Autonomia Social
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Archivos acerca de la Autonomia Social (1999)
Autonomía como crisis
Texto escrito por un militante del Centro Social El Laboratorio (Madrid)
para los encuentros de colectivos sociales de 1999 impulsados entonces por
la coordinadora Lucha Autónoma
fuente: http://www.nodo50.org/autonomia/textos_autonomia_pdf/autonomia_como_crisis.pdf
Acerca de "autonomía" o "área de la autonomía" circulan significados bien diversos.
Aclararlos puede abrir la reflexión aproximándola a las alternativas de constitución que
se ponen en juego en cualquier interrogación seria sobre la experiencia propia y común.
Bien diverso es el significado y la validez práctica del término según los distintos
contextos en los que se ve utilizado: por ejemplo, cuando para definirse a sí mism@s se
dice: "somos la autonomía, somos l@s autónom@s; queremo s expandir esa (nuestra)
autonomía"; algo diferente es el significado cuando lo que se dice es: "buscamos la
autonomía de lo social contra/más allá del Estado y del mercado; la autonomía es un
concepto estratégico"; otra acepción consistiría en un decir: "en este sistema no hay
ningún espacio para las posiciones que defendemos, reivindicar la autonomía significa
afirmar que estamos totalmente en contra y al margen de esta sociedad y de su Estado".
Si, cambiando de enfoque, recorremos el significado práctico de "autonomía" en las
últimas décadas de la historia occidental, podemos reconocer, bajo una misma
denominación, procesos bastante diversos y de muy diferente y desigual calado
transformador. Esquematizando tal vez demasiado, podemos reconocer tres distintos
usos del término y del discurso sobre la "autonomía" en los movimientos sociales y
políticos europeos de los últimos treinta años:
a) Desde finales de los sesenta hasta bien entrados los setenta, "autonomía" es consigna
y método, práctica expansiva de luchas, fundamentalmente obreras, que habla de
independencia de los deseos y necesidades del proletariado social y de fábrica respecto
a la tutela sindical y la representación institucional del sistema de partidos gestores del
desarrollo capitalista planificado de los años sesenta y setenta - conviene insistir en que
este discurso de "autonomía" coincide con un periodo extraordinario de luchas sociales
de carácter ofensivo y que desbordan todos los canales establecidos de la reivindicación
y la participación política -. Evidentemente, su ejemplo más intenso lo constituyen los
años sesenta y primeros setenta italianos.
b) Estamos en la segunda mitad de los años setenta y primeros ochenta, en una fase de
relativo parón de las luchas en las ciudades- fábrica europeas y en la que la
contraofensiva del mando del capital empieza a determinarse como reestructuración del
proceso productivo global, como ataque directo a las componentes organizadas de las
luchas de fábrica; al mismo tiempo, la relación de capital invade lo social, la
reproducción, la comunicación, la producción, la imaginación y el tiempo social global
como objeto de valorización inmediata. En el campo social esta reestructuración se
encuentra con una multitud de prácticas afirmativas de separación, de autovalorización
y autodeterminación de las propias vidas que a la vez debe hacer frente a los ataques de
la reestructuración del capital sobre la vivienda, la renta, la enseñanza, los espacios
públicos, la creación de lenguajes y códigos comunicativos. Es en este terreno de crisis,
innovación, pero al mismo tiempo de conflicto durísimo con las estructuras de mando
del capital y el sistema de partidos, que "autonomía" se acuña como forma política y
proyección estratégica de los comportamientos de autovalorización. autogestión y
reapropiación del proletariado social, como referente de la recomposición metropolitana
de los distintos sectores proletarios. Practicando la separación y la desestabilización del
sistema político de la reestructuración: es el método de la constitución de contrapoderes
sociales de funciones de partido capaces de desestabilizar los embates represivoreestructurantes
y abrir nuevos espacios de lucha y de reapropiación del tiempo y de la
riqueza de cara a la transición comunista, que se concibe como continua consolidación y
recomposición del conjunto de estos contrapoderes sociales. En la medida en que se
trata de una forma política, e incluso de la constitución de estructuras de organización
determinadas, l@s autónom@s, el "área de la autonomía", organizada o difusa, se va
configurando como sector, bloque, ideología incluso, en el seno de una diversidad de
prácticas de antagonismo y separación con las que llega incluso a chocar o a entrar en
relaciones de competencia y luchas políticas por la hegemonía. Esto sucede en Italia, en
Alemania, en el Estado español.
c) En los años ochenta y noventa, "autonomía" opera como un referente de agregación
organizativa y sobre todo ideológica de sectores de gente joven; la fase es,
efectivamente, de resistencia, y en ella se encajan los colectivos y grupos promoviendo,
por un lado, formas de agregación propias guiadas por valores estatutarios codificados
como "anti-sistema" y, por otro lado, practicando luchas minoritarias y fuertemente
cargadas de una identidad y una ideología del "rechazo total", de la "autonomía"
entendida como "autonomía frente a" mas que como "autonomía de" o "para", es decir,
que la práctica y el discurso de la "autonomía" en este periodo - del que se trataría de
saber si hemos salido o aún permanecemos en sus problemas y sus lenguajes - es
resistencia a la asimilación, autoafirmación ideológica y política de pequeños grupos
relativamente aislados respecto a la izquierda social; es enfrentamiento directo en la
calle contra la policía y los grupos fascistas; es aislamiento y sufrimiento de la represión
en soledad; es una capacidad de autoconocimiento y análisis de los territorios de la
cooperación social en los que se vive enormemente mermada; es aspiración utópica a la
creación de un "movimiento autónomo", más amplio y de características similares a las
de los colectivos que lo promueven que esté en condiciones de desafiar al sistema
político y de deslegitimar, a través del enfrentamiento directo con el Estado, al sistema
capitalista y a los partidos y sindicatos de izquierda de corte clásico que usurpan la
representación de l@s jóvenes, de l@s obrer@s, de l@s explotad@s; es también,
querido o sufrido, gueto e incomunicación con muchos sectores de la cooperación social
alternativa y creativa en busca tanto de nuevos espacios políticos como de alternativas
éticas y culturales.
Si de "área de la autonomía" queremos hablar en Madrid, deberíamos enmarcarnos, con
todas las salvedades y objeciones, en las vicisitudes de este último y durísimo periodo.
Pensar vías de reconstrucción de los mejores elementos de esta experiencia implica
probablemente confrontarse una y otra vez con las distintas acepciones de esa
"autonomía" querida, reivindicada o exhibida como conquista y seña de identidad. A
modo de ejemplo, si tan sólo distinguiéramos entre "autonomía social" - o fragmentos y
experiencias de cooperación social liberada y productora de nuevos valores, lenguajes,
territorios vitales y relaciones sociales- y una "autonomía organizada constituida por
grupos que reclaman, reivindican y definen lo "autónomo" como una alternativa global
y local al sistema capitalista, pues bien, tal vez, en el salto que colma esa distancia o ese
desajuste entre las dos realidades quizás podríamos hallar vías de recons trucción o
incluso de refundación radical de los diversos recorridos. Por otra parte, aunque tal vez
no suponga un avance significativo demasiado patente a simple vista, si optamos por
buscar la definición de la "autonomía" en las expresiones diferentes y no
necesariamente compatibles de la cooperación social productiva liberada, "en proceso y
ruptura", en "éxodo" y constitución alternativa de lo social, acaso encontremos un
continente de expresiones y formas de organización y afirmación de lo común
extremadamente rico y lleno de promesas para una gran aventura de refundación de lo
social y, sobre todo, de nosotr@s mism@s, de nuestro ser, capacidad de afecto, lenguaje
y desafío de la existencia. Una "autonomía" esencialmente abierta, inacabada y
receptiva a l@s nuev@s amig@s; como crisis y dinámica constituyente continuas.
¿Qué es la autonomía?
http://www.nodo50.org/autonomia/textos_autonomia_pdf/que_es_la_autonomia.pdf
Al intentar definir qué es la autonomía nos vemos pronto atrapados sin saber qué
fronteras marcar, qué límites, qué prácticas señalar. Pregunta: ¿Qué es la autonomía?
Difícil contestar. ¿La autonomía es una idea? ¿la autonomía es una practica? ¿la
autonomía es un tipo de organización? ¿la autonomía es algo difuso? La autonomía
somos tod@s. Definir la autonomía se escapa a nuestras posibilidades porque la
autonomía tiene la fuerza de aquello que no logra ser nunca del todo, de lo que siempre
se mueve y jamás termina (proceso continuo), jamás diremos "hasta aquí". La
autonomía es algo indefinible y sin embargo existe y la vivimos, la olemos, la
encarcelan, la reprimen De lo que se trata entonces es de señalar algunos puntos a partir
de los cuales podamos identificar en que consiste la autonomía. Pero estos puntos no
agotan el ser de la autonomía, no logran fijarla, establecerla en suelo estable, porque ella
siempre gira, inabarcable, infinita, absoluta. Definirla definitivamente es matarla,
contentémonos con seguir sus huellas.
Huellas. La autonomía constituye una práctica histórica. Huellas. De ella podemos
encontrar distintos ejemplos: la Comuna de París, los Soviets de los primeros tiempos
de la revolución rusa de 1917, los comités de 1936. Fueron estos, momentos
revolucionarios en los que la clase obrera tendía a autoorganizarse en base a criterios de
democracia de base y consejista, intentando ir más allá de la mera reivindicación
económica o política. En estas circunstancias, la clase obrera se constituía en
protagonista de la lucha, rompiendo con la mediación de la burguesía y sus
instituciones. Pareciera que en este contexto la autonomía se conformara como una
práctica consecuente con un proyecto de transformación social. Hoy, encontramos una
corriente política, una postura vital, una práctica y un hacer que se reivindica
abiertamente de la autonomía, es más, que ella misma se autodenomina así: autonomía
obrera . Esta autonomía obrera encontró también un momento histórico de emergencia
en torno a las luchas surgidas en el 68 en diversos países: Francia, Alemania, Italia,
EE.UU., Checoslovaquia, México. etc. La autonomía obrera recoge buena parte de ese
importante momento de ruptura que fue el año 68 (y que en países como Italia, se
alargaría basta el año 1977), incorporándola a una ya más larga tradición obrerista y en
lugares como el Estado español a una también larga tradición libertaria (1).
La consolidación de este movimiento de la autonomía obrera, de esta multitud de
comportamientos, deseos, significados, actos, discursos, lenguajes y latidos que se
reivindican abiertamente de lo autónomo, su desarrollo y sus características más
peculiares fueron fruto de su época, de su contexto. La autonomía obrera sin duda
podría haber sido muchas cosas y sin embargo fue (y es) lo que fue (y es, y no es). Y lo
que fue, fue coherente con los cambios que se estaban produciendo en el mundo durante
la segunda mitad del siglo XX. Apurando la cuestión, la autonomía no fue más que la
reactualización del viejo proyecto revolucionario propio de la modernidad en un
contexto transformado profundamente. La autonomía consistió en una relectura del
mundo y en un intento coherente de llevar a cabo en ella la transformación social. En el
centro de esta relectura estuvo la comprensión de los cambios que se estaban
produciendo en la organización del trabajo (fin del periodo fordista), de las formas y de
los medios de producción, de los mecanismos de extracción de beneficios del
capitalismo, etc. Todo ello confluye en un cambio en la configuración de los sujetos
sociales protagonistas de la lucha de clases que llevó a un replanteamiento profundo de
la forma de hacer política (en el mejor sentido del término y a falta de otro mejor).
Hasta el momento, todos los proyectos revolucionarios habían partido de la premisa de
que el conflicto entre Capital y Trabajo (es decir, entre los patronos y l@s obrer@s) era
el más importante de todos. Todos los esfuerzos de lucha se focalizaban en este campo.
Lo importante era incidir en el proceso de producción y ello era relativamente fácil: el
proceso productivo se localizaba en un área bastante bien delimitada como era la gran
fábrica fordista que albergaba a miles de trabajador@s. La concentración en un mismo
espacio permitía pautas de sociabilidad que creaban una experiencia compartida, unas
condiciones de vida relativamente similares que a la larga creaban a su vez un
sentimiento de identidad en tanto que clase (aquello de la conciencia de clase). La lucha
revolucionaria se centraba en torno a la fábrica y el método de lucha por excelencia era
la huelga, que paralizaba la producción. El sujeto protagonista de las luchas era el
Proletariado (con mayúscula) (2). Este, con su liberación lograría liberar al conjunto de
la humanidad, era un sujeto portador de lo universal. Todo proyecto de liberación
quedaba supeditado a la liberación del trabajo y la destrucción del sistema capitalista: la
liberación de la mujer se produciría gracias a la abolición de la propiedad privada y la
instauración de la dictadura del proletariado (3), el conflicto generacional no tendría
lugar en la nueva sociedad, la cuestión ecológica carecía de sentido, las luchas de todo
tipo de minorías se resolverían de golpe y porrazo, etc (4).
Esta concepción se iría al traste con el gran cambio que se produjo en la segunda mitad
del siglo XX, con la aparición de lo que se ha conocido como postfordismo (5). Este
supuso el fraccionamiento de la gran fábrica a lo largo de toda la sociedad (la sociedadfábrica)
en pequeñas unidades de producción descentralizadas. La fábrica como espacio
delimitado de la producción dejaba de ser predominante. La sociedad entera se
convierte en una gran fábrica. En ella ya no hay sectores improductivos. Todo sirve para
la reproducción del capital, que todo lo invade, toda la sociedad queda sometida a la
lógica del capital. En este contexto, las luchas anticapitalistas no podían reducirse a la
fábrica y a la figura obrera que las integraba (figura esta por otro lado integrada en la
gestión del capitalismo a través de lo que se ha conocido como estado del bienestar). La
autonomía obrera supuso una puesta en primer plano de las luchas sociales de todo tipo,
consideradas hasta entonces como secundarias o dependientes del conflicto laboral, y
una toma en consideración de toda una serie de actores sociales que emergían de los
márgenes del sistema capitalista: jóvenes, estudiantes precarios surgidos de la
masificación de la universidad, trabajador@s, inmigrantes, parad@s, delincuentes
comunes, pres@s...
Todos ellos se caracterizaban por un rechazo directo del trabajo (con respecto al cual
guardaban muy pocos lazos de unión), de la mediación en las luchas de sindicatos y
partidos gestores del estado del "bienestar", de la idea de sacrificio por el "mañana" (6),
de la miseria de la vida cotidiana, etc. El conflicto se trasladaba del espacio de
producción al territorio social. No es que el conflicto laboral y la figura del obrero
tradicional pierda sentido, no se trata de que las clases sociales o la lucha de clases ya
no existan, es más, siguen manteniendo un papel destacado, pero ya no es el único tipo
de conflicto que existe, ni el único actor a considerar (el que nos iba a liberar a tod@s).
Ahora nos encontramos ante nuevos sujetos que, si bien son los creadores de la riqueza,
no son interpretables en términos de trabajo productivo/improductivo. Esta nueva
subjetividad interpreta la riqueza social como «valor de uso». La producción ya no se
considera como un a priori humano, sino como producción de riqueza «humanamente
disfrutable»: producción de valor de uso. Sin duda, este impulso hacia el valor de uso de
las cosas, su orientación hacia la satisfacción de las necesidades sociales, ha marcado la
práctica de la autonomía. Esta siempre ha optado por la reapropiación directa de la
riqueza que queda inaccesible a las capas más desfavorecidas de la sociedad. Prácticas
como la ocupación de viviendas, las autorreducciones colectivas, el robo en
supermercados, el no pagar en los medios de transporte, etc, han sido prácticas
defendidas por la autonomía como una forma de satisfacer las necesidades sociales,
recuperar parte de la plusvalía extraída en el trabajo.... La autonomía (a la que quizás ya
no tenga tanto sentido añadir lo de obrera, porque junto a ello deberíamos agregar una
larga lista de términos)consistiría en esta reconsideración de lo social y de la
emergencia de una multiplicidad de agentes sociales potencialmente revolucionarios
(pero ya no revolucionarios por naturaleza), todos ellos dotados de una subjetividad y
unas características propias, de unas reivindicaciones específicas.... (7).
Seguimos buscando huellas, seguimos buscando al Yeti. Otro elemento característico de
la autonomía es su visión de la revolución. También aquí se abandona la idea de
Revolución (con mayúscula). Revolución entendida como espacio y tiempo futuro,
como día D hora H liberador. Algo así como el Juicio Final, la toma de la Bastilla, del
palacio de Invierno. En la autonomía lo que se propone es iniciar la revolución (miles,
pequeñitas, en minúscula) desde ya. No podemos esperar hasta tan famoso día para
liberarnos. Este es un aspecto importante en el campo de la autonomía sobre el que
merece la pena pararse un poco. La autonomía parte del hecho de que no hay un sujeto
único y universal que sea revolucionario por naturaleza (el Proletariado), sino que
postula como hemos visto la existencia de una multiplicidad de actores que por sus
condiciones existenciales se encuentran situados en los márgenes del sistema y que
pueden desarrollar una subjetividad revolucionaria, antagonista. Es fundamental
potenciar el desarrollo de estas subjetividades y comportamientos (practicas de
cooperación social, rechazo del trabajo...) que chocan con la lógica del sistema
capitalista. Lo importante además es que la praxis, el terreno de construcción de los
sujetos revolucionarios, de esa subjetividad antagonista, por eso se enfatiza tanto lo de
comenzar desde hoy la revolución, en vivir de forma coherente con nuestras propuestas
de futuro, crear espacios (por ejemplo los centros sociales autogestionados) donde
tengan cabida estas realidades antagonistas. La autonomía ha sido definida como la
clase que emancipada de su objetualidad, desarrolla su subjetividad.
La autonomía lo que propone es tomar al comunismo como programa directo, como
acto que está en la fuerza de las cosas. La revolución y el comunismo no pueden ser
vistos como un mito, como un mañana paradisiaco que nunca llega, como un lugar
estable y cerrado, ya definido, al que un día llegamos tomando palacios y de repente
tod@s comunistas. El comunismo y la revolución son una práctica, un proceso
indeterminado, abierto. La revolución como momento histórico definido y concreto,
deja paso a la revuelta, discontinua, plural, dispersa. La revolución ya no se limita a la
cuestión estratégica de la toma militar del poder (aunque esta no deje de tener aún
importancia). «El comunismo no es una forma puramente negativa, no es una transición,
es algo previo, es una posibilidad real, existente, negativa y antagónica, pero asimétrica,
que vive en el interior del capitalismo». No es que la autonomía crea que por hacer
centros sociales o cooperativas se está viviendo el comunismo o se haya hecho la
revolución, lo único que señala es que este tipo de prácticas (el absentismo laboral, el
robo en grandes almacenes, la insumisión cotidiana, la ocupación de casas,...) permiten
crear formas de vida, comportamientos, subjetividades que chocan con el capitalismo y
que son imprescindibles para la revolución, porque ésta ya no se reduce a un mero acto
formal (¡queda abolida la propiedad!, ¡queda proclamada la república socialista!, ¡queda
proclamada la igualdad entre mujeres y hombres! ), sino que es vívida como una postura
existencial.
De este presupuesto fundamental de la autonomía deducir una forma organizativa y
unas formas de intervenir en la realidad. El objetivo es eliminar todo aquello que frene y
reprima las prácticas comunistas, que aparecen en el interior del capitalismo. Así por
ejemplo, se rechaza la mediación de los partidos políticos y sindicatos, por
considerarlos mecanismos de integración y recuperación, reproductores de la estructura
jerárquica de la sociedad, por su división entre trabajo intelectual y manual, entre
dirección y masas, por la falta de democracia interna, el colaboracionismo con las
instituciones en la gestión del capitalismo, la cultura del pacto, el reformismo, la
separación de las reivindicaciones políticas de las económicas, etc. La autonomía busca
dotarse de formas organizativas (la autonomía no implica necesariamente
espontaneismo) (8), pero unas formas de organización que no aspiran a sustituir a los
protagonistas de las luchas, no busca erigirse en vanguardia (o no debería hacerlo).
En este sentido, la autonomía postula la autoorganización de propi@s afectad@s, de los
propios sujetos de las luchas. No se trata de que cada cual se las apañe como pueda, sino
de lograr que sean l@s propi@s interesad@s quienes definan las luchas, las soluciones,
los medios, los fines,... En la medida en que la autono mía propone la autoorganización,
rechaza las mediaciones exteriores (tipo partido de turno intentando dirigir a los
«inmaduros» movimientos sociales). La gente es lo suficientemente lista para saber qué
es lo que quiere y como lo quiere. Coherentemente con lo dicho, la autonomía opta por
la toma de decisiones de forma asamblearia, por la democracia directa como forma
posibilitadora (aún con sus limitaciones) de garantizar el respeto a la diversidad, frenar
la jerarquización, el autoritarismo, la pérdida de independencia y autonomía en las
luchas,... Lo que busca en definitiva la autonomía es que los seres humanos sean
capaces de definir sus proyectos de vida, que sean ellos quienes gestionen y decidan, de
la forma más democrática posible, cada uno de los aspectos que atraviesan nuestra
cotidianeidad: desde el trabajo a la sexualidad, desde el ocio a la alimentación, etc.
Finalmente, debemos insistir en que la autonomía pretende consolidarse como un
proyecto abierto, no cerrado, en crecimiento, dinámico. En este sentido no admite
definiciones estrechas. La autonomía no es marxista o anarquista, no es una nueva
ideología, no quiere ser enmarcada. La autonomía es un proyecto amplio y difuso, una
de las proyecciones del viejo proyecto revolucionario de emancipació n. Sin duda esto es
algo que sí sigue presente en ella, la voluntad de emancipación total de mujeres y
hombres (evidentemente en equilibrio con el medio ambiente) y en ese sentido, la
autonomía es una apuesta firme por un proyecto anticapitalista. Por el momento será
mejor dejarlo ahí. Ya hemos dicho que la autonomía muere con definiciones estrechas.
Pararemos por ahora. Es mejor no matarla. Definámosla sobre la marcha (sabemos que
aún no hemos tratado puntos importantes), entre tod@s. Paremos aquí. «Hoy, hay que
abrirse a lo que la racionalidad del sistema cierra: la imprevisibilidad. Hoy sólo nos
queda experimentar».
NOTAS
(1). Frente a casos como el italiano, donde la autonomía obrera surge de una trayectoria
mayoritariamente de inspiración marxista, en el estado español, las corrientes
identificadas con la autonomía obrera solieron confluir dentro del movimiento
libertario.
(2). Como iremos viendo a lo largo de estas líneas, frente al discurso hecho a base de
conceptos universalistas (y al final totalitarios), escritos en mayúscula y en singular
Revolución, Proletariado... ), la autonomía dibuja un mundo escrito siempre en
minúscula y donde se privilegia el plural, lo múltiple.
(3). De hecho, con la revolución de octubre de 1917, pronto surgieron en la Rusia
revolucionaria grupos de mujeres que empezaron a discutir sobre su problemática en
tanto que mujeres (es el caso por ejemplo de Alexandra Kollontai) y a hacer
reivindicaciones al respecto. Sin embargo, también fueron rápidamente acusadas de
desviar y malgastar las fuerzas de la revolución a cuestiones que eran secundarias e
incluso "pequeñoburguesas".
(4). En un debate entre intelectuales, alguien preguntó al filósofo francés Henrí Lefrevre
(al que podríamos situar en esta visión clásica, por no llamar prehistórica, de la sociedad
comunista) qué ocurriría en la nueva sociedad comunista con los niños atropellados por
los tranvías. Lefrevre respondió que en la sociedad comunista no morirían los niños
bajo las ruedas de los tranvías. "¿Acaso porque ya no existirían los tranvías?", "¿o no
existirían los niños"? Como veremos más adelante, la autonomía rechaza esta visión del
comunismo como «transición», como utopía siempre futura ("Perdone, ¿la liberación?
Vuelva usted mañana") en la que desaparece el conflicto. Contra lo propuesto por Marx,
una especie de fin de la historia.
(5). No debemos creer que la aparición de lo que ha sido denominado postfordismo nos
explica por completo la aparición de la autonomía, ésta es el resultado de muchos
factores complejamente entrelazados. No obstante, el cambio en la organización del
trabajo jugó un papel determinante.
(6). Como señala Santiago López Petit. «Hoy, la crítica de la política empieza criticando
la esperanza y más en concreto la estructura de la espera que la sostiene (...). Lo
subversivo es llevar hasta el final la no- esperanza».
(7). De hecho, una de las mayores dificultades existentes de cara a afrontar un proceso
de transformación social es el ser capaces de encontrar un proyecto que pueda ser
compartido por esta gran variedad de sujetos heterogéneos y que aun siendo
generalizable, no elimine la singularidad de cada uno de ellos.
(8). Dentro de la autonomía, al conformar un campo tan amplio y disperso, siempre han
coexistido sectores organizados con otros difusos, escasamente organizados que se
insertaban en los márgenes del área de la autonomía más a través de sus prácticas que de
una explícitación teórica.
Autonomía, poder constituyente y Movimiento Antiglobalización (MAG)
http://www.nodo50.org/autonomia/textos_autonomia_pdf/autonomia_poder_constituyente_mag.pdf
La articulación política del poder constituyente exige algo más que la suma
neocorporativa de la actividad de colectivos y organizaciones que expresan, agregada, la
suma de intereses individuales o de identidades oprimidas. El poder constituyente sólo
puede proceder de una segunda integración, ahora de colectivos organizados, más allá
de la cooperación de los individuos. Los colectivos de personas que, al movilizarse,
expresan de forma local, sectorial o transversal daños, reivindicaciones o aspiraciones,
necesitan, a su vez, una mirada sobre la totalidad.
Esta mirada es la condición para la equivalencia y la comprensión mutua entre
colectivos en lucha contra un enemigo común. Esta mirada es condición para la
comprensión cabal de sí mismos como un fragmento del poder popular y el
descubrimiento de la forma en que el discurso del enemigo les habita. La experiencia
dialogante y cooperativa entre diferentes subjetividades, (trabajadores, mujeres,
consumidores, inmigrantes, ciudadanos, etc) muestra, como un arco iris, las diferentes
identidades de la autodeterminación social.
En ese proceso de salud pública, pero también privada, se reconstruyen e integran, en la
práctica y en la subjetividad, las dimensiones de la identidad que han sido escindidas y
reprimidas por el poder constituido. La cooperación en la autodeterminación, añade un
crecimiento geométrico de la potencia constituyente. En estas condiciones el poder
individual ya no depende de la cooptación desde el poder constituido sino que,
recuperado el protagonismo desde abajo y limitada la delegación, vuelve a su lugar
originario, el pueblo [1], en sus múltiples procesos de autodeterminación, generosos y
conscientes.
La experiencia colectiva de este proceso constituyente descansa en la mirada común
sobre la totalidad y no solo sobre uno mismo. Esta mirada es condición para desmontar
los mecanismos del poder constituido que anidan dentro de los individuos y los
colectivos sociales y activar un proceso de reapropiación de dicho poder, generando una
racionalidad alternativa a la racionalidad mercantil, competitiva e individualista, que
nos hace impotentes ante el capital y el estado.
Un movimiento de este tipo exige una composición plural. No puede realizarse al
margen y menos aún, en contra de organizaciones fuertemente condicionadas por el
Estado y el Mercado (partidos de izquierda, sindicatos, ONGs, cooperativas, etc). Pero
tampoco será posible al margen de la lucha social y sin autonomía política respecto a
dichas organizaciones.
A pesar de que cada colectivo en lucha contiene, integradas dentro de sí, todas las
determinaciones sociales (clase, género,nacionalidad, edad, especie, etnia, raza,
ideología, etc), la forma fragmentaria y singular en la que expresa su voluntad de
autodeterminación, le impide comprender su dimensión general y es el origen de la
impotencia que neutraliza su propio poder constituyente. Dicha conciencia solo puede
completarse en una experiencia común de (re)conocimiento, diálogo y apoyo mutuo en
la confrontación con el poder constituido. La conciencia de universalidad, desde la
propia singularidad, es resultado de un recorrido práctico que constituye en sí un
acontecimiento revolucionario, sin el cual, OTRO MUNDO ES IMPOSIBLE. Esta
conciencia es un factor ineludible para la crítica [2] del poder constituido, del mercado y
del estado que, siendo las instituciones garantes de la desigualdad y el dominio de unos
sobre otros, aparecen como depositarios de la igualdad y el bien común.
El vacío de conciencia universal en los militantes de los movimientos sociales, es
ocupado por el discurso del poder constituido. Desde la primavera del 2003 y tras el
sabotaje de la movilización, las formas de coordinación y los lemas compartidos del
MAG, dicho vacío ha sido ocupado por el mercado, el estado y los que, desde dentro de
dicho movimiento, les sirven, sustituyendo el MAG por un movimiento
altermundialización fragmentado y domesticado.
El apoyo mutuo en un ecosistema de colectivos singulares, es la base para una ruptura
estratégica con la razón instrumental que rige el comportamiento de toda la sociedad,
incluidos los de abajo. Cada uno ve a los otros sólo como una ortopedia de su propia
debilidad y como un objeto cuya importancia depende de la utilidad que puede suponer
para sí mismo, autoconsiderado como el único sujeto.
La cooperación unilateral e incondicional y el hecho de dar como condición previa para
recibir, desplaza el individualismo y la competitividad que presiden las relaciones entre
los sujetos y los colectivos sociales. Los paradigmas de la izquierda, que son los
mismos que los de la derecha, reproducidos en la mayoría de los colectivos sociales,
impiden el desarrollo del poder constituyente popular.
El individuo no puede incluirse en un proceso constituyente si no está previamente
territorializado en la sociedad. La representación política de los movimientos sociales,
el Movimiento Antiglobalización, no puede ser una superestructura social, un espacio
para organizar jornadas o campañas, donde individuos aislados o representantes de una
sigla, pugnan por el control de ese espacio para beneficio de su sigla o de su propio ego.
Un colectivo es un grupo real donde la tarea común es la expresión de necesidades
sociales concretas. Dicha tarea común determina las normas de la cooperación, cuya
potencia es la fuente de la fuerza de cada uno.
Solo en un grupo real se puede romper el virus del individualismo, el aislamiento y la
impotencia que nos hacen dependientes del poder constituido. Desde la cooperación en
un grupo real - como mediación entre una sola persona y la sociedad - el individuo
puede incluirse en un proceso constituyente. Un proceso constituyente general no es
posible sin infinidad de procesos de autodeterminación de colectivos particulares. A su
vez, los procesos constituyentes particulares no pueden prosperar sin el calor de un
proceso constituyente más amplio.
El espacio para el avance de un proceso constituyente amplio, plural y poderoso, no es
un producto espontáneo de la "mano invisible" del deseo o de la expresión de una
fuerza providencial y trascendente, sino un duro terreno de batalla. Ese espacio, en los
últimos años se llama "Movimiento contra la Globalización, la Europa del Capital y la
Guerra" (M.A.G.)[3]
Madrid, julio de 2005
Agustín Morán (CAES)
NOTAS
[1] "Pueblo", es el conjunto de sectores sociales que, en un momento dado se expresan
políticamente no solo en procesos electorales sino, sobre todo, en movimientos de
autodeterminación con vocación constituyente por la defensa de derechos y libertades
vulnerados por el capitalismo global y sus instituciones, así como en la participación en
procesos de trabajo, consumo, cuidados y cultura antagonistas con el mercado global.
[2] En su doble sentido de fuerza de la crítica y crítica de la fuerza.
[3]Ver: "El movimiento antiglobalización en su laberinto. Entre la nube de mosquitos y
la izquierda parlamentaria". VVAA. Editorial Catarata y CAES. 2003
Reflexiones sobre los centros sociales desde una práctica autónoma
http://www.nodo50.org/autonomia/textos_autonomia_pdf/reflexiones_centros_sociales.pdf
«El eliminar la violencia de las estructuras patriarcales y el desarrollar una alternativa
más allá del socialismo forzoso y del terror capitalista depende, como siempre, de
nosotr@s mism@s. Y es que de la resistencia no surge necesariamente la alternativa.
Las contradicciones internas que provoca una y otra vez toda forma de dominio
violento, llevan por un lado, a roces constantes con el sistema pero, por otro lado, y por
ello mismo, a su modernización. Sin embargo, en sí mismo esto no supone un
acercamiento a una sociedad libre de poder.
Lo admitimos, suena a verdad de perogrullo. Sin embargo, los movimientos y
organizaciones que intentan ir más allá del rechazo al sistema dominante no han
conseguido sacar de ello consecuencias prácticas. No tenemos problemas en definir el
motivo de nuestra lucha pero si en reconocer nuestras metas. Por eso todos los intentos
de obtener espacios en los que movernos libremente dentro de las estructuras sociales
las que luchamos, llegan más tarde o más temprano a un punto en el que no se sabe
seguir adelante.»
Congreso de AUTONOMÍA. Abril de 1995. Berlín. Humboldt Universität
A MODO DE BREVE INTRODUCCIÓN
Este intento de repensar de una forma muy autocrítica el desarrollo (y para algun@s
fallecimiento) de la izquierda autónoma alemana y su práctica política fue un fracaso.
La caída del muro había desterrado a la casi totalidad de las organizaciones de la
izquierda dogmática occidental, pero se habían creado dentro de la propia «autonomía»
grupos que se constituían en vanguardia del mismo, siguiendo los cánones de juicio de
la vieja izquierda.
En el Estado español el proceso no ha sido muy diferente, toda la gama de partidos y
grupúsculos que sobrevivieron a la transición han fallecido recientemente, tomando la
iniciativa, en lo referente a las formas de intervención social, las prácticas autónomas
desligadas de las estructuras partidistas. El problema surge en la articulación del sector
propiamente autónomo; entre las subjetividades que quieren verlo y construirlo como un
ente con un discurso monolítico (y en ese sentido en mi opinión reaccionario) y los que
apuestan por una línea más difusa y difícilmente catalogable. Lo cierto es que este
debate soterrado no tiene unos márgenes estrictos y que en ambas orillas existen
procesos más complejos. Lo real, también, es que este debate está contaminado de roces
personales; supuestas diferencias ideológicas; etc., que en su mayoría están impregnadas
de un desagradable y repetitivo olor a naftalina. En cierto modo nos es más fácil vivir lo
político como una guerra entre el Frente Judaico de Salvación y el Frente para la Judea
Libre (ver "La vida de Brian") que plantearnos las «nuevas» cuestiones que el proceso
económico crea en el sentido de reestructuración de la economía; los procesos
convergentes- las nuevas y más sofisticadas vías represivas- la centralidad del debate
trabajo/no trabajo; los retrocesos en las políticas y derechos sociales... Los desafíos son
numerosos, y no creo que la solución sea recurrir ni a las biblias del siglo XIX ni a los
supuestos principios y dogmas del movimiento (~?). Al contrario, pienso que
precisamente recurrir a ellos constantemente es constituirnos nosotr@s en parte de esa
vieja izquie rda, purista, patética, prepotente, escisionista y dogmática. Tenemos la
posibilidad de regenerar, sin renunciar a nuestro reciente y adolescente pasado, un
discurso y unas prácticas que sean políticamente constructivas, recogiendo además una
serie de cuestiones que diferentes movimientos europeos e incluso latinoamericanos
(véase EZLN) están planteando desde hace algún tiempo. Se trataría, quizá, de
replanteamos nuestro propio pasado, para reconstruir nuestro propio futuro. «Conspirar
quiere decir respirar conjuntamente». Mantenernos en el gueto, seguir creando y
defendiendo castillos de naipes sólo nos lleva a la asfixia.
CENTROS SOCIALES. COOPERACIÓN CONTRA MANDO
«Un urbanismo cada vez más agresivo y acorde con las necesidades de la economía
privada que convierte las metrópolis en auténticos campos de batalla, sin plazas ni
espacios colectivos de socialización de los que no puede extraerse una rentabilidad
económica, y donde la gente se comunica y pone en común intereses e inquietudes»(1).
El papel que en principio juegan los Centros Sociales Okupados es invertir esta
situación, construir un referente en el territorio de cooperación social. En este sentido
debemos analizar cual es el trabajo real que queremos hacer; que relación hay entre l@s
ocupantes y el barrio; quienes forman el Centro Social, que relación hay entre este y el
tejido asociativo del mismo... la desconexión con el entorno lleva como máximo a la
indiferencia, la implicación en la realidad cotidiana del territorio lleva como mínimo el
obligado y palpable conocimiento (independientemente de estar a favor o en contra) y
como máximo a la cooperación horizontal. A mi modo de ver debemos plantearnos en
los espacios que pretendemos autogestionar modelos asistenciales que repercutan en el
beneficio colectivo del barrio. Por ejemplo, en el CSO «David Castilla» teníamos una
asesoría jurídica que fue utilizada por una cantidad considerable de vecin@s afectad@s
por los planes de reestructuración del barrio, previamente habíamos buzoneado más de
tres mil panfletos anunciando este «servicio».
Si a esto añadimos otras prestaciones, como guardería, consulta médica, alfabetización...
¿Estaremos entonces parcheando prestaciones que debería cubrir el Estado? O por el
contrario, estaremos creando un tejido de autogestión que las políticas liberales
privatizadoras no cubren a amplios sectores de la población.
De hecho ahora los Centros Sociales cubren otro tipo de «asistencialismo», el único
estable el comedor popular, y el más consolidado y ruidoso financiando otros proyectos,
colectivos, radios libres, grupos de solidaridad internacionalista, etc.
«En lo que atañe a los Centros Sociales, estos se ven atravesados materialmente por la
nueva composición de clase, basada en el trabajo flexible, precario, móvil en el
territorio", los frecuenta y autogestiona ese corte de lo social formado por estudiantes
que ya no son sólo estudiantes, por parados que ya no son sólo simplemente parados,
por trabajadores autónomos (para subordinados) que sólo son autónomos porque al cabo
de un mes no reciben un salario, por una fuerza de trabajo escolarizada, altamente
cualificada en lo que atañe a las nuevas tecnologías, que prefiere incluso trabajar en
cooperativa, experimentando nuevas relaciones sociales, en actividades manuales, antes
que sufrir el trabajo sometido a un mando. Los Centros Sociales están formados por esa
nueva composición de clase en cuyo seno -por otro lado- tiene plena ciudadanía la
fuerza de trabajo inmigrante, la más disponible, como es obvio, para los trabajos más
móviles, flexibles y mal pagados»(2).
Parad@s franceses okupan sedes de la patronal, hoteles de lujo, locales de partidos
políticos, restaurantes, etc., la fractura social se constituye alrededor del trabajo. El
Estado español se sitúa a la cabeza del índice europeo de paro, con el valor añadido de
estar a la cola de ser de los últimos en ofertar prestaciones al desempleo. Nosotr@s
conocemos bien la cantinela: telechurro, telepizza y teleidiota.
Si realmente somos un movimiento de transformación debemos enfatizar en la
centralidad de esta cuestión. Antes señalábamos las posibilidades asistencialistas de
autogestión real de servicios, que funcionarían como cooperativas. Es decir, los Centros
Sociales como espacios de autoempleo, pero no como refugio de los desheredados sino
como potencia constructiva de la nueva composición de clase que antes se señalaba, los
Centros Sociales como una amenaza, como una exigencia de derechos y como un
volcán en plena ebullición de debate de las propuestas «recientes» del conflicto:
Reducción del tiempo de trabajo y reparto del empleo, economía plural y solidaria,
exigencia de un ingreso mínimo incondicional y acumulable (3).
La construcción de los espacios okupados no sólo va en esta dirección de intervención
en lo social. La ocupación en mi opinión es también un proyecto de vida, y quizá sea
precisamente esto lo más jodido. Estos deseos de cooperación, trabajo vivo, apoyo
mutuo, etc., no son nada sin un esfuerzo decidido de «cambio personal» (que nadie se
lleve las manos a la cabeza). Un trabajo cotidiano que parte de asumir nuestras propias
miserias, pero que no debe transformarse en las formas (o no sólo en ellas) sino en el
fondo. No hay solución colectiva programática al conflicto del patriarcado. El
patriarcado esta en tu cocina, en tu cama, en tu mente, en tu actitud en las asambleas, en
tu calle, en tu barrio, en tus amig@s... En los Centros Sociales se vive este conflicto,
debemos asumirlo rechazando la lógica del «espacio liberado», hablando y potenciando
el debate así como la práctica eficiente antes que espectacular.
Pero claro, todo esto se ve truncado un buen día, generalmente a primera hora de la
mañana. La inestabilidad de las ocupaciones hace difícil invertir en proyectos sólidos,
esta debilidad se percibe clarísimamente desde el exterior con lo que cada ocupación es
un volver a empezar. El lema debería ser «un desalojo, otra ocupación partiendo de cero
y con la impotencia de ver las porras echarte de un sitio que te molaba mogollón».
Demasiado largo y además no rima.
NEGOCIACIÓN Y DIÁLOGO
«Si el dedo señala a la luna, el imbécil mira al dedo, no a la luna.»
Primero fue Amparo:"(...) Mientras tanto se había estado negociando, a pesar de que el
concejal de Centro (...)se negó a recibirnos (...) en la Comunidad Autónoma de Madrid
nos pasaron material y decían que iban a ser nuestros interlocutores para intentar
conseguir el local (...)»(4). Luego Ronda de Atocha. De esas comisiones, fueron
esenciales, la comisión de prensa, que elaboraba los comunicados diariamente con las
decisiones de la asamblea y atendía a los periodistas y la comisión de negociación que
se encargaba de negociar de aquí para allá, con los diferentes poderes públicos la
obtención de la casa o en su defecto de otra similar»(4). Luego Argumosa, Leganés,
Veracruz 44, en Móstoles (4), ocupación de la calle Madera (5), y muchas más. Lo
importante no es negociar, sino qué se negocia y cómo se negocia. La idea del C.S.O.
«el Laboratorio» del Consejo da transparencia a un posible proceso negociador: «Un
diálogo así no sólo busca un resultado práctico concreto que reivindicar, también y
sobre todo permite crear un escenario político nuevo que puede extraer al movimiento
del circulo vicioso de la okupación-desalojo-nueva okupación como elemento de
constitución e identidad. Queremos quedarnos con lo que okupamos, no sólo tener una
experiencia singular que recomponer cada cierto tiempo y, sobre todo, queremos tiempo
para que los proyectos autogestionados que nacen en los centros sociales tengan
oportunidad de proliferar y arraigar (...)» (6). Aquí no se está suplicando un espacio a
cambio de paz social o pérdida de nuestra identidad subversiva, aquí se está exigiendo
que la administración nos reconozca cómo un contrapoder capaz de hacer ceder ante
nuestras demandas.
«Tras un año de negociaciones lo han conseguido. Nos dicen desde este barrio del sur
de Madrid que han conseguido un local para la basca del barrio. Tras estar un año de
puerta en puerta y soportar a los politiqueros de la comunidad y el ayuntamiento que no
se querían hacer responsables de concederlo. Este lokal pertenecía a los cabrones de la
OJE. Al final la comunidad ha cedido. Las negociaciones las ha llevado a cabo el
consejo de la juventud del distrito de media sur, y han puesto a la comunidad la
condición de que el lokal sea gestionado por los jóvenes que lo utilizen»
(7).
El movimiento de ocupaciones se regenera, l@s veteran@s abandonan quemados, te
curras una vida en comunidad pero es tal la precariedad (a veces sin luz ni agua y
penoso estado del edificio) que se hace muy duro, o te curras mogollón un espacio, lo
pones dabuti y al poco generalmente te echan. Cuestión de suerte y de aguante, si tienes
un/a hij@ puedes olvidarte. Entra peña joven con ganas y el movimiento aumenta
lentamente, pero la mayoría de nuestras energías las gastamos en preparar los desalojos,
costear los procesos judiciales con conciertos, sobrevivir en precario, pues muchos
proyectos no se consolidan por la inseguridad o la ignorancia de la temporalidad. Por el
contrario imponernos como una realidad afianzada y no permanentemente amenazada
permite destinar buena parte de nuestra energía a construir, extender, y difundir
autonomía y autogestión. Crear alternativa.
La negociación se plantea como una posible soluc ión a un conflicto enquistado sólo en
la represiva. Actualmente el sentimiento de resignación ante los desalojos es palpable.
Ninguna propuesta de resistencia a los mismos es una fórmula mágica que realmente
consiga evitarlos, pero los Centros Sociales y las ocupaciones son ya una realidad
social. Eso sí, una realidad que el sistema hoy por hoy sabe asumir como algo
marginado, como movimiento estético y dialéctico (1@s de la k). Se hacen peliculitas
en las que aparecemos como una panda de idiotas altruistas, románticos e
insoportablemente simpáticos. Hay «okupas buenos y malos», algun@s okupas se lo
creen (que son mal@s) y lo propagan a los cuatro vientos. En cambio no creo que a la
administración le haga mucha gracia reconocernos como interlocutores, reconocer
nuestra iniciativa pública y política. Admitir que la ocupación puede ser una solución
para conseguir una vivienda digna como habitualmente decimos, y que los Centros
Sociales Okupados y Autogestionados son proyectos colectivos de transformación, de
antagonismo y creación de cooperación en los barrios.
A PESAR DE TODO, O POR ELLO MISMO
Corre camarada El viejo mundo te pisa los talones!» (Mayo del 68).
«(...) para nosotr@s se trata de una auténtica revolución cultural y mental: despedirse
definitivamente de cualquier incrustación o cualquier sobra de las viejas ideologías. No
es la realidad la que tiene que plegarse «ideológicamente» a nuestros sueños y deseos
(meter en cintura al mundo: utopía negativa), sino que, por el contrario, nuestra
subjetividad y capacidad de producir acción política debe colocarse dentro de un
«movimiento real que transforma el estado presente de las cosas». Y en ello portando
elementos de radicalidad, de ruptura, de conquista de nuevos derechos, de nuevos y más
altos umbrales de liberación (utopía positiva y concreta)» (8).
Cada centro social tiene su propia dinámica, su propio enfoque, sus propias posturas y
sus propias miserias. Aceptar la diferencia como algo positivo y enriquecedor, hacer de
la crítica un elemento de cooperación constructiva, no llenemos el tazón de mierda.
Existen proyectos muy diferentes pero no tendrían por que ser diferenciadores. iVamos
a dar caña no sólo a 1@s de arriba, también a nuestras propias actitudes! En marcha
hacia el siglo XXI!
Jacobo, del CSO «el Laboratorio»
Madrid, 1999
P.D.: LA AUTONOMÍA DIFUSA; «En definitiva, la Autonomía Difusa delimitada
al conjunto de comportamientosdiscontinuos e irregulares,
identificables por su actuación concreta con la «ideología» del área Autónoma,
como materialización de las concepciones derivadas de la
autovalorización e independencia respecto al Estado y al Capital, en la perspectiva del
comunismo, como realidad factible o desde un punto de vista de utopía realizable.»
Textos sobre la Autonomía Obrera. La Sociedad: Nuevo Marco de Producción.
ANEXOS:
(1) Jornadas de debate. Pelegrina 2 y 3 de Marzo de 1996. Coord. de colectivos lucha
autónoma.
(2) Centro Social Autogestionado Morion (Venecia), 1 de octubre de 1997.
(3) Llamamiento de l@s 35 por la elaboración de una política económica y social
realmente innovadora y democrática. Alain Caillé, Guy Michel, Daniel Mothé, Toni
Negri,...
(4) Okupaciones en Madrid. Especial revista autónoma Sabotaje, 1987.
(5) Revista Sabotaje, número 6 de mayo de 1988.
(6) Acerca del consejo (una primera aproximación). CSOA El Laboratorio.
(7) Revista África, marzo de 1988. «Krónicas de okupación».
(8) Reflexiones sobre viejos y nuevos nacionalismos. Red Autónoma del Nordeste
Italia.
