Más sobre el cambio de época: el siglo XXI
(heredero de las contradicciones del siglo XX, más otras nuevas)
José G. Vazeilles (Buenos Aires, Argentina)
"Un cambio de época", mi más reciente trabajo, se ubica en la fase más actual del revolucionario presente histórico y se centra sobre el profundo bache financiero, como situación de default, en que ha caído la marcha económica de los Estados Unidos y sus implicancias en la crisis del sistema capitalista mundial.
La publicación póstuma del Tomo III de El Capital, abrió un venero asombroso de sugerencias (y los respectivos problemas teóricos, algunos irresueltos); entre sus desarrollos, hay uno en extremo importante para éste y otros temas.
Se trata de que los movimientos y falsos equilibrios, presuntamente sólo cuantitativos del valor, en tanto mercados y acumulaciones del capital, por sí solos se resuelven en cualidades, de poder sobre todo, pero también de obligadas nuevas asignaciones de ganancias entre las diversas ramas de la producción y aún en el nivel de la participación salarial, incidiendo así, tales cualidades, en los mismos resultados cuantitativos de la marcha del sistema.
En otras palabras, aún en sí mismas, las medidas de las masas en movimiento de valor, capital y dinero, detrás de su magnitud, encierran más esencialmente cualidades (y por consiguiente se manifiestan mucho más como estructuras que como puras ecuaciones, ecuaciones cuyas claves serían sólo los equilibrios y su restauración), aún sin considerar todavía la incidencia de la acción estatal.
Ésta última debe resolver inevitablemente el gasto público según finalidades (bélicas, sociales, educativas, represivas, de fomento de actividades productivas o de servicios) y así introduce directamente las cualidades y contradicciones sociales, que ya venían cargadas real o potencialmente de ellas, desde los intereses diversos y contrarios que están detrás de las asignaciones de ingresos y recursos por el mercado.
Pero esto no es todo, ni en la realidad histórica ni en su brillante elaboración contenida en El Capital: también toda la dinámica de estos procesos interactivos empuja continuamente la investigación científica y la innovación tecnológica, que asimismo son dos caras de una misma moneda, la actual revolución científico técnica, que transforma, como nunca antes, las relaciones entre la sociedad humana y la naturaleza y, por ello, vuelve sobre la sociedad y su cultura, induciendo novedades y problemas.
"Un cambio de época" es un texto que está lejos de cubrir este conjunto de complejidades, aunque apunte certeramente a advertir las espectaculares novedades de la magnitud del endeudamiento estadounidense y que por primera vez esa rémora afecte la economía y el fisco del principal socio del club de las naciones más ricas y en ejercicio más prolongado del poder imperialista.
Sin una previa y sesuda investigación es imposible aproximarse a una imagen del mundo actual que pueda ser considerada auténticamente concreta, pero en su defecto se pueden seleccionar algunos ejemplos significativos de relaciones entre los diversos niveles, entre ellos, una mayor carnadura de descripciones de procesos del presente histórico que fundamenten, a la vez, su carácter revolucionario y la configuración de novedoso que cada uno comparte con la generalidad.
Asimismo, para apuntar mejor al movimiento total en que se insertan, se pueden también volcar ejemplos y secuencias que relacionen tanto la novedosa situación actual que apunta a "un cambio de época", como los mismos ejemplos volcados.
Tortillas de maíz en México.
Un alimento básico y relativamente barato de las masas populares mexicanas son las tortillas de maíz: dicho cereal constituye la materia prima alimenticia de ese producto culinario. La posibilidad tecnológica de darle al maíz el uso de materia prima industrial para fabricar alcohol, destinado a ser consumido como combustible de los motores a explosión u otras finalidades energéticas redoblaría la demanda, haciendo subir los precios e incluso generando pobreza y desnutrición.
Hay un célebre párrafo del libro de Lenin sobre el imperialismo (y podrían encontrarse significaciones paralelas en otros escritos de aquella época), donde señala como han quedado unidos en todo el mundo producciones primarias, industriales, compraventas masivas de mercancías y otros aspectos de intensificación de las relaciones económicas mundiales. Célebre por citado muchas veces, lo ha merecido porque ponía de resalto la creciente trama de esas relaciones.
Aunque el diagnóstico de que, junto con eso y los males que ocasionaba, el imperialismo era la etapa tan madura del sistema capitalista, que indicaba su segura putrefacción y pronta caída, resultó erróneo, por compensación podemos dar por muy inteligente -y casi profética- la reflexión sobre el carácter creciente de esa trama.
La cantidad de procesos históricos mundiales, amén de los propios mexicanos, viejas y nuevas contradicciones en ambos niveles que encierra el caso del precio de las tortillas mexicanas lo pone en evidencia: el gigantesco crecimiento del consumo mundial de energía, resultado de un proceso de crecimientos de las industrias y los transportes igualmente gigantesco, los históricos fracasos de la reforma agraria, la absoluta capitulación (dorada para muchos de sus integrantes) de la burguesía mexicana frente a la plutocracia estadounidense, la contaminación generada por los derivados del petróleo, la derrota de EE.UU. en mantener el control de las cuencas petroleras de los golfos pérsico y de Maracaibo, el pantano en que ha caído la democracia burguesa en México y otras cuestiones: todo eso se refleja ahí, en las tortillas.
Se podrían encontrar sin excesivo esfuerzo varios otros ejemplos parecidos, como la contaminación del Río Uruguay que está a punto de traer el funcionamiento de una planta finlandesa de fabricación de pasta celulósica ultra blanca (esa materia prima es por esa cualidad la más contaminante entre las pastas y su destino de consumo de lujo la liga a la concentración mundial del ingreso entre los capitalistas más ricos). Y si agregamos el resto de los continentes a América Latina, donde se verifican estos dos casos, es probable que podamos encontrar docenas de ejemplos.
El General Douglas MacArthur, reformador agrario.
En varias oportunidades he afirmado que si no se hubiera verificado el derrumbe del corrompido ejército del Kuo-min-Tang y el consiguiente triunfo de la Revolución China, el más probable destino del Japón se hubiera parecido bastante al papel de neo colonia que el imperialismo estadounidense le adjudicó a las Filipinas.
Del mismo modo, el Plan Marshall y la reconstrucción de Francia, Bélgica, Holanda, Italia y, sobre todo, lo que iba a ser la República Federal Alemana, como sociedades capitalistas industriales y, como tales, futuros competidores del capitalismo estadounidense , resulta inexplicable sin la extensión del poder soviético hasta Berlín mismo y la mayor parte de Europa Oriental.
Pero volviendo al Asia Oriental, lo más estridente de la reconstrucción del capitalismo japonés fue que el poder irresistible del ejército de ocupación estadounidense al mando del General MacArthur fue usado para disuadir toda posible resistencia de los terratenientes japoneses en la aplicación de un plan integral de reforma agraria que puso la propiedad del suelo en manos campesinas.
Seguramente, con una activa, y con frecuencia violenta, reforma agraria en la inmensa y vecina China, la posibilidad de que grandes masas agrarias del Japón se pusieran levantiscas, aterró sin dudas al imperialismo estadounidense y fue el motivo principal de la decisión, pero eso liberó a la acumulación del capital industrial y financiero de la rémora de la renta de la tierra, por lo que el secreto del denominado "milagro económico japonés" fue ... ¡la Revolución China!
Desde luego, al imperialismo norteamericano le ha interesado mantener en las sombras esta faz de su política, por muchas razones, entre otras, porque estaba haciendo todo lo contrario en toda su zona de predominio imperial en América Latina en la que sus más seguros aliados eran los retrógrados terratenientes y sus feroces gestapos, llamadas "fuerzas armadas" por pura formalidad y a las que la CIA dotaba de auténticos criminales de guerra nazis protegidos por ella.
Con buenas razones, Federico Engels se entristecía y alarmaba del reformismo y la falta de profundidad ideológica y perspicacia política de los sindicatos y el partido laborista británico, como consecuencia de las migajas de la explotación colonial que la burguesía imperial británica volcaba sobre las filas obreras, pero ésa es una maniobra muy menor respecto de las que se han ido pergeñando en el siglo XX y que en la fiebre del actual prometen ser aún más grandes y sin garantía de que logren reducir a una mera "época de cambios" lo que se vislumbra como un más profundo "cambio de época".
Uno de los imperialismos modernos menos proclives a las concesiones que implican las maniobras ha sido el norteamericano, magüer lo que hemos señalado sobre el Plan Marshall respecto de Europa occidental y la reconstrucción del capitalismo japonés en Asia oriental. Claro que también señalamos el peso de la tensión entre el sistema capitalista y el campo socialista como fuerte incentivo de las concesiones yanquis, con especial acento en las proximidades geográficas entre China con Japón, apenas separadas por un estrecho marítimo y más aún entre la Europa occidental y la oriental bajo influencia soviética, con una larga frontera común, con "punto caliente" en Berlín y apenas acolchonada por la presencia neutral de Austria y Yugoslavia.
Estas configuraciones fueron parte de lo que se dio en llamar "guerra fría", probablemente para no recordar la terminología usada durante el período de entreguerras mundiales, la "paz armada", ominosa porque volvió a repetir los horrores de la primera -y acrecidos- en la segunda. Tal vez también porque el chantajista bélico de la segunda posguerra, los Estados Unidos, no quería que lo acusaran de parecerse al anterior chantajista, el Tercer Reich alemán, que seguramente fue principal pero no único responsable de la IIa. Guerra mundial.
Pero aún en este nivel general, podemos anotar que el III Reich fue un chantajista exitoso durante bastante tiempo, mientras los Estados Unidos resultaron casi siempre un chantajista frustrado, por contraste con las grandes maniobras concesivas que hemos mencionado o las más pequeñas intervenciones armadas, abiertas como invasiones a países chicos de América Latina, o las apenas encubiertas, como los golpes militares, principalmente en esa misma zona. Esta es sin dudas una comparación en extremo interesante, pero necesitamos caminar desde su generalidad hacia complementaciones históricas más concretas para inferir significaciones más ricas.
Créditos, armamentos y tropas, I.
Para ir acercándonos a lo concreto, pasemos del aspecto especial del chantaje bélico a la confrontación global y hagamos más plural la comparación entre algunos de los principales contendientes en cada una de las dos guerras mundiales, a la vez rivales en los períodos de paz relativa previos y posteriores.
Desde el comienzo del siglo XIX, la rivalidad principal entre imperialismos fue franco-británica, la que se fue desdibujando a partir de la segunda mitad de ese siglo, como consecuencia de la irrupción de nuevas potencias en el tablero mundial, principalmente Alemania y Japón. La primera de éstas resultaba muy visible desde el triunfo de Prusia sobre el imperio austro-húngaro y luego sobre el propio Imperio francés. Oculto bajo las nieblas ideológicas del racismo blanco, el moderno poder japonés no pudo sin embargo ignorarse completamente al principio del siglo XX, cuando su triunfo sobre el Imperio Zarista.
Aún hasta la primera guerra mundial, ese imperio, el otomano y el austríaco, los tres de orden dinástico y resabios semifeudales aparecían también como contendientes potenciales importantes, pero no resistieron la conmoción bélica mundial, con destinos diferentes, cuya reseña resultaría aquí una digresión impropia.
Pero en cambio, este desplazamiento fuera del tablero (y por ello escenario) de la pugna imperialista es enteramente significativo de las relaciones entre el grado de desarrollo económico capitalista y los desenlaces bélicos: aquellos reinos que habían logrado constituirse como naciones parlamentarias burguesas (repúblicas o monarquías) predominaron sobre los reinos que seguían siendo dinásticos y con fuertes resabios feudales, que así perdieron territorios como semicolonias de aquellos.
Es por ello que en esta parte del análisis no podríamos introducir el papel de la entonces naciente sociedad soviética, que conservó el territorio zarista, porque las transformaciones revolucionarias (más allá de las dudas sobre el grado esa transformación) introdujeron ésa y otras variables que nos obligarían a salvedades demasiado frecuentes.
Al comenzar en 1914 la primera guerra mundial nadie pensaba que iba a ser tal, sino que de acuerdo con las experiencias previas, se esperaba una lucha de meses, con un triunfo relativo de alguno de los contendientes, que en los acuerdos de paz iba a obtener ventajas en el trazado de las fronteras metropolitanas y en el reparto de las zonas de influencia y colonias ultramarinas. En cambio, resultó una contienda larga y agotadora de los recursos humanos y materiales, en el primer caso, como diría Lenin, resultó una carnicería sangrienta. Luego, resultó el caldo de cultivo de la primer revolución socialista que logró mantenerse en el poder.
Pero aunque la perspectiva de que, a diferencia de la IIa. Guerra mundial, que sí fue auténticamente tal, ésta fue una especie de "guerra civil europea", es exagerada, porque el mundo en su conjunto cambió, sí encierra cierta verdad en que la participación de Asia Oriental fue menor y la de Estados Unidos mucho menor en sacrificio humano y diferente, o mejor, contraria, en cuanto a la intervención económica en la gran guerra.
La oligarquía plutocrática de los Estados Unidos, dentro del capitalismo mundial, una vez asegurada su independencia en el doble paso de la revolución y guerra de liberación acaecida a fines del siglo XVIII y luego la guerra de secesión que liquidó el enclave neo-colonial británico del sur, con sus plantaciones esclavistas algodoneras, se había respaldado, para el desenvolvimiento de su capitalismo financiero, en la garantía de la banca inglesa, de la que era habitualmente deudora, siendo central la relación entre los Rotschild y los Morgan.
Cuando la primera guerra mundial se fue prolongando, los aliados franco-británicos necesitaron cada vez más de abastecimientos estadounidenses, tomando a la vez créditos crecientes para lograrlos. Los plutócratas estadounidenses especularon con la posición crecientemente favorable en que así el agotador conflicto los colocaba y recién cuando juzgaron maduro y bien gordo su beneficio, declararon la guerra con la finalidad de volcarla a favor de sus deudores.
Así fue que emergieron como el árbitro del nuevo orden internacional y el mascarón de proa de turno de sus feroces monopolistas, el Presidente Woodrod Wilson, se dio el lujo de aparecer como un pacifista sincero y moderador del revanchismo franco-británico, pero cumpliendo sólo el papel de operador que asegurara las ingentes ganancias de sus mandantes.
La falsedad resultó a medias de la larga guerra y a medias de la estupidez de los gobernantes europeos y particularmente del Kaiser Guillermo.
Este inicio del ascenso de EE.UU a la hegemonía imperialista es clave para ver su papel en el siglo XX y juzgar también su actual declinación.
El siglo XX tuvo otros ejes: cada una de las revoluciones sociales y el proceso de descolonización en general, el surgimiento del nazismo y aún antes de apreciar las interacciones deben agregarse las crecientes innovaciones científico-técnicas.
Habida cuenta que nuestro objetivo no es la exposición completa de la historia del siglo XX, aunque recurriremos a su marco más de una vez, vamos a explayar ese inicio y secuencias posteriores de ese ascenso imperial.
El centro de la cuestión reside en que su papel dentro del frente "aliado" fue el de gran proveedor vendedor de suministros y gran financista de sus adquisiciones por parte de los gobiernos "aliados" (ver cifras en nota al pie 5), operadores exclusivos del frente occidental y aún preponderantes durante el año final, en que los Estados Unidos entraron al conflicto, con menos bajas y sin sufrir la guerra en su propio territorio.
Por defectuosa que sea su conciencia del mundo y de sí misma, la oligarquía plutocrática estadounidense se habrá sentido en 1918 intensamente embriagada de su "destino manifiesto": el de sus arcas llenas de valores que la ponían a distancias inéditas de cualquier riesgo de default, el de su producción a toda marcha, el haber obtenido todo eso sin haberlo planificado ni aplicado algún saber especial salvo sus astucias de comerciantes y banqueros de siempre, elevándose sobre la tierra como un grácil globo, para mirar el devastado mundo a sus pies y hasta al Imperio Británico crujiendo en muchas de sus junturas, algo que ellos y a todo el conjunto de los capitalistas les hubiera parecido impensable pocos años antes.
Por defectuosa que fuera su conciencia, difícilmente podían olvidar los horrores y penurias de su guerra civil de pocas décadas atrás, las peleas de pistoleros por la posesión de vías férreas en que se trenzaron sus holdings en formación, el temor que les suscitó la movilización obrera y su consiguiente sangrienta represión que culminó en Chicago, la angustia de estar a fin del siglo XIX al borde del default, las acusaciones internas que recibieron por el estreno de sus piraterías marítimas en Filipinas, Cuba y Puerto Rico y su incursiones en México, la repulsión que provocaba el descaro de otro de sus mascarones de proa, Teodoro Roosevelt, al jactarse de la "política del garrote".
Ahora (entonces) eran ellos los acreedores de los europeos, Wilson, tan representativo de una política de truhanes y piratas como Roosevelt, aparecía como "el ángel de la paz", un fulgor que ocultaba su dura opresión sobre cubanos, portorriqueños y filipinos e intervenciones en México y otros lugares de América Latina.
Desde el punto de vista del prestigio entre las burguesías del mundo, en la "opinión pública" preponderante, pudieron gozar sin muchos sobresaltos de esa embriaguez hasta la primera gran crisis mundial, como podemos llamarla hoy en que nos agitan ya los temblores de la segunda, pero que entonces se llamó simplemente la "Gran Crisis", a semejanza de la denominación de la "Gran Guerra" para la primera.
Como nos ha parecido muy necesario recordar varias veces en medio de los años del endeble optimismo de la "globalización" a fines del siglo XX, también hasta las vísperas de la Gran Crisis, los medios masivos de difusión se hacían lenguas acerca de la "receta de la prosperidad eterna" que habían encontrado los Estados Unidos... ¡confeccionada en el laboratorio de Wall Street!
Así que la expectativa de esta vez sí tener un curso estable del capitalismo quedó nuevamente archivada o postergada. No obstante como, a pesar de la resistencia de la oligarquía plutocrática, el segundo Roosevelt (Franklin) intervino en los sacrosantos mercados (con concesiones a los granjeros y a los sindicatos obreros), el capitalismo norteamericano sorteó la crisis.
Por ello, fue además con cara de "progresismo" o "populismo", lo que además fue favorecido por el ascenso nazifascista en Europa, la invasión japonesa a China, la guerra civil española y la tolerancia con el régimen cardenista en México.
Créditos, armamentos y tropas, II.
La II Guerra Mundial ya en 1939, pero sobre todo a partir de 1941 en que el III Reich invadió la Unión Soviética y Japón entró en combate en el Océano Pacífico con Estados Unidos (que declaró la guerra al "Eje", que incluía Alemania e Italia además de Japón), fue más intensa y global que la Ia., con muchos más frentes terrestres y navales abiertos, con una participación masiva de la aviación militar y los bombardeos aéreos y, desde luego, con mayor destrucción y muertes de civiles y militares, aún sin contar con el genocidio planificado industrialmente por los nazis.
Va de suyo que la estructura del conflicto y dentro de ella, los papeles de los contendientes no podían repetirse (la URSS como sociedad y estado distintos, Italia y Japón en el bando contrario, la inclusión de la guerra sino-japonesa, además de la guerra naval del pacífico, la invasión japonesa a colonias británicas y holandesas, etc).
Pero por eso mismo queda más de relieve la repetición de algunas características del papel jugado por los Estados Unidos. Lo que se repitió completamente es que Estados Unidos contribuyó sobre todo con armamentos y mucho menos con tropas, aunque esta vez no fue muy principalmente vendedor, sino que su fisco tuvo que cargar con gran parte del gasto; de todos modos vendió también suministros diversos a crédito y también se repitió que el territorio estadounidense quedó indemne.
La batalla aérea denominada "batalla de Inglaterra" que terminó con la supremacía de la Luftwaffe fue ganada por la Royal Air Force y la batalla que detuvo la ofensiva alemana e italiana mando de Rommel para llegar al Canal de Suez, fue detenida por las tropas al mando del Mariscal Montgomery, principalmente británicas y el papel de los estadounidenses en los territorios de Italia y Francia no fue preponderante: en Monte Casino, fortaleza alemana que detuvo el avance aliado hacia el norte, mandaron morir en los primeros asaltos a los brasileños y a los polacos; la única contraofensiva alemana exitosa, en la frontera franco-belga fue contra unidades yanquis. Todo esto sin contar con que, en verdad, las batallas terrestres decisivas contra la Wehrmacht las libró el Ejército Rojo en el frente oriental.
La bomba "A" y la bomba "H".
Finalmente, está la cuestión del uso de la recién inventada bomba atómica en dos ciudades niponas para provocar la rendición del Imperio japonés.
En lo grueso, aunque desde luego tal interpretación no tuvo mucha difusión en Estados Unidos ni en sus zonas de influencia, se juzgó que de no haberlo hecho, no se hubiera podido evitar que fueran los soviéticos los que ocuparan el territorio metropolitano del Japón.
Esta interpretación ha sido objetada por unilateral y sin dudas no constituye toda la interpretación histórica de la decisión. Pero desde luego la versión estadounidense de la misma, a saber, que en definitiva, al acortar la guerra ahorró meses de los horrores del conflicto, entre ellos de vidas humanas, constituye un pretexto fútil, patraña grosera que no puede ser, ni siquiera, parte mínima de la explicación.
Los cientos de miles de víctimas mortales en pocos segundos, comprobado el horror espantoso en Hiroshima, su repetición en Nagasaki, más todos los efectos de la intensa radiactividad y, desde luego, el huracán atómico, el horror y el terror volcado sobre grandes masas de la población civil, un conjunto que dejó pálidas las cínicas y horribles consecuencias de la doctrina nazi de la "guerra total", es decir, un nivel de horror sólo equiparable al genocidio nazi, ejecutado en alrededor de dos años.
Asimismo, si se comparan los terribles bombardeos "de saturación" que los propios estadounidenses efectuaron sobre las ciudades alemanas, con miles de toneladas de explosivos (precedidos por los realizados por la Luftwaffe sobre Londres y otras ciudades inglesas), midiendo por el enorme esfuerzo y gasto que implicaron en comparación con el único viaje a gran altura del "Enola Gay" que arrojó el artefacto atómico sobre Hiroshima, se advierte mejor todavía el enorme potencial destructivo de la nueva tecnología. Se arrojaron dos, podían arrojarse cuatro, ocho y así.
Como se sabe, el potencial de la destructividad de la nueva tecnología no se limita a esta posible progresión geométrica de las bombas arrojadas y su terrible efecto en pocos segundos, pues luego la bomba atómica quedó principalmente sólo como detonador de un artefacto mucho mayor, la bomba nuclear del barato hidrógeno, de medida aumentable. Por otro lado, el perfeccionamiento de los cohetes de mediano y largo alcance para portar esa bomba "H" inauguró las hipótesis del holocausto termonuclear y la amenaza de desaparición de la vida en la Tierra.
Está claro que estos desarrollos no podían conocerse de antemano, pero sólo desde una perspectiva muy obtusa podía suponerse que no iba a producirse un mayor desarrollo tecnológico (los alemanes ya había usado los cohetes V1 y V2), por una parte y que los otros Estados con cierto desarrollo, por la otra, no iban a procurar equipararse a los EE.UU. en tal desarrollo.
Una vez señalados estos conceptos, podemos sacar conclusiones sobre la nueva tecnología atómica y nuclear y sus relaciones estructurales con las tecnologías anteriores y sus relaciones con dos cuestiones: 1) la planteada al principio, a saber, las razones por las que Estados Unidos tomó la decisión de probar la energía atómica como explosivo gigante, pulverizador y radiactivo en la carne humana y 2) en qué condiciones dejó la nueva tecnología y el equilibrio nuclear mundial al belicismo norteamericano.
En primer lugar, vale profundizar la explicación de evitar que la URSS fuera quien ejecutara la invasión del Japón, que hemos juzgado como válida sólo en parte.
Para esto, vale mirar de un modo global el denominado "frente del Pacífico", significativamente el único de nombre oceánico como tal frente (pues otras designaciones navales o aéreas se llamaron "batallas", o sea, con desenlaces parciales), como asimismo los efectos que sobre él iban a tener dos grandes circunstancias: a) la conversión de él mismo de "frente oceánico" en el frente terrestre del Japón metropolitano y b) el desenlace final de los dos frentes terrestres europeos, con la confluencia de las tropas soviéticas y angloamericanas en territorio alemán, pero cuyo protagonista principal en el derrumbe de la Wehrmacht fue el Ejército Rojo.
Respecto del punto a) es obvio que luego de la batalla de Midway en junio de 1942, en que los japoneses perdieron cuatro portaaviones contra uno de los estadounidenses (los portaviones se había revelado como el arma aeronaval decisiva en ese frente, en el que un mes antes los norteamericanos habían quedado en ventaja en la batalla del Mar de Coral), el curso del frente oceánico fue el de un avance estadounidense continuo.
Un resultado inverso tal vez hubiera sido reversible, pues el marco tras las batallas era la considerable superioridad industrial de los Estados Unidos, su mayor disponibilidad de combustibles y otras condiciones estratégicas. La superioridad aérea yanqui trató de ser compensada por los japoneses mediante el uso del sacrificio suicida de sus pilotos "kamikazes" que se arrojaban sobre las naves norteamericanas con un pequeño avión lleno de explosivos, usando un recurso humano que llevaba al extremo su fervor religioso en materia bélica. No obstante, en la guerra naval esto sólo compensó la superioridad enemiga, pero no podía revertirla.
Al convertirse la guerra en principalmente terrestre, los requisitos para que los Estados Unidos mantuvieran su superioridad y su continua ofensiva exitosa eran mucho más complicados y en algunos aspectos difíciles de lograr. Aún en territorios de islas relativamente pequeñas, el avance norteamericano fue lento, engorroso y de enorme costo en materiales y también en vidas. En este último aspecto, la decisión de los soldados japoneses de afrontar la muerte desnivelaba la balanza en su favor tanto o más que lo que favorecía a los norteamericanos en material bélico y combustible. Los japoneses abandonaron las islas Filipinas porque un combate muy largo en enconado entre los dos ejércitos imperialistas iba a hacer aparecer inevitablemente las aspiraciones independentistas del pueblo filipino al calor del empate, con resultados complejos e indeseables para ambos.
Pero todo denunciaba una estrategia japonesa de replegarse y fortificarse en su territorio patrio, mientras mostraban sus dientes y decisión de afrontar la muerte tanto con los "kamikazes" como por otros medios.
De emprender solos la conquista del Japón, los Estados Unidos afrontaban claramente la posibilidad de un fracaso rotundo. La participación del Ejército Rojo en la invasión hubiera podido evitar el fracaso, pero casi con la seguridad de que la mayor parte del territorio efectivamente ocupado lo fuera por los soviéticos, con el entrenamiento, la organización y la confianza de haber descalabrado la poderosa máquina de guerra alemana, amén de haber derrotado ya a los japoneses en Manchuria.
Pero además, esa participación soviética sin dudas influiría sobre la situación de la guerra civil china, haciendo aparecer en el horizonte la extensión del campo socialista a toda al Asia Oriental.
Los acuerdos previos exigían la rendición incondicional de todas las potencias del Eje, así que una negociación separada con Japón era impensable, mientras difícilmente Estados Unidos podía pedir el auxilio del Reino Unido, donde los sufrimientos directos de la guerra fueron enormes y se preveía tanto un reemplazo de los conservadores por los laboristas en las elecciones de posguerra, amén de la necesidad de conceder la independencia nacional a una porción predominante de su imperio colonial, por lo que para terminar la guerra, la única opción disponible era la participación soviética en la rendición de Japón.
Este análisis más global de la situación del fin de la guerra tal como quedó luego de la rendición de Alemania y el fin de las operaciones en territorio europeo, muestra entonces sí que el espantoso -y más espantoso en su carácter nuevo y de estreno de una tecnología que implicó un salto cualitativo en la destructividad- lo hizo Estados Unidos para impedir la participación soviética y en tal sentido constituye el paso inicial de la decisión belicista que llevó a la etapa denominada "guerra fría".
Guerras locales "calientes" pero no nucleares, en medio de la "guerra fría".
Las consideraciones sobre la estructura mundial del poder político y militar, sus equilibrios y desequilibrios y su influencia sobre procesos más particularizados y entre ellos la evolución del imperialismo estadounidense tienen un sentido y una importancia equivalentes a las expuestas para el nivel económico y financiero, con sus interrelaciones y son necesarias para explicar el fracaso extremo, a manera de pantano político y militar en que ha caído EE.UU. en Irak y Afganistán.
Aunque el interés económico y más particularizadamente petrolero cumple un papel relevante en estos dos últimos casos, sería un error grosero suponer que tal circunstancia ha sido la determinante en todo el periplo del belicismo estadounidense durante la "guerra fría".
Más bien al contrario, podemos ver que estas consideraciones han podido retornar al primer plano (algo que ha sido históricamente frecuente en la historia de todos los capitalismos imperialistas), precisamente cuando las motivaciones centrales de ese período han cedido como consecuencia del fin de ese período, jalonado por la detente con la URSS y el estrechamiento de las relaciones comerciales y financieras con la República Popular China.
La guerra de Corea tuvo la misma finalidad que la reconstrucción del capitalismo japonés y la evacuación del corrupto régimen y tropas Chiang Kai Shek hacia la isla de Taiwan, puesta luego bajo la protección de la flota norteamericana, es decir, la detención de la expansión del socialismo chino a toda Asia. La partición de la nación coreana fue producto de la imposibilidad de las tropas estadounidenses de conquistar todo el territorio, lo que repitió la característica del fin de la IIa. Guerra mundial en la imposibilidad de conquistar el territorio metropolitano japonés. Ya entonces el equilibrio nuclear mundial impidió que EE.UU. hiciera efectivo el uso de esa tecnología o ejerciera un chantaje eficaz con ella.
La guerra de Vietnam implicó una constelación más compleja y condujo a un giro histórico también más complejo, pero volvió a repetir la impotencia de las fuerzas convencionales estadounidenses para evitar la derrota, clara en la evacuación total y el derrumbe inmediato del régimen títere de Vietnam del Sur.
Esto volvió a poner muy de relieve especialmente la debilidad de su infantería, puesta en evidencia durante la segunda guerra mundial, como hemos visto más arriba; aunque la infantería sea el arma de genealogía militar más antigua, continúa siendo la que es imprescindible finalmente para toda ocupación territorial.
La constelación más compleja proviene, en primer lugar, de que las fuerzas de liberación nacional de Vietnam, al término de la guerra recibieron la rendición de las tropas japonesas de ocupación, ya que el imperialismo francés había tenido hasta entonces su propio territorio metropolitano ocupado por los alemanes.
Pero enseguida, desconociendo esto y sin atender a la experiencia de disolución del imperio británico casi en su totalidad, el imperialismo francés pretendió recobrar sus territorios coloniales en el sudeste asiático, seguramente alentado por los EE.UU. en su política anticomunista. Pero las tropas coloniales fueron categóricamente derrotadas, debiendo abandonar su intención de obtener aunque fuera una partición del territorio como la acordada en Corea y aunque se pactó reconocer la independencia plena del pueblo vietnamita, luego Estados Unidos borró con el codo lo que había firmado y dio los pasos necesarios para sostener un régimen títere bajo su dominio, pero tampoco pudo obtener tal repetición de la experiencia coreana.
Librado a su propia acción nacional imperial, desde luego tampoco podía repetir la experiencia japonesa, según hemos visto antes, por el equilibrio nuclear. Comprobada entonces la inferioridad de la infantería del régimen títere frente a las tropas de liberación de los vietnamitas tuvo que comprometer crecientemente sus propias tropas y como esto no resultó, hizo un uso gigantesco de los bombardeos convencionales y de todo tipo de armas prohibidas de destrucción masiva, abierto y sin disimulo y no sólo como acumulación preventiva en depósitos (de lo que acusaría años después sin fundamento al Irak de Saddam Hussein) . Por eso, mientras el resultado del armisticio coreano fue evaluado como un empate, ahora los medios periodísticos y diplomáticos hablaron de la primera derrota de la historia militar estadounidense, en lo que seguramente se tuvo en cuenta que la derrota de la invasión de Bahía Cochinos en Cuba, en 1961, estuvo a cargo de mercenarios gusanos que, aunque entrenados, armados y transportados por EE.UU. no fueron acompañados por tropas nacionales de este país.
Sintetizada así la constelación más compleja que implicó la guerra de Vietnam, pasemos ahora al vuelco histórico que también significó. En 1962 el imperio colonial francés había quedado desarticulado, no sólo por su derrota en Vietnam, sino porque Argelia alcanzó la independencia y ahora fracasaba también el intento estadounidense de "recomponer" el dominio de las potencias capitalistas en general sobre los antiguos territorios coloniales.
Esta nueva situación prolongó las fuertes tensiones internas en la sociedad norteamericana, donde las masas populares habían intensificado la lucha contra la discriminación de la comunidad afro americana y la participación en la guerra de Vietnam, lo que fue contestado por la oligarquía plutocrática mediante significativos magnicidios y otros asesinatos políticos, como en los casos de los hermanos Kennedy y Martin Luther King, lo que culminó con la elección del derechista Richard Nixon.
Sin embargo, esta oscilación en la política interna no pudo ocultar el fracaso de la línea internacional inaugurada en la reunión de Camp David entre el presidente Eisenhower y el premier ruso Jrúschov de acercamiento a la URSS (y al comunismo europeo en general), mientras se mantenía una política de endurecimiento con el comunismo asiático, principalmente el chino, seguramente alentada por los signos previos y luego la consumación de la ruptura entre los dos gigantes socialistas.
Pues de esa distensión Estados Unidos no sacó resultados políticos ni económicos apreciables, mientras en cambio se acentuó la colaboración económica en Europa entre la Comunidad Europea (luego Unión) y el bloque soviético. Así que el muy conservador Nixon emprendió un giro inverso, reconociendo finalmente de un modo pleno a la República Popular China, con el desplazamiento de "la otra república China", que empezó a llamarse "Taiwán" y dándole los asientos que detentaba ésta en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esta apertura implicó el nacimiento de relaciones económicas que darían creciente preponderancia al comercio ultramarino en el Océano Pacífico sobre el del Atlántico y terminarían culminando hacia fines del siglo XX con la situación antes descripta, para EE.UU., de convertirse en el gran deudor insolvente de la historia del capitalismo.
Esto no impidió el fracaso estruendoso de Nixon, cuyo "Watergate" pareció demasiado peligroso a los propios círculos de poder (en verdad, el hecho y la máquina montada por los republicanos se parecía demasiado al "incendio del Reichstag" fabulado por los nazis para concentrar todo el poder en Hitler, eliminando a los otros partidos). Desde entonces, la política interna oscila falsamente entre los demócratas y los republicanos, que no es que ambos tengan los mismos plan y programa, sino que ninguno de ambos tiene plan ni programa que no sea mantener el statu quo ante, mientras se siguen desplegando la profunda crisis económico-financiera, el derrumbe de la hegemonía imperial en el mundo y el fracaso de sus aventuras belicistas, mientras ha debido soportar el magno atentado a las torres gemelas por parte de la red Al Quaida, que es en verdad una creación alimentada por la CIA y por los aliados petroleros sauditas de EE.UU., en el centro financiero del capitalismo.
La situación es insostenible y mientras al gobierno de Bush sólo se le ocurren medidas de color fascista como el Watergate, a saber, el espionaje interno de los ciudadanos o la promoción descomedida de las torturas sobre los prisioneros en las cárceles de Abu Graib y Guantánamo, el sistema institucional reacciona con mucha lentitud en la búsqueda de darle un corte a su gobierno y es probable que ello se deba a que desde ningún costado del campo político se haya comenzado a elaborar una respuesta y un programa que permita responder a la pregunta "y después ¿qué?".
El "cambio de época" está sólidamente instalado en el mundo y se ha evidenciado en la espectacular caída del poder imperial internacional de los Estados Unidos y tarde o temprano tendrá que manifestarse en el interior de la sociedad norteamericana y, según lo dicho, parece que lo será en medio de fuertes temblores.
