Elzear Whitehead Partner, 67 o 70 años, Joseph Nanas Noskie, 80 años, Daniel Calahasien y su mujer Marie, cuya edad no se precisa en las entrevistas. Estos testimonios, transcripciones parciales de entrevistas traducidas del cree al inglés, permiten reconstruir la imagen de la tradición tal y como los ancianos la entienden.

NativosEl antiguo campamento de los lubicón se encontraba al borde del Lago Lubicón, al que los habitantes llamaban Lago Pradera por las praderas naturales que lo rodean. El término lubicón proviene del nombre «laboucan», que tiene su origen en el francés «Le Boiteux» (el Cojo), nombre que unos misioneros o comerciantes de pieles de lengua francesa dieron a un indígena que cojeaba. También el Lago Pradera se llama ahora Lubicón. A la población indígena del lugar o «banda» se le dio también este nombre en 1939, cuando las autoridades gubernamentales los reconocieron oficialmente.

Antes de que el gobierno canadiense instituyera en 1940 el sistema de jefe único, la vida política se organizaba alrededor de los ancianos, que eran los jefes de las familias que vivían en comunidades. La caza era todo un modo de vida. Cada grupo, formado por dos o tres familias unidas por el parentesco, estaba dirigido por los Jefes de Familia. Las familias podían unirse a otro grupo de caza con entera libertad. No existía ninguna institución política represora. Las decisiones importantes que afectaban a todo el grupo se tomaban por unanimidad. La autoridad del jefe, «Okimaw» en cree, dependía de sus cualidades como cazador, trampero y organizador, así como de su generosidad y de sus poderes espirituales. Los jefes de familia podían influir en los individuos, pero no controlarlos. A la cabeza de cada comunidad había un anciano. Estos conocían a todos los miembros de la sociedad lubicón y sus lazos de parentesco. Uno de sus cometidos principales era transmitir su saber y sus conocimientos técnicos en la caza y como trampero. Son los depositarios de la tradición oral y de la historia de su pueblo.

Hasta 1930, los lubicón se reunían a intervalos regulares en la orilla del Lago Fish, a unos cincuenta kilómetros al norte del Lago Lubicón. En estas reuniones tenían lugar sus fiestas y ceremonias. Existían varios tipos de ceremonias entre otras la Danza del Tipi, pero la más importante era la del Té. La Ceremonia del Té o Danza del Té servía fundamentalmente para agradecer a los seres supremos su ayuda en la caza. Los Ancianos, que disfrutaban de un estatus privilegiado, presidían la ceremonia. Se les respetaba por su sabiduría, mano izquierda y destreza en la caza. La información y el saber se transmitían a las siguientes generaciones de esta manera: aparte de las historias relacionadas con la cosmología, como la de «whisahke-ca-hk», los ancianos transmitían genealogías, tradiciones, métodos de caza y de trampería, creencias y rituales sagrados. La «Danza del Té» era el principio fundamental de unión y continuidad de la comunidad.

LAZOS FAMILIARES Y LIMITES TERRITORIALES
La sociedad lubicón es patrilineal. La familia extendida comprende a los abuelos, sus hijos y sus cónyuges, y a sus nietos. La mayoría de las familias están compuestas por una media de diez miembros. Antes, las familias vivían alrededor de los lagos de la región. Todos los habitantes de cada pueblo tenían lazos de parentesco. Los lubicón se casaban principalmente con habitantes de los diferentes lagos. Sin embargo, los hombres salían algunas veces a buscar a su mujer fuera de la nación y volvían después a su territorio. La unidad más pequeña, la familia nuclear, estaba compuesta por el marido, una o dos mujeres (a menudo hermanas) y los hijos. Los lubicón se casaban sobre todo con los vecinos más próximos, los habitantes de los lagos Cadotte y Loon. Normalmente los padres decidían los matrimonios. Su elección recaía casi siempre en un «primo cruzado», a quien no se consideraba pariente al contrario que a los «primos paralelos». Hasta el nacimiento del primer hijo, la pareja vivía con la familia de la mujer. El marido cazaba para la familia. Después la pareja se instalaba en el campamento del marido. Los territorios de caza definen el territorio de la nación. La mayoría de los lubicón han nacido y han vivido siempre en la región. La pertenencia al grupo se define esencialmente por las alianzas, las afinidades y los lazos sociales que los individuos tejen entre sí. De este modo, algunas personas que hoy son miembros de la comunidad lubicón no lo eran de nacimiento. Se han convertido en lubicón al instalarse en su territorio. A veces adoptaban niños de otras naciones.

Principales comunidades indígenas

LAS TRAMPAS, LA CAZA Y LA PESCA: UN MODO DE VIDA
La caza, las trampas y, en menor medida, la pesca constituían el principal modo de subsistencia de los lubicón. Su lema era: «caza, trampea, desplázate y sobrevive». La fuente principal de ingresos provenía de la caza y de las trampas. La vida se organizaba al ritmo de las estaciones. La colocación de las trampas empezaba al final del otoño y terminaba al principio de la primavera, cuando la piel de los animales era de peor calidad. En verano y otoño los indígenas cazaban el alce y el ciervo. Algunos pescaban. Los niños aprendían a cazar muy pronto. Empezaban atrapando conejos y otras pequeñas presas, contribuyendo así, en la medida de sus posibilidades, a la subsistencia del grupo. Los chicos empezaban a cazar con trampas hacia los diez o quince años. Los indígenas poseen «líneas de trampas» de varios kilómetros de extensión. Forman parte del patrimonio familiar y pasan de generación en generación. Estas líneas se disponen en círculos paralelos con el fin de abarcar el máximo de terreno.

Se caza con trampas el lince, el visón, el castor, el coyote, el zorro rojo e híbrido, el lobo, la ardilla, el ratón almizclero, la comadreja, el mapache, la nutria y la marta, por el valor de sus pieles. Los ancianos cuentan que hace veinte años un trampero mató cuarenta linces y otro ciento setenta y cinco en un año y en una misma región. ¡La caza no faltaba! Hacia finales de los setenta, un buen trampero podía ganar entre diez mil y quince mil dólares al año. En 1982, año de la entrevista, todavía se podía ganar diez mil dólares poniendo trampas en el norte del territorio lubicón, lejos de las regiones explotadas por las compañías petrolíferas.

Contrariamente a las trampas, cuya finalidad es la venta de pieles, la caza tenía como meta principal la búsqueda de comida. Por lo tanto, no se utilizaba para transacciones comerciales. Los indígenas se alimentaban de osos, ciervos, conejos, castores, linces y de ratones almizcleros, pero el alimento principal era el alce.

Todavía hoy la caza del alce puede durar todo el año, pero el verano es más provechoso. Es más fácil cazar el alce en esta estación que en otoño, ya que el animal se repliega en el bosque para protegerse del frío y del viento. En verano las temperaturas son muy elevadas y el alce, tratando de escapar del calor y los insectos, se desplaza hacia los lagos. Los cazadores permanecen al acecho al borde de los lagos o en embarcaciones en las que se camuflan con ramas y excrementos de alce para engañar al animal.

En el verano los indígenas también cazaban ciervos, osos, conejos, patos y recogían huevos de oca. En otoño, secaban la carne de alce para el invierno y la almacenaban en escondites. Hoy en día, la carne, normalmente, se congela. Sin embargo, los tramperos que pasan toda la estación en la línea de trampas todavía se alimentan de carne seca. Como sucede en otras naciones indígenas, cuando un cazador mata un alce la carne se reparte con otros miembros de la comunidad.

La pesca, menos importante que la caza, tenía un solo objetivo: satisfacer las necesidades alimentarias. Los indígenas pescaban sobre todo en otoño. Fabricaban sus propias redes con cuerda, trozos de madera y piedras, a modo de corchos y pesos. Construían cabañas para secar el pescado y almacenarlo para el invierno. A veces, también pescaban en invierno, practicando un agujero en el hielo.

UN HÁBITAT ESTACIONAL
Como los territorios de caza eran muy amplios, tenían que desplazarse con frecuencia. A pesar de esto, los indígenas conceden una gran importancia a los cementerios, lugares de residencia permanente por definición, a los que consideraban una prueba de ocupación territorial. Los lubicón poseen varios lugares de sepultura. Hay varias tumbas en el Lago Golden y existe un gran cementerio al borde del Lago Simon. Algunos otros están situados en las proximidades de los lagos Loon, Cadotte, Fish y Bison, así como en Martin River. En 1936 se sustituyó el viejo cementerio de Little Buffalo, al norte del lago, por uno nuevo. Además hay otros dos cementerios al este del Lago Lubicón, un pequeño cementerio cerca del Lago Otter y otro junto al Lago Russell. El del Lago Weasel quedó destruido por un incendio a finales de los años 50.

CampamentoLa existencia de cementerios fijos no contradice el carácter nómada de los lubicón. Los ancianos entrevistados se definen como un pueblo nómada, a diferencia de otras naciones indígenas asentadas desde épocas anteriores. El nomadismo representa para ellos una prueba de pertenencia al grupo. En el pasado, se desplazaban en función de la caza y de las estaciones. Instalaban el campamento de invierno en el lugar donde les sorprendían los grandes fríos y construían hornos de tierra para calentarse. Transportaban todos sus bienes, pocas cosas en total. No obstante, en los alrededores de los lagos tenían una residencia fija, aunque tampoco era permanente. Los lagos eran el punto de partida. Cada cinco o seis años esta residencia fija cambiaba de emplazamiento. Estos datos pueden parecer contradictorios ante la afirmación de que las familias residían en un lugar concreto desde hacía tanto tiempo que ya no lo recordaban. Lo que ocurría es que algunos miembros de la familia, a veces incluso todos, volvían a su lago de origen después de varios años, a veces al cabo de diez o veinte años. A menudo, cuando eran mayores acababan volviéndose sedentarios. También hay que decir que algunas familias vivían desde hacía mucho tiempo en un lugar concreto, pero no de forma permanente.

Cuando la caza no abundaba había que desplazarse. Así que las familias, para sobrevivir, tenían que abarcar grandes extensiones. Entre cinco y diez familias, a veces incluso más, establecían su residencia principal a orillas de un lago. Las viviendas estaban alejadas las unas de las otras ya que si la población era demasiado numerosa no había suficientes animales y no se podía sobrevivir. Gracias al desplazamiento aprovechaban al máximo los recursos del territorio. Este modo de vida también era una manera de proteger el medio ambiente. Se puede decir que el imperativo de la supervivencia era la razón que motivaba el nomadismo lubicón, sin embargo, en 1939 algunas familias emigraron por motivos políticos. Cuando se produjeron las negociaciones territoriales con el gobierno, se eligió como emplazamiento para la futura reserva el oeste del Lago Lubicón donde solamente vivía la familia del jefe Joe Laboucan, Poco tiempo después se les unieron otras cuatro familias.

Jefe Walter Whitehead
Jefe Walter Whitehead

Cuando se iban a cazar o a poner trampas, Los lubicón construían residencias provisionales, tipis de madera en invierno y tiendas en verano o volvían a las cabañas que habían construido en su territorio de caza. En la época de la firma del Tratado Nº 83 ya existían casas de leños, pero en los años 30 del siglo XX la mayoría de las residencias principales todavía eran tipis en el Lago Lubicón. Hacia 1950, los lubicón decidieron construir casas con leños y continuar utilizando tipis para la caza. Hoy en día, los tramperos poseen varias cabañas, casas de leños o casetas de chapa ondulada, situadas en la línea de caza.

Las líneas de trampas se comunicaban con los lagos por una red de senderos. Los indígenas se desplazaban sobre todo a pie, o en invierno, en trineos tirados por perros o caballos. Todos estos desplazamientos suponían grandes esfuerzos. Sin embargo, los indígenas afirman que ahora es mucho mas difícil utilizar los caminos de tierra embarrados y casi intransitables construidos por las compañías petrolíferas. Ahora la mayoría de los tramperos poseen motos de nieve, pero los ancianos prefieren seguir usando los trineos tirados por perros para desplazarse por las líneas de trampas.

La presencia de los lubicón en su territorio fundamenta la legitimidad de sus reivindicaciones. Los indígenas son los primeros habitantes de la región, los blancos llegaron después. Como hasta 1979 no existía ningún camino transitable apenas había contacto entre los blancos de Peace River y los indígenas del Lago Lubicón.

cruz

EL FUTURO INCIERTO...

Con el transcurso de los siglos, los lubicón habían conseguido adaptar su forma de vida a las exigencias de la colonización. Gracias al comercio de pieles, basado en un sistema de cambio y trueque, habían conseguido obtener nuevos elementos que se inscribían en la perspectiva de una evolución enriquecedora, tanto en el terreno cultural como en el económico. Hasta hace poco tiempo, sus relaciones con los blancos se limitaban a estos intercambios. Pero durante el invierno de 1979-1980 se terminó la carretera todo terreno que atraviesa el territorio . A partir de ese, momento el gobierno provincial de Alberta y decenas de compañías canadienses no han cesado de explotar el suelo y el subsuelo: el petróleo, los árboles y el gas son el botín de los industriales que han provocado la destrucción de la mayoría de los territorios de caza. Los animales y las plantas, indispensables para que el pueblo lubicón sobreviva, casi han desaparecido; el agua y el aire estarán, en adelante, contaminados; las compañías amenazan con talar los bosques. Se ha aniquilado la actividad económica más importante y casi el 95% de la población vive de subsidios gubernamentales. La intensa explotación de los recursos naturales amenaza a los lubicón con la extinción. Este artículo, basado como el anterior en los testimonios de los ancianos, relata como una nueva generación de colonos trató primero de establecerse en territorio lubicón, de forma perniciosa, para luego golpear de frente.

Gérard PleynetNormalmente, las tiendas o puestos de cambio estaban situados a la orilla de los lagos más poblados. El Lago Lubicón, con tres tiendas instaladas en el sudoeste, era uno de los más frecuentados. Pero nadie era realmente rico, ni siquiera los propietarios de las tiendas, que sólo ofrecían unas cuantas mercancías. Hasta los años 60 apenas circulaba dinero. Los lubicón cambiaban pieles por harina, azúcar, té, tocino o tabaco. Los tramperos trocaban pieles de alce en verano y otras pieles en invierno, hasta el comienzo de la primavera. En algunos casos, fabricaban mocasines y los vendían. La primera vez que Edward Laboucan vio dinero, fue en los años 40, el dinero de los agentes de los Asuntos Indígenas. En 1982 todavía había dos tiendas en la región, una al borde del Lago Whitefish que pertenecía a la Compañía de la Bahía del Hudson y otra cerca del Lago Cadotte. Algunas tiendas estaban abiertas todo el año, otras sólo en la temporada. La única tienda que abría en verano era la de Josey L'Hirondelle, en el Lago Lubicón. Los comerciantes hacían dos viajes cada verano para traer mercancías. Para que pudieran pasar los trineos, se construyó un sendero que unía los lagos Lubicón y Fish. Los comerciantes utilizaban caballos para los trineos. A veces llevaban hasta ocho o nueve trineos, tirados cada uno por varios caballos. También tenían que utilizar perros ya que los caballos no podían transitar por los pequeños senderos que llevaban al Lago Bison. Los que atendían las tiendas no siempre eran blancos. Algunos lubicón eran responsables de los puestos delanteros, pero ninguno era propietario. Esta abundancia de puestos de cambio prueba que, a pesar del aislamiento de la región, los trueques eran numerosos y fructíferos. Estos intercambios concernían exclusivamente a la caza y a la trampa y no alteraban en absoluto el modo de vida tradicional. Eran un signo de abundancia. De este modo, los años 1930-1960 fue un período de gran prosperidad. Hoy sólo queda una tienda en territorio lubicón. En 1946 ó 47, el gobierno provincial implantó un sistema de registro de líneas de trampas. En esta época varios tramperos blancos se instalaron en la región. Al principio, el gobierno pagaba los gastos de registro de los indígenas, más tarde, cada trampero tenía que comprar por dos dólares un permiso a su nombre que le asignaba un territorio de trampa de cuarenta millas de largo por una de ancho. A veces, dos tramperos se unían para poder poner trampas en un territorio de ochenta millas de largo. Los lubicón protestaron contra este sistema que modificaba la disposición de sus territorios. Como no se les consultó, no pudieron dar su opinión, ni cambiar o mejorar el dispositivo. Antes, los lubicón podían poner trampas en cualquier sitio de su territorio. Sabían respetar los territorios de cada uno. Trabajaban normalmente en grupo, pero pronto les fue imposible. Estaban reducidos para siempre a un territorio limitado.

LOS TRAMPEROS BLANCOS
A pesar de que el método tradicional permitió una explotación mayor de los recursos, el sistema de registro de líneas presentaba algunas ventajas. Así los tramperos blancos, que seguían el desarrollo de la industria petrolífera en la región de Peace River, se vieron frenados por este sistema. Registrando sus líneas de trampas, los indígenas tenían también la posibilidad de eliminar la competencia. En la actualidad, la ley se aplica de manera muy estricta. Los indígenas tienen la obligación de registrar sus líneas o de otro modo se les prohibe colocar trampas y vender las pieles. La Policía Montada, escondida en las carreteras, los vigila y confisca las pieles de los que no tienen los papeles en regla. Además, si un trampero se retrasa un sólo día al renovar su permiso, pierde su territorio, que se le concede preferentemente a un blanco en lista de espera.

Cuando los agentes de los Asuntos Indígenas visitaron por primera vez la región, en 1939, aconsejaron a los lubicón que cultivaran la tierra. Trataban de «civilizar» a los indígenas para borrar las diferencias culturales entre colonizadores y colonizados. Los principales puntos de la política de asimilación de los autóctonos fueron el modo de producción y la religión. Desde los años 30 se constata que los indígenas convertidos son más proclives a volcarse en la agricultura. En aquella época, durante el verano, los lubicón trabajaban a veces cortando madera y arrancando raíces de árboles en los campos de los granjeros blancos. Los únicos lugares que se podían cultivar en verano eran Little Buffalo y el Lago Lubicón donde los lubicón cultivaban patatas, zanahorias, nabos, rábanos y cebollas.

CazadorLa escuela fue otro medio eficaz para asimilar a los indígenas. En la década de los treinta, una misión católica se instaló en el Lago Lubicón. En los años 50 se trasladó a Little Buffalo donde todavía permanece. La misión se encontraba en el sudoeste del lago, al lado de los puestos de cambio. No contaba con la presencia permanente de curas, pero recibía regularmente la visita de los que venían de Grouard. Durante años, los lubicón intentaron que se les concediera la construcción de una escuela en el Lago Lubicón. El jefe Joe Laboucan quería que se construyera al oeste del lago, pero murió sin haberlo conseguido. A principios de los 50, un misionero cuáquero llamado Roland Smith emprendió la construcción de la escuela.

MISIONES Y SEDENTARISMO
Los materiales de construcción se depositaron en Gull Creek, pero las autoridades le prohibieron la construcción. Al final, la escuela se pudo construir en Little Buffalo. Por este motivo la comunidad del Lago Lubicón se despobló, al contrario que Little Buffalo, ya que los lubicón se mudaron para que sus hijos pudieran ir a la escuela. Probablemente el que la población se desplazara a la misión cuáquera hizo que los misioneros católicos se decidieran a instalarse también en Little Buffalo.

A finales de los 60, se creó una cooperativa agrícola junto al Lago Lubicón, promovida , por Flery L'Hirondelle y por un maestro llamado Enns Fleury, hijo de Josey L'Hirondelle, comerciante de pieles muerto en 1966, tomó poco a poco el control de la cooperativa y expulsó a los indígenas. A principios de los 70 ya no quedaba ningún lubicón. De esta forma, la familia Gaviota se hizo con el control del Lago Lubicón. En 1982 hacía casi cincuenta años que la Nación Lubicón intentaba que se respetaran sus derechos territoriales. Joe Laboucan fue el primer jefe de la banda del Lago Lubicón, a finales de los años 30. Fue el primero que intentó negociar con el gobierno canadiense para conseguir una reserva. Canadá siempre ha impuesto su propio sistema político que los indígenas debían calcar si deseaban negociar con ellos. Por eso, con el fin de negociar, los lubicón decidieron elegir un único jefe en detrimento del sistema político tradicional. Alexis y Ned Laboucan fueron los dos primeros consejeros del Jefe Joe Laboucan. Alexis quería que la reserva se situara a orillas del Lago Weasel y Joe Laboucan en el Lago Lubicón. Tras una votación, se eligió la parte oeste del Lago Lubicón, que era, efectivamente, una buena elección, por sus praderas y riachuelos.

En 1939, el gobierno canadiense reconoce oficialmente la banda del Lago Lubicón y Joe Laboucan se pone de acuerdo con el gobierno federal para el emplazamiento de la reserva. L'Hereux y Schmidt, agentes de Asuntos indígenas, se dirigieron al Lago Lubicón. Schmidt les prometió que se crearía una reserva en cuanto el gobierno estudiara el terreno y comprara a la provincia el terreno que transferiría a los indígenas, tal y como estaba estipulado en el «Alberta Natural Resources Transfer Agreement - Acuerdo para la Transferencia de Recursos Naturales de Alberta» de 1930. El estudio del terreno debería haberse hecho al año siguiente, pero el avión no pudo aterrizar por culpa de un incendio.

IndígenaLo que el gobierno canadiense proponía a los lubicón era, o bien adherirse a un tratado, o bien convertirse en propietarios de una parcela de tierra fuera de la reserva, o bien aceptar una cantidad de dinero y convertirse en «blancos» a los ojos de la ley. El valor de la suma que les ofrecieron (240 dólares) tentó a muchos. Esta cantidad les permitiría comprar municiones, trampas y otros materiales durante al menos cinco años. Pero no es probable que fueran conscientes de que al mismo tiempo perdían sus derechos territoriales. A los que se adherían a un tratado se les «inscribía» y conservaban el beneficio de su estatuto. Tenían derecho a vivir en una reserva y a recibir una cantidad anual de dinero. También conservaban sus derechos de caza. El gobierno empezó a pagarles anualmente a partir de 1940. Un avión se desplazaba al Lago Lubicón, junto a la tienda de la Compañía de la Bahía de Hudson, para distribuir el dinero. Los ancianos recuerdan que un cierto número de lubicón, que hasta ese momento carecían de status, se inscribieron en el registro de tratados, pero muchos habían salido a cazar y no pudieron hacerlo.

Los indígenas inscritos recibían balas, munición, pólvora, lona, una red para pescar y cinco dólares al año. Los ancianos confiaban en el gobierno. Según éste, los indígenas podían continuar cazando, pescando, poniendo trampas y viviendo como antes. El gobierno mantendría sus promesas «mientras el sol brille y los ríos fluyan». Aquellos eran tiempos difíciles y no era sencillo obtener municiones. Por otro lado, los blancos que se instalaban en el lugar eran cada vez más numerosos y los ancianos temían que su pueblo perdiera todo si no conseguían una reserva. Nadie continuó con la obra de Joe Laboucan cuando éste murió. Los pagos anuales se enviaban por correo a la tienda de Three Creeks. Entonces, el gobierno anunció que la reserva no iba a situarse en el Lago Lubicón, sino en Three Creeks o cerca de Nanpa, a unos setenta y cinco km. Al sudeste del territorio. Tenían ganado y la región del Lago Lubicón y de Little Buffalo era apropiada para su cría. En 1942 un avión volvió a aterrizar en el Lago Lubicón. Sólo permaneció allí dos horas.

Mientras que los indígenas esperaban recibir su dinero anual, los agentes del ministerio de Asuntos indígenas les comunicaron que ya no tenían derecho a esa ayuda. El gobierno federal había decidido restringir el presupuesto del Ministerio de Asuntos Indígenas. Malcom McCrimmon, agente de Asuntos Indígenas, verificó las listas de las «bandas» que recibían ayudas anuales en esta región. Contando con el acuerdo tácito del Ministro Charles Campsell, borró de las listas los nombres de los indígenas cuyas familias no se habían inscrito antes del 1 de enero de 1912 y de los que no podían probar que sus antepasados, por parte de padre, eran «indígenas pura sangre». Este nuevo sistema reducía prácticamente a la nada la lista de los lubicón, que en su mayoría no habían podido inscribirse antes de esta fecha. De hecho, muchos estaban inscritos por error en las listas de otras bandas. En 1943, Malcom McCrimmon declaró que no era necesario establecer una reserva para los lubicón.

EXPLOTACIÓN DEL PETRÓLEO Y DE LA MADERA
FábricaLa explotación del petróleo empezó en los años 50. Las compañías petrolíferas instalaron, sin la autorización de los lubicón, lineas sísmicas que, también hay que decirlo, planteaban pocos inconvenientes. A finales de los 70, estas compañías intensificaron su actividad. En el transcurso del invierno de 1978-79 construyeron una carretera que unía Peace River con el territorio lubicón. El incremento de estas actividades afectó en seguida el modo tradicional de vida de los lubicón. La caza y la pesca se convirtieron en actividades prácticamente imposibles de realizar en las regiones explotadas. Las especies con pelo, sobre todo el lince, están hoy gravemente amenazadas. Antes, la región tenía abundancia de animales. Estaban despiertos y alerta. Ahora tienen un comportamiento extraño. Ruedan por el fango de los pozos de petróleo y pierden el pelo. Los testimonios hablan de «animales desnudos» (naked animals). Los ancianos lo han discutido muchas veces y han concluido que los deshechos petrolíferos envenenan a los animales. Los animales que han perdido el pelo, como el coyote o el lobo, no soportan el invierno y mueren de frío. Las pieles de mala calidad pierden su valor comercial. Cerca de los pozos se han encontrado ratas, pájaros y otros pequeños animales muertos de los que se alimentan animales más grandes como los zorros, los coyotes y los lobos. El equilibrio natural se ha roto y los animales tienen que desplazarse hacia otras regiones para sobrevivir.

Hasta principios de los 80, los topógrafos no ponían el pie en las líneas de trampas. Los vehículos las rodeaban. Ahora, en los estudios de terreno se daña sistemáticamente las líneas de trampa y se espanta a los animales. Los ancianos acusan a las compañías petrolíferas: los blancos matan a los animales. Dejan que se pudran y destruyen su hábitat; los animales pequeños exploran los agujeros de perforación y se quedan atrapados; los zorros, intrigados por esos agujeros, cavan su guarida en las proximidades. La mayoría de los grandes pinos en los que vivían las ardillas han sido talados para construir nuevas líneas sísmicas. En 1982, al principio de la explotación forestal, los cazadores sufrían las molestias de las ramas que abandonaban los leñadores. Pero, al menos, los guardas forestales replantaban los árboles. Ahora se explota sistemáticamente el bosque y se destruye progresivamente.

La explotación petrolífera, en cualquiera de sus formas, pone en peligro la supervivencia del alce y de los animales de pelo en los que se fundamenta casi exclusivamente la economía y el modo de vida de los lubicón. No sólo está amenazada la supervivencia de toda la fauna de la región, sino también la supervivencia de la identidad lubicón.

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LA TIERRA ANTE TODO

Bernard Ominayak Benard Ominayak, jefe de los lubicón dedica su vida a defender a su pueblo.
Dawn Hill, miembro de la Confederación Iroquesa de las Seis Naciones se entrevistó con él en 1991 y 1992. Estas son las entrevistas.

Estaba muy unido a mi abuela. Me acuerdo un día en el que estábamos en el bosque, yo tendría unos ocho o nueve años, sentí una presencia y comprendí al momento que ella había muerto. Desde entonces, me fío de esas cosas. Cuando estás en el bosque estás más cerca de esas cosas, se está más cerca del Gran Espíritu.

Me mandaron al internado católico de Grouard. No me gustaba ese sitio, pero me encantaban los estudios. Leí la Biblia. Organizaron un concurso para los críos. Teníamos que aprendernos de memoria los evangelios. Aquel año me aprendí de memoria la Biblia y gané un libro de cuentos. Algunas historias eran interesantes, pero yo prefería las nuestras. Me escapé al terminar quinto de bachillerato. No podía seguir alejado de los míos. Poco tiempo después formé una familia y tuve que ocuparme de ella. Vivíamos en los bosques. Cuando podía salía a trabajar. En aquella época no había carreteras.

Más tarde me interesé por las reivindicaciones territoriales de las que los ancianos nos hablaban a menudo. Uno de ellos, Walter, intentaba comprender por qué todavía no habíamos conseguido la reserva. A veces le acompañaba a las reuniones. En Grouard conocí a gente como Harold Cardinal.

El Comité de Comunidades Aisladas lo habían creado indígenas que no habían firmado el tratado con el gobierno canadiense. Creo que ahí empezó todo. Leí todo lo que cayó en mis manos y después me encontré siendo Jefe.

Harold trajo a Fred Lennarson. Me gustaba mucho su manera de trabajar. Siempre estaba dispuesto. Después empezó el declive del Comité de Comunidades Aisladas. La gente no participaba en las reuniones y había problemas de política interna. Pero era la única estructura sólida con la que podíamos contar. Yo no quería que desapareciera y, sin embargo, eso fue lo que ocurrió.

En aquel tiempo, no teníamos Consejo de Banda, ni nada de eso. Walter se las arregló para que el gobierno nos proporcionara al menos una ayuda financiera al hábitat. Llamé a Fred, le llamaba sin descanso porque quería que viniera a ayudarnos. Llamaba de la cabina que estaba al lado de la única gasolinera del lugar. Sabía que si insistía, acabaría aceptando. Un buen trampero debe saber utilizar su talento en cualquier circunstancia (risas). Fred sabía cómo tratar al gobierno, nosotros no teníamos ni idea. Necesitábamos que Fred nos explicara todo eso, cómo funciona ese tipo de gente, lo que piensan. Fred quería que hablara yo y luego él me explicaría. Pero yo quería observar a los blancos para entenderlos mejor, así que la mayor parte del tiempo me mantenía a distancia, escuchando lo que decían. Quería saber qué era lo que a aquellas personas tanto les importaba. Fue una enorme lección. Mis padres no me habían educado en ese espíritu. Pero Fred era como el fuego: para luchar contra el fuego había que luchar con fuego y había que luchar con alguien que conociera su lengua. Así fue como Fred y yo decidimos trabajar juntos.

Fred trabajaba para la «Asociación de los Indígenas de Alberta». Nos organizamos para que el gobierno nos reconociera oficialmente como Consejo de Banda. Ni siquiera eso fue fácil. Sabía que necesitábamos un abogado: las compañías petrolíferas, las nuevas carreteras..., todo eso hacía que necesitáramos consejo legal. Pedí a Fred que nos encontrara el mejor abogado. Por mediación de Billy Diamond, Fred consiguió convencer a James O'Reilly para que nos escuchara. Déjeme decirle que no es fácil convencer a esa gente de que trabaje para ti ya que lo único que podíamos ofrecerle era contarle nuestra historia. A partir de entonces, con esa gente, estábamos en primera plana. Como hacía mucho tiempo que sabíamos lo que queríamos, sólo nos faltaba encontrar a los blancos que trabajarían con nosotros para luchar contra el gobierno.

Ahora, cuando lo recuerdo, pienso que debíamos estar locos, creyendo que podíamos hacer lo que hicimos, pensando que podíamos convencer a unos extranjeros para que vinieran aquí sin ofrecerles ningún dinero. Pero los ancianos nos alentaban, a nosotros los jóvenes, para que resolviéramos todo esto de una vez por todas. En su momento, me entregué en cuerpo y alma. Tenía que ocuparme de mis niños, alimentar todas esas bocas, pero concentré todas mis energías en las reivindicaciones territoriales. Mirando hacia atrás, veo que perdimos mucho en esa lucha. El gobierno nunca podrá compensarnos por todo aquel sufrimiento. Hablo de todas las familias, no sólo de la mía. Mis críos sufrieron porque nunca estaba en casa. En los últimos doce años me he perdido muchas cosas. Claro que me decía que podría conseguir un territorio y garantizar un futuro a mis hijos y nietos, por eso era lo más importante. Sin embargo, sufrieron y la idea me horroriza. Le debo mucho a mi ex-mujer, Louise, que se ocupaba de todo cuando yo iba a una reunión. Realmente es ella la que los ha criado.

Creo que la razón por la que seguimos luchando es porque nos hemos dado cuenta, observando algunas sociedades autóctonas de Canadá y cuando nos encontramos con nuestras hermanas y hermanos, de que muchos de ellos habían perdido su cultura. En estos últimos cinco años, sobre todo, nos hemos dado cuenta de la suerte que tenemos al haber sabido conservar nuestra herencia durante generaciones. Lo que cuenta, ante todo, es la tierra.

Gracias a la tierra hemos sobrevivido todos estos años. Todo lo que tiene relación con nuestra vida tiene relación con la tierra. Nuestras oraciones, nuestras ceremonias, todo unido a la tierra. Es como la unidad que existe entre un recién nacido y su madre; no puede prescindir de ella, aunque hoy en día tal vez sí pudiera. Antes un bebé no podía sobrevivir si su madre no se ocupaba de él. Del mismo modo, todo lo que concierne a nuestra vida está unido a la tierra. Cuando, por ejemplo, alguien está enfermo, lo primero que hay que hacer es volver a la tierra para conocer los motivos de su enfermedad. Así que nos dirigirnos a nuestros territorios, en donde se encuentran determinadas plantas que, tal vez, ayuden al enfermo. Otras veces se curará gracias a un animal. Entonces nos dirigimos al territorio de ese animal. Por eso, expresado en términos modernos, nuestro territorio es nuestra farmacia, nuestro ultramarinos, nuestra carnicería. Tenemos que conservar la creencia que el Gran Espíritu nos puso aquí para criar a nuestros hijos y nietos. Tenemos que hacer todo lo que esté a nuestro alcance, debemos conservar la esperanza y rezar para que Él nos ayude a conservar esta tierra para nuestros hijos y nietos.

SupportPero nos hemos dado cuenta que lo que le importa, sobre todo, al hombre blanco y al gobierno es la explotación petrolífera. Lo único que les interesa es el dinero, el dinero para ellos es como para nosotros la tierra. Nosotros no podemos entenderlo porque nunca hemos concedido importancia al dinero. Por eso somos pobres, en el sentido material de la palabra, pero somos ricos en muchos otros aspectos. Somos ricos como pueblo autóctono. Ya sabemos que las dos cosas deben equilibrarse porque sin dinero no podemos luchar contra los poderosos que cada vez quieren más. Sin embargo, lo que intentamos proteger es nuestro derecho inherente, en el sentido real de la palabra. Tiene que existir una razón para que el Gran Espíritu nos haya puesto aquí, por lo tanto, debemos conservar nuestra herencia, en la medida de lo posible. Nos han educado en este espíritu. A mí me educaron mis padres y nos enseñaron que había que compartir todo y que no había que matar nada sin un motivo. Tenemos que respetar a los animales, los árboles y la tierra, hagamos lo que hagamos, ya que todos tienen una razón de ser. Estos temas de conversación aparecen a menudo al principio de nuestras oraciones. La gente fuma la pipa y después se ponen a hablar de nuestra madre, la Tierra. No me gusta mucho esta expresión (por la moda New Age).

Este es el sentido que le damos a pasarnos la pipa, como el Gran Espíritu, eso es lo que intentamos conservar. Esas hierbas no se pueden coger en cualquier momento ni de cualquier manera. Cada árbol tiene una función diferente y se usan para distintas medicinas. A veces nos servimos de las raíces o de las agujas de pino. Este tipo de cosas tienen cada una, su función y un significado diferente, por la relación que se establece entre la tierra y nosotros. Lo mismo ocurre con los animales. Por ejemplo, el oso es un animal poderoso que a veces utilizamos para curarnos, lo mismo que el alce u otros animales. Para nosotros, el bien y el mal siempre han coexistido. Siempre hay una parte de mal en cada uno de estos animales. El mal te alcanza de repente y te hace sufrir, pero el bien siempre triunfa, incluso si a veces tarda un poco. Nos hemos dado cuenta que el bien siempre gana al mal. Pero, a veces, hace falta más de un elemento benéfico.

A menudo, nos ha ocurrido que no hemos tenido cierto animal en todo un año. Nos hemos encontrado sin alces durante uno o dos años. Entonces necesitábamos a nuestros mejores cazadores para que la comunidad tuviera carne de alce. No se puede decir, hablando con propiedad, que esos tipos fueran buenos cazadores, sino que los hombres-medicina les ayudaban. Sabían cómo utilizar otros animales para ayudarles a encontrar a sus presas. Incluso hoy se sigue haciendo. Puede ocurrir que en la región haya varios cazadores blancos y que no consigan nada, pero si uno de nuestros hombres sale de caza volverá con algo. Muchos saben que, en esos casos, el cazador no está solo en su tarea. Nunca nos hemos preocupado por ese tipo de cosas porque sólo se hacen en caso de verdadera necesidad. No lo hacemos cada vez que alguien sale a cazar. Si hay algún alce por aquí, los hombres salen a cazar, sin más. Muchos jóvenes confían simplemente en su buena suerte. Lo que cuenta no es sólo el aspecto técnico de la caza. Lo mismo ocurre con los tramperos. A los tramperos que confiaban mucho en los hombres-medicina para atrapar a los animales siempre les ha ido mejor que al resto. En contrapartida, nosotros, los cazadores, teníamos que visitar a menudo a los hombres-medicina, teníamos una relación periódica con ellos. Muchas veces teníamos que ayudarles, por ejemplo cuando organizaban una Danza del Té. También, cuando tenía carne de alce o de pato, les daba una parte a los cocineros que se ocupaban de preparar la comida para la ocasión, era una manera de contribuir. Había que contribuir en las ceremonias en la medida de lo posible. Todavía hoy intentamos conservar esta práctica.

En estas ceremonias utilizamos las hierbas, para que nos protejan. Invitamos a nuestros padres a que vengan a compartir la comida, les pedimos que nos ayuden. Hay una gran diferencia entre un autóctono y un no autóctono. Me da la impresión que los blancos no tienen este tipo de relaciones entre ellos.

CruzPero volvamos a la Biblia; hoy en día, muchos de los nuestros critican nuestras costumbres y creen que debemos adoptar las de los blancos. Dicen que ése es el buen camino. Parece que los blancos que intentan convertirnos a su «iglesia» no eligen a los más listos de nosotros. Pienso que algunas personas han perdido la esperanza y que los curas aprovechan ese momento para atraerlas. Creo que es una cuestión de psicología. La gente les cree y eso no hace sino aumentar nuestros problemas.

Tenemos que hacer frente a la explotación de los recursos naturales de nuestro territorio. No sabemos cómo defendernos dentro de este «sistema político», no sabemos casi nada. Nos vemos metidos en un sistema jurídico que el gobierno canadiense ni siquiera consigue que se respete.

Y el gobierno canadiense tiene que vérselas con nosotros, que pensamos que todo el mundo actúa de buena fe cuando se discute alrededor de una mesa. Nos han enseñado a respetar cualquier forma de vida, los animales, los árboles, todo. Así que toda esta historia es una lección enorme para nosotros. Nos hemos dado cuenta que todo esto les da igual a los blancos, lo único que quieren es dinero, cada vez más dinero. No tienen ningún respeto por la tierra, los animales, todo lo que está vivo. Quieren quitar de en medio todo lo que les impide seguir su camino y dar vía libre a la tecnología moderna, o supuestamente moderna, de la que obtienen beneficios. Estamos totalmente enfrentados a la sociedad de los blancos y no vamos a poder resistir eternamente. Nuestras costumbres desaparecen con rapidez. No podemos abandonar, debemos intentar preservar lo más posible, el mayor tiempo posible. Si perdemos nuestros lazos con la tierra y los animales, con nuestro territorio, con todo lo que nos ha permitido sobrevivir durante todo este tiempo, perdemos nuestra fuerza.

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BERNARD Y FRED, COMPAÑEROS DE LUCHA

Bernard Ominayk, jefe de los lubicón desde 1978 y Fred Lennarson, consejero político de la nación, luchan codo con codo para que se reconozcan los derechos territoriales de la comunidad. Se complementan el uno al otro: Bernard se ocupa sobre todo de los asuntos internos. En 1979 consiguió convencer a Fred para que trabajara para los lubicón y sirviera de intermediario con la sociedad blanca dominante, durante tanto tiempo desconocida para los lubicón. Adepto de Saul Alinski, Fred Lennarson milita desde los años 60 por los derechos de las minorías y conoce muy bien los engranajes de la política.

Bernard Ominayak tiene cuarenta y cinco años. Primogénito de seis hermanos, nació en la cabaña de sus padres, a orillas del Lago Lubicón. Bernard pasó la mayor parte de su primera infancia junto a su madre y su hermano Larry. Empezó a cazar y a poner trampas con su padre hacia los diez años.

A los ocho años fue a la escuela de Little Buffalo, después siguió sus estudios en la escuela gubernamental de aprendizaje de Grouard, a sesenta y cinco kilómetros. Al sur del Lago Lubicón. A los dieciséis años tenía demasiada morriña para seguir estudiando. El internado, la enseñanza en una lengua extranjera, la cultura, el modo de vida de la escuela, no se adaptaba. Así que volvió a casa para cazar y poner trampas con su padre. A los veintitrés años empezó a participar en las reuniones de las Comunidades Aisladas (Isolated Communities), organización que representa a los descendientes de los indígenas que fueron olvidados por los agentes del gobierno en 1899, fecha en la que se firmó el Tratado Nº 8 con los indígenas de la región. En 1976, Bernard fue elegido consejero de la Nación Lubicón. Dos años más tarde era Jefe. Desde entonces, siempre ha sido reelegido en su cargo.

El Jefe pasa la mayor parte de su tiempo trabajando en su despacho de Little Buffalo, cuando no sale al extranjero para defender la causa de su pueblo. Al menos una vez por semana se dirige a su territorio de trampas, junto al Lago Bison. El viaje, por las antiguas pistas que las compañías petrolíferas ensancharon para hacer carreteras, dura tres horas. Bernard Ominayak es un jefe tradicional. Su candidatura fue propuesta por los ancianos y su gobierno funciona a la manera tradicional: sigue las recomendaciones de los ancianos y pide consejo al conjunto de la comunidad. Haciendo caso omiso del modelo prescrito por el Ministerio de Asuntos Indios, es decir, un Jefe y dos Consejeros, creó un consejo de once miembros, con el fin de conservar el modo tradicional de gobierno dirigido por los jefes de familias. De este modo se mantiene el sistema tradicional y se responde a las exigencias de la sociedad dominante, que quiere negociar con un interlocutor privilegiado.

UN JOVEN JEFE ELEGIDO POR LOS ANCIANOS
Cazador de renosLos miembros del Consejo se reúnen de vez en cuando, casi siempre se visitan de manera informal para discutir los asuntos de la comunidad. Bernard presta una especial atención a los consejos de los ancianos que son los depositarios del saber. Sin duda, también son de los que más le animan a seguir la lucha.

Bernard, cuando fue elegido Jefe, sabía que necesitaría consejo para establecer un plan de campaña bien definido. Necesitaba aliados bien situados. En 1978 contactó con Fred Lennarson, experto consejero en gestión y administración en Edmonton. En los años 60, Fred se había unido a la campaña para la abolición de la segregación racial en el sur de Estados Unidos. En 1974 se instaló en Edmonton. Cuando Bernard se puso en contacto con el por primera vez, Fred ya trabajaba para las Comunidades Aisladas.

Fred es un hombre de temperamento apasionado. A sus cincuenta y cuatro años trabaja sin descanso para los lubicón, sin haber tenido jamás un sueldo. Se ocupa, sobre todo, de las relaciones públicas y es el responsable, en gran medida, de la redacción de los comunicados de la Nación Lubicón.

Sus cualidades como organizador hacen que sea uno de los pilares de la lucha. La gente que ha estado en el poder le ha acusado de gurú, comunista, agitador, de pertenecer a los Black Panthers-Panteras Negras y al American Indian Movement (AIM), y así sucesivamente; es decir, de ser un promotor de disturbios.

Fred y Bernard son mucho más que compañeros de lucha. Les une una amistad que nunca se ha desmentido.

http://www.inicia.es/de/nativos/hh8/pag_9_8.html


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