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La Coctelera

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23 Septiembre 2009

Argentina: setentistas...

Ínclitas cucarachas.
Por Martín Caparrós.
  

("ínclito,-ta": adj. Ilustre, esclarecido.Diccionario Enciclopédica Vox 1.Larousse)

Nunca supe por qué a los lugares comunes les dicen lugares, pero sí por qué comunes. Aunque creo que deberían llamarlos cucarachas, porque parecen inmortales y aparecen en los rincones donde los restos se acumulan. Por eso me sorprendió un artículo, publicado aquí mismo, donde mi estimado Jorge Sigal empezaba diciendo que "cuando se apague el kirchnerismo, la generación del 70 habrá completado el ciclo histórico que la dictadura interrumpió bestialmente en 1976. Y quizá sea ésa la principal contribución que el ex presidente le habrá prestado a la joven democracia argentina". E insistía en ese lugar común o cucaracha que pretende que el kirchnerismo fue la llegada de esa supuesta generación al poder político. Para empezar, la idea de "generación del 70" es perfectamente discutible. ¿Cómo se define una generación? Un observador externo podría decir que es el conjunto de personas que en un momento dado compartieron, por edad y convicción, ciertas ideas, actividades, producciones. En tal caso, la susodicha generación estaría integrada por todos los que militaron en alguna de las muy distintas opciones revolucionarias que se ofrecían entre 1960 y 1976. Ese conjunto comprendió tanta gente tan variada -jóvenes estudiantes, viejos sindicalistas, villeros, psicoanalistas, torneros, abogados, peronistas, maoístas, mi tía Juanita, maestros, periodistas, actores, leninistas, trotskistas, Carlos Menem, empleados de comercio, madres de familia, filósofos, obreros de la Fiat, diputados nacionales, intendentes de pueblo, peones, taxistas, médicos cardiólogos, Jorge Sigal, yo mismo, un estanciero, dos financistas, ladrones, cantautores, bancarios, guevaristas, físicos atómicos, un sargento primero- que no resulta sorprendente que después tomaran los rumbos más diversos. Algunos de ellos creyeron mantener sus ideas -más o menos adaptadas a los cambios climáticos-, otros las desecharon por completo. ¿Por qué habría que imaginar que un montón de personas ya disímiles van a seguir pensando igual tres o cuatro décadas más tarde? La definición del observador externo, entonces, sería inoperante: a efectos de sus vidas presentes, importa poco que fulano y mengana y zutana y perengano hayan pensado parecido, cuando fulano es un conocido ingeniero atómico gay que vive en Houston y mengana acaba de jubilarse como operaria en un taller textil para cuidar a los hijos de su hija soltera y zutana es abogada de empresas privatizadas con oficina en Puerto Madero y misa en el Pilar y perengano lleva 32 años en una fosa común en Campo de Mayo. Así visto, entonces, como definición presente "generación del 70" no significa nada. A menos que intentemos la opción subjetiva: definir a la "generación del 70" como el conjunto de los que todavía se autoperciben y reivindican como pertenecientes a ella, y suponen que esa pertenencia es decisiva en sus vidas. Como si el científico, en lugar de contarle las patas, le preguntara al mosquito cuántas tiene; como si el médico dejara que su paciente se diagnosticara. Según ese método, claro, una pareja que se fue a su pueblo a lucrar con lo peor del capitalismo -el préstamo usurero- sería lo mismo que sus ex supuestos compañeros que, en ese mismo momento, morían peleando para eliminar ese tipo de explotación -y muchas otras. Según ese método, Hitler estaba limpiando el mundo de sus lacras y Bush intentó llevar la paz y la concordia a los últimos rincones de la tierra. O sea: que no creo que exista una generación del 70, sino una cantidad de gente que hizo cosas muy distintas en esos años y que, desde entonces, las hizo más distintas todavía. Y que, por otro lado, los gobernantes que ahora reivindican su afinidad con las ideas que suelen asociarse a esa "generación" practicaron todo lo contrario. Lo publiqué en junio 2003, cuando Kirchner no llevaba un mes en la Rosada: "El gobierno K, por el momento, sigue el mismo mecanismo antipolítico de los últimos veinte años, el que produjo el desencanto democrático: ellos hacen, nosotros miramos. Es obvio que no es lo mismo cuando te gusta lo que hacen que cuando no te gusta -pero la diferencia no llega a la estructura del asunto y, cuando la estructura es ésa, fatalmente terminan haciendo lo que se les canta. Se habla mucho, también, en estos días, del ‘retorno de los setentas'. Y ahí está, justamente, la mayor distancia entre aquellos y estos días: en los setentas -con perdón- la política era miles y miles de personas organizadas, movilizadas, haciendo y buscando y juntando y pensando y decidiendo. Ahora lo que tenemos es un gobierno que, quizá, tenga buenas intenciones -porque le dio por ahí o, a lo sumo, porque entiende cierto humor social. No hicimos nada: ni siquiera lo votamos. O sea: una vez más la idea del hombre providencial -aunque no sea carismático- contra la idea de la participación de todos buscando objetivos comunes. No digo que ésa sea necesariamente la intención final del gobierno K.; digo que, por el momento, eso es lo que pasa y que ellos no han hecho nada para producir otra manera: hacen, se muestran, derraman, pero no dan cabida ni convocan ni hablan de hacerlo. Y los argentinos felices de que les den, como estaban infelices de que les sacaran. Eso no es -sigue sin ser- política." Ésa es la diferencia básica. Todo el resto de la gestión K -la módica recuperación del Estado y la conservación de los enormes privilegios económicos, sociales, culturales en la Argentina- deriva de esa diferencia. Y el discurso de nostalgia plañidera sobre los setentas que a veces enarbolan el ex presidente y la ex presidenta no debería engañar al mosquitólogo: son figuras retóricas, la famosa sanata. El artículo parece enunciarlo cuando dice que "Kirchner les entregó (a aquellos militantes, ya veteranos y con sus heridas sin cicatrizar), el aparato ideológico del Estado mientras él se dedicó a gobernar con la ortodoxia peronista clásica". Pero no queda claro cuál sería ese aparato: ¿Canal 7? ¿la Secretaría de Cultura? ¿la agencia Telam? ¿la Secretaría de Medios? Ni tampoco quiénes son "aquellos militantes" o "antiguos combatientes": ¿Hebe de Bonafini? ¿Tristán Bauer? ¿Carta Abierta? ¿Pepe Nun? ¿Pepe Albistur? ¿Otro Pepe? No parecen exponentes claros de ningún proyecto. Y hay un dato que -evitando los usos lacrimógeno-hagiográficos- debería ser central: buena parte de esa generación fue asesinada. Hablar de lo que hace ahora la "generación del 70" se parece a atribuirle a mi bisabuela muerta en Treblinka los crímenes del Estado de Israel. El argumento de Sigal facilita dos reescrituras de la historia al mismo tiempo. Una, que pretende que el kirchnerismo encarnó aquel proyecto político de cambio y demostró su inutilidad: como quien dice menos mal que perdieron, ahora pueden gobernar y miren lo que hacen. La otra, que centra -que sigue centrando- la lectura de esa época en la violencia política. Es otra discusión que habría que retomar: el lugar común o cucaracha según el cual la violencia fue el rasgo decisivo de la militancia de los años 60 y 70. Ahí está el nudo del discurso de los militares y los ricos argentinos sobre el período: la forma de disimular, a partir de una verdad evidente, otras verdades tan evidentes como ésa: que, además de militantes armados, había miles y miles de personas que militaban sin armas en sus fábricas, gremios, barrios, escuelas, universidades. Eran los más peligrosos a mediano plazo y, por eso, fueron los más reprimidos, los más asesinados. Pero a los militares y los ricos les conviene una memoria en que la violencia sea la única forma en que se manifiesta la voluntad de cambio real, para demonizar esa voluntad -en nombre de la democracia. En cualquier caso si ahora, como decís, Jorge, llegó la hora de que la "generación del 70" se aparte para "convertirse en legado y no causar daños innecesarios", ¿quiénes sí podrían hacer política en la Argentina? ¿Sólo los mayores de 75 años? ¿O también los nacidos entre 1940 y 1960 que no hayan participado en política entonces? ¿O que sí hayan participado pero en posiciones de derecha? Claro, no llamaríamos "setentista" a un muchacho que apoyaba a Alsogaray, a Lanusse, a Balbín o que estudiaba en el Colegio Militar, ¿no? ¿O, quizá, directamente, dejamos afuera a todos los mayores de 50? Sería una lástima, ¿no te parece? ¿Vos sabés cuántos años tienen Macri, Massa, Michetti, Randazzo, Rodríguez Larreta, Capitanich, Boudou, Prat-Gay y demás renovadores de la política argentina?   http://vozentrerriana.blogspot.com/2009/08/setentistas.html  


la nota en cuestión:   Aquí empieza el pasado
Cuando se apague el kirchnerismo, la generación del 70 habrá completado el ciclo histórico que la dictadura interrumpió bestialmente en 1976.
Por Jorge Sigal Cuando se apague el kirchnerismo, la generación del 70 habrá completado el ciclo histórico que la dictadura interrumpió bestialmente en 1976. Y quizá sea ésa la principal contribución que el ex presidente le habrá prestado a la joven democracia argentina. Como en un sueño recurrente, aquellos militantes, ya veteranos y con sus heridas sin cicatrizar, volvieron a intentar una construcción política. Kirchner les entregó el aparato ideológico del Estado mientras él se dedicó a gobernar con la ortodoxia peronista clásica. Esa alquimia le otorgó un beneficio del que no gozó ningún otro gobernante desde 1983: poder a discreción con cobertura intelectual. Pragmatismo y pensamiento correcto, todo junto como en las buenas ofertas. La antigua teoría del "enemigo principal" se abrió paso nuevamente entre muchos referentes del pensamiento vernáculo. Frente a la posibilidad de un golpe de Estado, de la restitución del "viejo régimen", del retroceso histórico, ¿quién se detiene en sutilezas como la corrupción o las formalidades democráticas? Hasta los denostados caciques del conurbano -antes impresentables en los lugares por donde circula la gente bien- se hicieron más aceptables. Lo que en los 90 era inadmisible y materia de investigación dejó de ocupar lugar en la agenda, bajó a la categoría de no urgente. Muchos prontuarios se perdieron en la Batalla de Stalingrado, incluso los de algunos personajes mediáticos que en otros tiempos fueron la encarnación del mal. No por casualidad, la primera aparición pública de Néstor Kirchner después de la derrota electoral fue para saludar a los integrantes de Carta Abierta. Esa visita estuvo cargada de simbolismos. Desde los mocasines del jefe hasta el lugar de la reunión, el nostálgico Parque Lezama, todo supo a despedida. Y también a gratitud. Allí estaban, a la intemperie, los antiguos combatientes que les dieron razón de ser a las más ingratas (y sucias) tareas del poder junto al hombre que los sacó del olvido. Vale la pena rescatar algún párrafo de la artillería verbal que esos soldados del intelecto prepararon durante estos intensos meses, desde que el campo emergió como el enemigo deseado, para comprender mejor de qué estamos hablando: "Los líderes del ‘partido del orden', mientras aguardan el auxilio de la crisis, no pueden atravesar ciertos dilemas de parroquia: ¿Qué representación política dará finalmente el nuevo bloque agrario que trae la sorprendente fusión en las consignas de los agronegocios de los sectores que antaño se diferenciaban por distintos tipos de actividad agropecuaria? Una nueva soldadura material y simbólica ha ocurrido frente a las nuevas características tecnológicas y empresariales de la explotación de la tierra sobre el trasfondo de ganancias inesperadas. Se trata de un bloque ‘enlazado' que, bajo un débil manto de republicanismo, se propone la cruzada restauradora y para hacerlo declara vetustos a los desvencijados partidos remanentes, exige una derechización social y pone en crisis también a las tradicionales representaciones del sector". El setentismo sobreviviente, que no pudo erigirse como bisagra histórica de la transición democrática, encontró en la actual gestión una oportunidad para recuperar una épica y darle sentido a su discurso. Pero lo hizo a su manera. Como si el tiempo no hubiera pasado. No se modernizó. Modernizarse significaba, fundamentalmente, abandonar el autoritarismo y hacerse democrático. Amparada en la memoria, nuestra generación terminó siendo una traba para la renovación argentina. Encerrada en su rol de víctima, no hizo tampoco aquello que tanto reclamó en su tiempo: dejarles a los jóvenes el lugar, abrirles el paso. El mundo será como nosotros lo imaginamos o no será pareció ser la consigna. En una entrevista reciente, el joven dramaturgo Rafael Spregelburd explicó la difícil carga de ser hijos de la generación desaparecida por la dictadura, "una generación de personas que parecen odiarse". Amarga queja que también se escucha en los ámbitos del debate político juvenil. "Ustedes nos tiran con los muertos", me reprochó hace poco un militante treintañero. Tzvetan Todorov advierte: "Apoderarse de la memoria de un antiguo héroe o, lo que es más sorprendente, de una antigua víctima puede ser necesario para que el individuo o una colectividad afirmen su derecho a la existencia; ese acto sirve a sus intereses pero no le concede ningún mérito adicional. Al contrario, puede tornarlo ciego a las injusticias de que es responsable en el presente". Hay que saber cuándo uno deja de ser presente y se convierte en legado. Para no causar daños innecesarios. Y permitir que otros hagan su tarea.

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