Argentina: La ascención de Marita
por Alberto Alba

... Hasta que una tarde recibí el mazazo... Marita había caído en lo que ellos llamaban un "enfrentamiento". Pensando burlar a los "servicios" que las tenían prácticamente cercadas, se reunieron en el Jardín Botánico, un corrillo de madres jóvenes, en uno que otro cochecito había armas, envoltorios con volantes; cuando empezaron los balazos indiscriminados Marita logró llegar al portón del parque y pudo entregar su hijita a una pareja de ancianos que pasaban, dando el nombre de un pariente lejano (que trabajaba en el Ministerio del Interior), quien finalmente recogió a la criatura y dio la noticia del destino de Marita a la familia. Sólo había logrado alejarse dos cuadras antes de ser alcanzada por una ráfaga de balas.
Mi misión ahora era avisar a Eliana. Tuve que armarme del mayor coraje para poder llevarle la noticia de que Marita estaba muerta. Eliana ya se había leído todo lo leíble en la biblioteca de la ciudad termal. Deambulaba entre ancianos grises, no había hecho ninguna amistad, pero todo el mundo la conocía, de manera que cuando se puso a llorar en la terraza del hotel, varios viejos condolidos lagrimearon con ella, uno hasta le regaló una botella de licor para aplacar su pena. Tenía que usar toda mi prudencia para que Eliana no se denunciase a cada paso.
Salimos de Las Termas al día siguiente, sin compartir el dolor con nadie más. No podía seguir mintiendo, disimulando. ¿Cuántos estarían haciendo lo mismo? La lenta devastación de cuerpos y almas avanzaba. Allí comenzó nuestro camino de provisoriedad...
...Corre Marita corre por un campo de lavanda. Corre Marita sobre un empedrado, con los tacos torcidos de tanto andar y cargar a la niña. Corre Marita como en ese grabado de Kate Kollwist porque los tiempos están repitiéndose en tu país y el arte cruza las fronteras y ya fuiste muchas veces retratada. Corre Marita debajo de la astucia de los viejos que algún día dejarán de ocultar tu rostro franco y te mostrarán con orgullo. Corre al lado de Ismael, al lado de Horacio, codo a codo con Ricardo. Corre por esa avenida que se abre en pliegues de color azul, en casitas, en sol. Corre como corre la lluvia sobre las chapas de la villa, adonde ibas chapoteando con los compañeros a compartir el pan y el queso y el salamín y el vino y a llevar una palabra o un medicamento o frazadas y no sólo a eso, sino a aprender a pescar, a ser pescadores de almas y otras almas y cuerpos y a enseñar a ser pescadores de humanos y a mirar la vida con una red nueva. Como esos pescadores o esos herreros, carpinteros, albañiles que pintaba tu abuelo en su renacimiento de la clase humilde. Tu abuelo que llegó a llorar tu muerte y la muerte de Ismael y la muerte de tu hermano y el exilio de tu madre María-Eliana, hasta morir él mismo más tarde cargado de tanta pena atada y desatada, de tanto dolor que su paleta nunca había logrado pintar porque él pintaba la esperanza. Corre Marita corre que no te vea tu abuelo el juez, tan ducho para condenar obreros o para lavarse las manos y que ahora vería "sangre de su sangre" corriendo alborotada por una calle indiferente, por una calle que no sale a socorrer a la nieta del juez condenador, del que ocultó suplicios y los enterró en anaqueles polvorientos y que luego de secarse sabiamente los labios y volver a lavarse las manos (esta vez en la porcelana familiar) iba a sentar en sus rodillas a "la preferida nieta del infrascripto"; que no te vea el juez que todas las tardes saca un ojo desde su tumba y lo suelta a andar por el mundo, majestuoso ojo de juez muerto de opresión y riqueza, insatisfecho como aparece en todos sus retratos de juez que uno conoce. Ojo sanguinolento recorre la calle para verte correr. Ojos guirnalda sangrante siguen al agigantado paso de Marita con las botas de siete penas.
Corre Marita que te persigue una orquesta de balas, esos maulas quieren a Marita viva pero Marita es más viva y no se dejará cazar, sino muerta. Algo ya te dio en la espalda pero no caíste Marita a pesar del golpe; el silbido de las balas ya se te metió en la cabeza y los ladridos ahora suenan como insultos y otro golpe Marita y no caigas, corre más, no caigas Marita, deja que la calle suba hasta vos que el adoquín se levante y te apedree la frente y que las chapas se hundan en la carne y no duela.
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Estos fragmentos pertenecen a la novela inconclusa Sellos Violados (editorial Dimensión, 1993).

Alberto Alba nació 6 de julio de 1935 en Quitilipi, límite de El Chaco con Santiago del Estero. Su familia habitaba alternativamente en esta localidad y la de Quimilí, Santiago del Estero, donde vivió en su infancia. Falleció en esta última provincia en julio de 1992.
Poeta, escritor, editor. Esta última actividad desplazó, por algunos años, su tarea de creador literario, aunque podemos consignar a su favor la hazaña de haber publicado, a inicios de la década del sesenta, Sebregondi Retrocede de Osvaldo Lamborghini y El frasquito de Luis Gusmán, hoy míticos en nuestra literatura. Cuatro años de exilio en Brasil interrumpieron su trabajo de editor, pero vale la pena recordar que Alberto Alba fue también editor de Mempo Giardinelli, de Raúl Santana, Federico Gorbea y Germán García. Editó la revista Literal, "donde publicaba la plana mayor iniciática de nuestros lacanianos" según ciertos cronistas.
Como escritor, su cuento "El gato" fue incluido, en 1964, en la antología 11 Cuentistas argentinos, junto a Daniel Moyano, Haroldo Conti y otros. En 1969 Carlos Pérez Editor publicó su Diario de cuatro patas, cuentos. En 1975 fue incluido por Ediciones Lumen en una antología de narradores argentinos. En 1982 aparece Corte de la memoria, cuentos.
En 1990 publica La Casa de la Poesía, novela. Por esos años, sus cuentos aparecieron en la revista Puro Cuento y en el diario Nuevo Sur.
En Buenos Aires fundó su editorial NOE en la década del 60, luego de cuyo breve e intenso periplo pasaría cuatro años de exilio en Brasil y unos años en Misiones. Acosado siempre por las nostalgias de su Santiago del Estero, volvió a ella hacia 1983; vivió aquí hasta su muerte prematura, el 1 de julio de 1992, que lo sorprendió empeñado en su oficio de escribir. Dejó inconclusas dos novelas, La viña del cazador y Sellos violados. Ambos textos fueron publicados en un solo libro por Editorial Dimensión, en 1993.
