Miguel Angel Estrella. Excepcional músico tucumano y su experiencia en las mazmorras uruguayas.
Músico virtuoso, luchador social y defensor de los
derechos humanos
Visitante Ilustre de Montevideo,Miguel Angel Estrella, en el Solís
El excepcional músico tucumano Miguel Angel Estrella, fundador de
"Música Esperanza", será declarado hoy Visitante Ilustre de Montevideo
en ceremonia que se realizará a la hora 18.30 en el Teatro Solís
donde, a la hora 19.30 ofrecerá un concierto con acceso gratuito (por
invitación).
Estrella. La música en defensa de los derechos humanos.
En una entrevista realizada por Miguel Bonasso para el matutino
Página/12, Estrella recuerda cuando fue secuestrado en Montevideo,
cómo vivió encerrado durante dos años en el Penal de Libertad, cómo
fue que salvó su vida por la presión ejercida a nivel internacional y
recuerda también a su torturador, el coronel José Nino Gavazzo. En esa
entrevista Estrella cuenta que Gavazzo le decía: "Vos nunca más vas a
tocar el piano. Porque vos no sos guerrillero, pero sos algo peor, con
tu piano y tu sonrisa te metés a la negrada en el bolsillo y les hacés
creer a los negros que pueden escuchar a Beethoven"..
Bonasso cuenta que Estrella no era montonero (como bien lo sabía
Gavazzo), pero era incapaz de negarles hospitalidad a sus amigos. Y lo
pagó muy caro. El pianista y sus hijos estaban a punto de abandonar
Montevideo para pasar las fiestas en Buenos Aires y luego dirigirse a
México, cuando irrumpió la patota del coronel. Lo llevaron de los
pelos a una casa clandestina cercana al aeropuerto de Carrasco y lo
torturaron con picana y colgándolo de una roldana, junto a un
desconocido que gritaba, como él, en la tiniebla. Al desconocido
(Jaime Dri) lo trasladarían luego a las mazmorras de la ESMA. El
pianista estuvo a punto de sufrir el mismo traslado clandestino. Lo
salvó una gigantesca campaña internacional, conducida, entre otros,
por dos grandes músicos: Nadia Boulanger y Yehudi Menuhin. La Unesco,
curiosamente, jugó un papel decisivo para salvarle la vida. Pero no
pudo impedir que la dictadura uruguaya lo encerrase durante más de dos
años en el penal. "Cuando me llevaron quedé encerrado en la capucha,
con los ojos tapados por algodones. Y me torturaron encapuchado. Para
bancarte la tortura tenés que buscar argucias para no cantar. Una de
ellas era mística, mi relación con Dios. Una vez repetí más de treinta
veces a los gritos: "Padre nuestro que estás en los Cielos".
Me enfermé con una diarrea que no paraba y venía un capitán a decirme:
"Sos un paquete nada más, que después tiraremos en otro lado". El jefe
(luego supe que era el coronel Gavazzo) era el que me reprochaba mi
"traición de clase": "A vos te formaron para tocar para nosotros y
elegiste la negrada".
A veces, el coronel se sinceraba respecto a las diferencias entre la
dictadura uruguaya y la argentina: "Vos decís que esto es un infierno.
Pero yo voy a los chupaderos de Buenos Aires y salgo vomitando. Acá
estás en un paraíso. No te matamos porque no podemos pero te vamos a
destruir totalmente. Nunca más serás el padre de tus hijos. Nunca más
tocarás el piano. Nunca más serás el amante de una mujer. Tenemos
métodos muy sofisticados y si a los dieciocho años, que es el tiempo
que te vamos a guardar acá, seguís con esa sonrisa te vamos a matar.
Porque sos un tipo que tiene fe y eso te lo vamos a sacar". Las manos,
hermano, las manos. Durante seis días me ataban las manos a la espalda
y me hacía el simulacro de cortármelas con una sierra eléctrica.
Entre los que me torturaban había una mina terriblemente sádica. Con
esa mina yo hablé; era una mina de veinte años hecha mierda. Me
acuerdo que era la más activa en la tortura. Desde el momento en que
me secuestraron y me llevaban atado en el camión, empezó a pisotearme
la cabeza. Empecé a distinguirla por la voz, porque tenía registradas
las voces de los que nos pegaban y también las voces de los
compañeros; llegué a contar 22 timbres diferentes. (Uno de los cuales
era el de Jaime Dri.)
Un día esta mina de veinte años viene y me desata las manos y comienza
a acariciármelas. A esa altura yo no tenía ninguna sensibilidad. Los
dedos estaban hinchados. Ella me acariciaba y me decía: "Sol, qué
hermosas eran tus manos hace unos días, cómo te las destrozaron". (A
todos nos habían puesto un apodo y a mí me decían Sol.) Yo me atreví a
decirle: "Cómo podés ser tan hipócrita, vos que me metiste tantas
picanas en los huevos". Ella respondió: "Ya sé, ya sé". En medio de
las sombras y los fantasmas yo me la imaginaba linda, un hembrón, pelo
negro, largo, medio mulata. Ella me decía: "No, nada que ver, soy
petisa, tengo los labios finos, soy fea, pero sé coger muy bien". "Vos
te tenés que salvar", llegué a decirle una vez, en esos diálogos
cortos y clandestinos que teníamos cuando estábamos a solas. Y ella me
contestó: "No, porque si no me matan ellos me vas a matar vos. ¿O vos
me vas a perdonar todo lo que yo te hice?" Le pregunté cómo había
llegado a "esto". Me contó que vivía en un cantegril, que un tipo la
sedujo, le dio un poco de droga y al tiempo un día le dijo: "Te
llevaría a una sesión rara, pero excitante". Y la trajo a una sesión
de tortura. "Eso me motivó. Hoy cuanto más violenta soy más me pagan,
por eso soy una hija de puta".
No hubo forma de convencerla, me quedó grabada como algo tremendo
humanamente: una mina de una villa miseria destrozada por un sistema.
Recién el 15 de febrero (de 1978) supe que estaba en el penal. Yo
siempre digo que en esa cárcel conocí lo mejor del Uruguay, a pesar de
que era un laboratorio para destruir seres humanos. Estaba dirigido
por psiquiatras. Todos estábamos bajo su control.
Además de los pabellones había cinco pisos. Para cada sector estaba
programado un grado diferente de dureza en el trato. Y esto podía
cambiar súbitamente para mantenerte en un estado de perpetua alarma.
Siempre me he preguntado cómo la inteligencia, la ciencia y el saber
pueden estar al servicio de semejante proyecto de destrucción. Ni la
correspondencia se salvaba: sólo te dejaban ver las cartas que podían
atormentarte o causarte un conflicto. Una vez me escribió la Pila y se
podía interpretar que mi vieja había muerto. Me volví loco, fue el
único día en que perdí los estribos; quería matar a alguien.
Pero nosotros también teníamos estrategias de resistencia. Los presos
nos contábamos todo. Los sueños, los amores que habíamos tenido, cómo
eran nuestros hijos, las mujeres que habíamos elegido, los maestros
que nos habían marcado. Contarnos era una manera de tener la cabeza
ocupada en cosas de la vida.
A mí me tomaron como el preso más solidario. Cuando había algún afloje
para repartir la comida decían: "Que reparta el Chango, que con esa
sonrisa de oreja a oreja nos hace bien a todos". Había una complicidad
para ayudarnos a vivir. Si había un compañero que estaba muy mal a mí
me mandaban para hacer "guardia de enfermo". La "guardia de enfermo"
consistía en contar cosas de viajes, de lo que pasaste en tu infancia,
los mitos, los "casos", como decimos allá en el Norte. Para mí era
como hacer música. Había uno, por ejemplo, al que le habían dado tanto
que no hablaba con nadie y lo dopaban.
Yo le decía: "Mirame, por lo menos, cuando te hablo". Y nada, él me
daba la espalda. Un día le empecé a contar esas historias típicamente
santiagueñas y la corté antes de llegar al final. Entonces se dio
vuelta y fue el primer gesto de que escuchaba..
El Gato Ember
Una de las técnicas más perversas que utilizaban los psiquiatras del
penal consistía en meterte en la celda a tipos con los que
inevitablemente ibas a chocar, ya fuera por cuestiones psicológicas o
políticas. Buscando un personaje ideal para que me cayera mal y me
fuera a las manos, me metieron un día en la celda al Gato Ember. Era
trosko. No bien entró, olfateó el olor a café (yo era el único preso
que gozaba de ese privilegio) y me largó de entrada: "Burguesita la
celda, ¿no?" Y yo lo atajé: "Mirá, si me venís con las teorías sobre
los pequebú te digo: sí, pequebú hasta la muerte, hermano. Me gusta el
café, me gusta el chocolate, me gusta ir al Sorocabana". El no se
amilanó: "Tú no sos un pequebú, tú sos un bú". A Ember le molestaba
que yo todas las noches rezara. Rezaba despacito pero rezaba.. No podía
concebir que un tipo que estaba por cumplir cuarenta años rezara.
"Tendrás que acostumbrarte", le dije.
De vuelta en la celda le conté al Gato que me había quedado mal y él
me salió con una de las suyas: "Lo menos que hiciste con tu hijo fue
hacerlo un revolucionario". Me le tiré encima y él me paró,
diciéndome: "Tú sabes, no hay dos tipos más diferentes que tú y yo. Yo
no te puedo soportar y tú no me soportas a mí. Hagamos un pacto de no
hablar".
Durante dos semanas nuestra comunicación se redujo a pasarnos el mate.
Los compañeros me decían: "Vamos a tratar de que te cambien de celda,
porque se van a destruir ustedes dos". Yo les decía: "No pasa nada
porque no hablamos y yo tengo mi teclado".
Entonces, una mañana, el Gato Ember me empezó a hablar. El Gato, que
era un tipo insomne y asmático, decidió confesarme "una debilidad":
"Nunca estuve mejor en una celda que contigo. Nunca en estos siete
años pude dormir y ahora duermo. Vos aportás una armonía acá en la
celda que no sé de dónde mierda viene". Y agregó: "Disimulá, seguí
diciendo que nos llevamos mal para que podamos seguir juntos en la
celda". Lo esencial con este hermano era un ejercicio intelectual que
hacíamos: él tenía una capacidad de síntesis increíble. Yo no. Me
decía: "Tú empleaste doscientas palabras para contarme eso. Ahora eso
mismo lo podés decir con sesenta". Y empezábamos a sintetizar. Fue una
cosa extraordinaria para mí, era como hacer música con alguien.
