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9 Mayo 2009

Santiago del Estero, Argentina: Alberto Alba

El conocimiento antiguo indica que el sonido es el origen remoto de la forma física. En ciertas esferas del éter universal residen las esencias vibratorias que, al ser invocadas por la voz o la cuerda, suscitan la manifestación. Su armonía depende de la calidad del invocante, y de la manera como hayan sido nombrados los sonidos que darán existencia a presencias armoniosas o abominables.
La literatura es a la vez referencia a los sonidos y a la idea. Mientras la partitura sostiene un discurso dirigido, que completa su circuito en la creación de formas deteniéndose al borde mismo de su manifestación (aunque puede multiplicarse en sinfines de combinaciones y arabescos), el código escrito ensaya la persecución del infinito, para alcanzarlo algunas veces.
Una sostenida ejecución de viola armonizada con discretos acompañamientos de timbales, celesta y en ocasiones algún dueto con el violín me trajo en el año 1985 la manifestación de Alberto Alba.
Leía por primera vez su libro Corte de la Memoria, desde donde emanaban las melodías que impregnaban mis imágenes interiores a cierta distancia del trajinar de la ciudad. Se presentó en medio del sol por la 9 de Julio, casi a la altura de donde estaba Santiago Libros y ahora venden tarjetas de créditos. Me dio la mano. Era un jovial profesor universitario con el cabello gris y la barba casi blanca. La última vez que lo viera había sido en el año 1962 -creo-. Yo era un infante de doce años que intentaba percibir un vislumbre de los matices del Universo. El un refinado poeta de 24 años.

Esa difusa luz...

Formalmente el escribir de este poeta se desenvuelve por caminos lingüísticos que suscitan dos impresiones sobresalientes al intentar observarlo desde una visión objetiva. La primera, de un modulado barroquismo, para nada descriptivo sin embargo, sino tan pleno de sugestiones que a cada párrafo la escritura genera innumerables asociaciones figurativas, creando en la imaginación percepciones tan difíciles de describir que solamente puedo referenciar apelando a menciones como: las películas de Glauber Rocha, la Cultura Jesuítica, lo brasileño imperial, el Virreynato, 8 y 1/2 y La Dolce Vita de Fellini, la serie africana de Picasso y la vida de Toulouse-Lautrec. Referencias sólo, como una crónica dominical que intentase describir la interpretación de la Eroica dirigida por Richard Hickox o Von Karajan.
La segunda impresión -preanunciada por la anterior- el sutil arcaísmo en su uso de las oraciones, que establece una cierta distancia con el tipo de lectores acostumbrados al lenguaje heavy de los grandes centros y la posmodernidad. Ese discurrir sinuoso, cuidado, provoca de pronto el extraño disloque de su aparente incongruencia discursiva con sus contenidos, unos contenidos locos, desprejuiciados, revolucionarios, alucinados y alucinantes en algunos casos, conmovedoramente acongojados en otros. De nuevo la referencia externa ante la frontera del decir: Max Ernst.
De dónde proviene la congoja existencial que produce el miedo en él. Este parece ser uno de los interrogantes que se desprenden de las novelas de Alberto Alba. Los remotos orígenes de la muerte, esa gigantesca águila que acecha en algún rincón del bar, a la bajada del lecho de amor en la madrugada, escondida tras un verso y picotea, picotea, alimentándose de la energía de los humanos al menor descuido y quitándoles la posibilidad de mencionar la luz que se insinúa como un sorbo al mediodía en el reflejo de una kceshivra suspendida entre dos hojas del álamo plateado a las cinco de la mañana.(1) Caminar por la vida sin dar oportunidad a la muerte, entonces, esa pérfida que sin embargo nos encuentra, y se presenta, llenando de miedo al caballito de madera con que intentamos atravesar el desierto amarillento de Santiago, que es el mismo de la sabana brasileña, del Sahara meridional o del México septentrional. El mismo. El mundo. (2)
Al atravesar u olvidar la puerta de lo formal es que se insinúa y va creciendo ese acorde. Esa concertada melodía luego, que introduce en el recto pasadizo astral del universo en donde comenzamos a transitar la creación de otros sentidos, que no pueden relacionarse directamente con la definición conceptual de las palabras.

No estás allí...

Aquella tarde en que hojeaba los grandes libros con reproducciones del Pinturiccio, de Rubens, de Giorgio de Chirico en la librería Dimensión donde el Negro Francisco René Santucho casi nunca estaba pero estaba la Gilda, siempre, entraste con un saco de discreta gamuza marrón africana, camisa ocre clara y pantalón al tono, oscuros ojos humedecidos por el magnetismo de tu alma, barba negrísima como un persa y luego te fuiste: la Gilda me dijo es el poeta Alberto Alba.
Yo me acordé de vos entonces, me había impresionado tu voz, tu pronunciar que en relación al medio me pareció un poco afectado, y me dije para ubicarte es un amigo de mi padre, que por esos tiempos también era poeta.
Sobre la Argentina se precipitaron entonces el Di Tella y los Happenings, la Muerte del Arte, la revista Planeta, Siete Días Ilustrados, el Mayo del 68, el Cordobazo y en todo eso estuviste vos también -ahora lo sé.
Como también estuviste en el reventar de los capullos y la ilusión, en los trabajos de imprenta a las tres de la mañana para convocar la Revolución y la Felicidad de la Patria: ya creíamos que se caía de madura, los niños sin hambre y los ojos felices, murales por todas partes, ediciones de miles de ejemplares, cine argentino, los poetas al poder. En cambio vinieron luego el dolor y las agonías de las Muertes de la Patria, que te dejaron treinta mil cicatrices en las entrañas.
Buscabas posiblemente cazar cada día ese parpadear esencial de los sucesos para mantenerlo entre tus dedos, como el niño que consigue apresar un "panadero". 

No estás allí, rodeado de cemento,
y negros corazones de notarios,
y enfurecidos huesos de jinetes:
vienes volando. (3)

(1) Kceshivra. En quichua: hilo delgadísimo y transparente que tienden las arañitas.

(2) LA CIUDAD

Dices: "iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está condenado,
y muere mi corazón lo mismo que mis pensamientos
en esta desolada languidez.

Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí ocurrí -o desmoroné".

No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en tí siempre. Volverás a las
mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barcos para ti.
La vida que aquí diseminaste
la has desgranado en toda la tierra.

Constantino Cavafis.

(3) Pablo Neruda. Residencia en la Tierra II (1931-1935).

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El último poema de Alberto Alba *

Recibí tu carta

y la leo todos los días
(así es la fidelidad de tu letra)
y es como estar dentro de una barca
en un río tranquilo.

Tus palabras escritas son como el horizonte
o como la línea ideal que los astrónomos trazan
para verificar el paso de un planeta.
Pasaron luces por mi corazón,
pasaron estrellas muertas,
pasó algún planeta sangrante,
el último hijo de Marte,
pero únicamente en vos
pudo fecundar mi amor.
Porque canto.

Hoy, jueves, día de lluvia en
que no sé si te quedaste conmigo
o si yo salí contigo.
La cuestión es que te estoy
hablando todo el tiempo con amor y
bronca por la lluvia que no me deja
oír tu regreso.
Te quiero y te beso.

* Este poema fue entregado por Alberto Alba al autor de estas notas, el 7 de mayo de 1992 y publicado el 14 de Mayo de 1992. El poeta estaba ya en su lecho de muerte. 

Tags: poesia, argentina

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