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22 Noviembre 2009

Resumen sobre la IIa. Gran Crisis mundial al promediar 2009

José G. Vazeilles - Ficha de cátedra. Buenos Aires _Argentina

 Formular hoy un resumen teórico de la actual crisis tiene dificultades: está aún en curso, hay varios temas implicados y sus mutuas relaciones no son obvias. Si logramos esbozarlas, sólo tendremos una hipótesis para profundizar, modesto objetivo que, sin embargo, vemos como un comienzo obligado.
 Mientras tanto la crisis continúa y la magnitud de su movimiento amaga ser mayor de la que ya llamamos hoy la primera gran crisis, cuando hasta ayer era  la Gran crisis a secas: el curso y desenlaces de la segunda gran crisis tal vez van a "resumir", en la realidad misma, la historia moderna.
 Hace falta entonces volver a lo teórico y más cuando la fuerza del estallido aventó enseguida las patrañas llamadas neo-liberales, entre las que se contaba declarar perpetuo al capitalismo, reviviendo el positivismo de que "hubo historia, pero ya no la hay" (negando los "grandes relatos" de la historia), mientras florecían groseras supersticiones sobre series numéricas "equilibrantes" de los mercados.
 A breve andar, lo menos que se reconoce, reemplazando las bobadas del neo liberalismo, son las propuestas keynesianas de intervención del Estado y el retorno de una economía "mixta", aunque sobre esto no hay ningún programa claro.
 Con más excepcionalidad y timidez, algunos recuerdan a Marx y sus teorías sobre la cuestión, las que no por casualidad fueron formuladas cuando brotaron las crisis cíclicas, relativamente breves, pero nada comparables a las desatadas en 1929 y este 2009, en la duración de la crisis misma y sus "intervalos", a su vez con efectos cualitativos mayores sobre el proceso histórico.

Auge previo y gran quebranto súbito o relativamente súbito.

 Sin embargo las crisis cíclicas cortas y las dos grandes crisis (ambos tipos) pueden bien ser calificadas de capitalistas, pues tienen en común la secuencia de que se preanuncian como un gran auge de los negocios y las ganancias, seguido luego por un quebranto general, en todos los casos más breve que el auge y tan breve en el caso de las crisis cíclicas y la "Gran Crisis", que merece llamarse súbito sin más y en caso actual, relativamente súbito, ya que estuvo precedido por quebrantos menores, designados en casos por nombres regionales (vgr. "tequila").
 Este caso actual trae la novedad de una complejidad mayor en la secuencia temporal, ya que entre el inicio y el desenlace del quebranto se intercala un período de relativa continuación del auge, pero que también es el anuncio y el inicio del inevitable quebranto, duplicidad que hizo madurar y amplificar la crisis.
 La maduración y amplificación se manifiesta de tres maneras principales.
La primera es la magnitud enorme de la disparidad entre los valores financieros ficticios y los de la producción real de bienes y servicios y su comercialización. Ahora que ya comenzó el quebranto de bancos y otras empresas no se puede precisar el monto exacto de la disparidad y su evolución, pero de lo que no caben dudas es que fue más de tres veces mayor que en ocasión de la crisis de 1929. Por eso es que George Soros, contra la tendencia en fijar la atención en la última versión de la burbuja (la inmobiliaria), dijo que ella es relativamente menor y "...está dentro de una burbuja más enorme que está a punto de estallar"   .
 Esto nos lleva a la segunda manera principal y es que el mismo centro del sistema capitalista, los EE. UU. son el mayor deudor del sistema, algo que no había ocurrido nunca antes. Esto lo hemos subrayado con insistencia al anunciar la inevitabilidad del quebranto general, que seguiría necesariamente al quebranto del propio centro del sistema .
 La tercera manera es que durante el período intermedio, en que se mezclan el auge financiero y de algunos aspectos comerciales del mercado mundial con las crisis parciales y los signos crecientes del desenlace global, la hegemonía política de los Estados Unidos se fue quebrando por tramos, tanto en su relación con sus aliados capitalistas como con los países hasta ahora dependientes.
 La piedra de toque de esta decadencia imperial ocurrió en esos países y fue agravada cada vez que Estados Unidos intentó detenerla mediante un belicismo intervencionista desesperado o aumentando los intentos de manipulación ideológica de los grandes medios y cadenas mediáticas de difusión masiva con patrañas increíbles y desaforadas, centradas en la suposición de un "eje del Mal", conformado por Irán, Venezuela, Cuba y la República Democrática de Corea. Basta recorrer los diarios con el giro hacia la negociación con Irán, Venezuela y Cuba o la humillación estadounidense de soportar los desplantes a su vez belicistas de la pequeña y pobre República Democrática de Corea para advertir la mencionada decadencia.
Volviendo a la primera manera principal -la magnitud de la gigantesca burbuja- su estallido provocó una danza de millones volados, uno de cuyos aspectos más espectaculares fue el intento de rescate de u$s 700.000 millones dispuesto todavía bajo la gestión de Bush, sin éxito y con las consiguientes quiebras de gigantes financieros y luego las quiebras increíbles de empresas industriales que eran símbolo del capitalismo norteamericano, como la automotriz General Motors.
Desde luego, esto nos lleva de nuevo a la segunda manera principal, pues esta carga para el fisco asegura la perduración de la deuda billonaria del Departamento del Tesoro de los EE.UU., un mantenimiento (o acrecentamiento) del nivel público de la burbuja, que desde luego no estalla porque sus principales acreedores, China y en segunda instancia Japón no creen de su conveniencia hacerlo. Pero eso anuncia negociaciones internacionales muy difíciles e incertidumbre perdurable sobre la hegemonía monetaria mundial y los cambios para hacer al respecto.
Nuevamente otra vez, esto nos lleva a la tercera cuestión, a saber, hasta que punto seguirá declinando el poder de la oligarquía plutocrática de los Estados Unidos, y si su poder interno ante las capas medias y la clase obrera norteamericanas quedará inmune, como hasta el estricto hoy, o bien sufrirá una declinación semejante al de su hegemonía imperial en el mundo, que se prolongó en el período intermedio y quebró finalmente con el ocaso de Bush.
Tanto la relación estructural que existe entre poder externo y el interno, como el aumento espectacular de la pérdida de puestos de trabajo, tan en progresión geométrica como fuera el de la burbuja, indican que habrá efectos igualmente políticos y cualitativos al respecto y no sólo cuentas o estadísticas.
Pero las perspectivas de una profundización real y prolongada de la crisis no se limitan a lo que ocurra con los EE.UU., sino que aún para juzgar solamente su curso, habrá que examinar lo que ocurre con el poder en el resto del mundo y particularmente con aquellos países que se han vuelto también ricos y poderosos, en casos acreedores de los Estados Unidos,  pero también aquellos que no pueden ser arrastrados por otros.
Cabe citar en este sentido en primer término a la propia Unión Europea, sacudida asimismo por el desempleo y signos crecientes de rebelión popular y hasta ayer socia de los Estados Unidos en el centro hoy descentrado y que lo siguió en el belicismo quebrado, pero que hoy no tiene dónde ni cómo seguirlo, pues en materia de política internacional, la dirigencia política de aquél país sólo tiene desconcierto y oscilaciones.
En un nivel de importancia económica y militar parecido siguen Rusia y la India, que sumados a los cinco antes considerados, suman un total de siete, que ya por sí mismos configuran un mundo acusadamente multipolar, situación que a su vez pone en condiciones de mayor independencia a casi todo el resto de los países.
Aunque no quede ninguna perdurabilidad en los mitos de la etapa llamada neo-liberal, que suponía eterna la hegemonía estadounidense y la duración del capitalismo, todavía se esbozan creencias como la que dice que ahora el "centro" será china y para un mundo igualmente capitalista. ¿Alguien puede imaginar una sociedad estadounidense periférica y dependiente de Beijing? Sí, las alienaciones ideológicas son tozudas, al menos en la Argentina, que no es un país tropical donde "la cosecha de mujeres nunca se acaba", pero en cambio no se acaba la cosecha de alienados.
Claro está que entonces, para poder comenzar el análisis de la conformación del poder mundial de aquí en más, dejaremos fuera esa perspectiva, cuya descomposición aguda -y no sólo en el plano económico- la desecha para generar nuevas ideas. Dado que a pesar de ello, por puro reflejo de la situación anterior, en los medios masivos y la mayoría de los aparatos políticos se mostró asimismo como "pensamiento único", dejando en mero estado de latencia las ideas acusadas de estatizantes o socialistas, todavía no se ha generado un nuevo pensamiento desarrollado para afrontar la crisis.
Sin embargo y sintomáticamente, los medios masivos y los académicos han comenzado a hablar mucho de Keynes y más tímidamente a registrar mayores ventas de obras de Marx, mentando así el intervencionismo estatal y el socialismo.

Keynes y Marx, otra vez.

 Los pensamientos de estos autores tienen cada cual su eje histórico, vale decir,  también práctico. Ese eje, en Keynes procura la conservación del sistema existente, finalidad que remite a un presente filiado en el pasado; Marx busca demostrar que el sistema presente es caduco por contradicciones insolubles, las que terminarán abriendo paso a otra sociedad, futura y mejor, socialista.
 Es casi obvio que cuando el Estado, a partir de la irrupción de la crisis, se ha visto obligado de hecho y más allá de toda doctrina o teoría a intervenir en los mercados para evitar desastres mayores, se recuerde a Keynes, quien postulaba eso como necesario y se lo recuerde con cierto sentido de culpa, ya que tal receta no se la aplicó antes de la crisis, sino todo lo contrario, se acentuó la creencia de que eso era inconveniente y la idea de que los mercados se regulan y corrigen solos. Hoy muchos que, aún con un pensamiento en tal sentido no tan extremo, se dejaron llevar por esa oleada, echan la culpa a los economistas adoratrices del mercado y no al funcionamiento irrestricto de ellos, de lo que acaba de ocurrir. En verdad, es tarde y algo de eso ha pasado antes en alguna medida con ese intervencionismo reformista. Así que no es de extrañar que se haya generado más teoría ni algún plan.
 Por otra parte, los países que han resignado construir relaciones socialistas plenas, sin intervención importante de la propiedad privada, aún habiéndola promovido y en combinación con la propiedad y una importante participación del Estado, en cambio parecen en mejores condiciones de capear la crisis, aunque no la puedan evitar y podría decirse que han desembocado en un cierto keynesianismo, sin quererlo y tal vez aún sin saberlo, cuya durabilidad o transitoriedad está por verse.
 Por su parte, Marx decía en el siglo XIX que ante la magnitud de la tarea histórica que le correspondía, es decir, cambiar al capitalismo por el socialismo mediante una transformación en toda la línea, el proletariado se asustaba y retrocedía en su empuje revolucionario, o sea que, al revés, tal vez era demasiado pronto.
A pesar de eso, él y Engels y luego mucho de sus seguidores tuvieron expectativas que se iban a revelar de demasiado corto plazo, lo que es humanamente explicable en su sentimiento e históricamente explicable en el carácter, más que nuevo, flamante del proletariado como clase y del socialismo como ideología.
Los descubrimientos sobre la sociedad y la historia de Marx, que se centraron en un colosal estudio del capitalismo, pero no se limitan a él, son, como afirmó Engels en las Tesis sobre Feuerbach, "una nueva visión del mundo", lo que amerita considerar, como parte de aquel estudio sobre el capitalismo, su teoría de la crisis.
Expuesta esquemáticamente, la teoría de la crisis capitalista dice que la inversión de capital se inclina crecientemente a aumentar la proporción del capital constante sobre el total del desembolso y correlativamente, a disminuir la del capital variable. Llama Marx capital constante a aquella inversión que en el proceso de producción traslada sin variación al valor final de las mercancías su valor previo, o sea, las máquinas, en su amortización (o valor de reposición), las materias primas, inmuebles, etc. y variable al invertido en salarios, ya que como éstos no son pagados en su totalidad, sino que se les resta el plusvalor, acrecen a favor del capitalista el valor del producto final en esa medida: acrecer es obviamente variar.
Como la ganancia del capital se mide sobre la inversión total, disminuye en su proporción sobre éste si en ella aumenta la proporción del constante, ya que éste no acrece valor, y diminuye la del variable, que es la fuente única de plusvalía.
Al ocurrir esto, hay una permanente baja tendencial de la tasa de ganancia (o sea, su proporción del desembolso global), lo que desalienta la inversión en capital constante (con sus mejoras tecnológicas que al producir más barato harían bajar más todavía la tasa), deriva hacia ramas distintas, la compra de empresas más chicas con menor proporción de capital constante, fuentes adicionales de ganancias (como diversas formas de corrupción e ilegalidades) y finalmente un crecimiento exponencial del crédito y las ganancias ficticias basadas en papeles especulativos sin respaldo en la producción real, lo que en los números parece sin límites y eleva la creencia en que el dinero y los papeles producen más dinero, hasta que tal burbuja estalla.
El esquema es enteramente racional, una hipótesis teórica brillante que, sin embargo, en cuanto a su comprobación empírica fuera de la crisis misma es extremadamente difícil y para un partido fuera del poder del Estado que en tal carácter,  es que tendría interés en probar la teoría, es virtualmente imposible.
Esto deriva de que en esta teoría el valor juega el papel de una esencia del funcionamiento del capital, su composición orgánica en constante y variable y la consiguiente tasa decreciente de la ganancia, que no tiene correlato alguno en los precios observables de los mercados, sino sólo como una especie de eje medio alrededor del cual oscilan, como apariencia, los precios reales y comprobables en tablas y estadísticas. Es más, las desviaciones oscilantes son dos y no una sola: la que separa los precios de mercado de los precios de producción, derivando valor de la industria ligera y los mercados de consumo hacia la industria que produce medios de producción. O sea que, en una primera instancia, se aminora el descenso de la tasa de ganancia de la industria que tiene mayor capital constante, pues si no la inversión también se detendría.
Pero a la larga esto no detendrá su predominio, su concentración invadiendo las otras industrias y demás aspectos del mecanismo de la crisis indicado más arriba como causa del ciclo y su crisis. Para probar este movimiento a partir de los precios de mercado y conociendo también las matrices completas del gasto en las empresas en capital constante, tiempos de amortización, oscilación de los precios de las materia primas según oferta y demanda, las variaciones de los mercados internos y externos en cada nación o unión aduanera y las conversiones consiguientes a valor puro, cabría una demostración empírica acabada.
Para lograrlo habría que tener una ingerencia imposible en las empresas, la Bolsas, las Aduanas, la administración pública en general, miríadas de estudiosos y de empleados recabando información y haciendo cálculos, en definitiva, tener el poder y, en verdad, si se lo tuviera ¿habría tanto interés en hacer todo eso, o con las necesidades de la planificación socialista de la sociedad, habría otras prioridades?
Por eso hemos dicho que no hay manera de probar la teoría empíricamente, salvo la crisis misma, cuyo auge financiero y quebranto relativamente rápido, más su regularidad cíclica y las incontables penurias, rebeliones sociales, destrucción de fuerzas productivas y otros males graves, les parecían suficiente cultivo y educación a Engels y Kautsky para considerar cerca el fin del capitalismo, en un plazo no demasiado lejano.
Pero esa época ya se acabó, una época en que el mercado mundial tenía como elemento dinámico unas pocas naciones capitalistas europeas, que no contaban aún con las crecientes alteraciones proteccionistas que tomarían los nuevos aspirantes al reparto del mundo y las peores crecientes tensiones bélicas que enfrentarían a todos, con gastos militares hasta entonces impensables, por lo que de ahí en más, en períodos más largos de la historia, el esquema, aunque siguiera operando, no podría dejar de tener en cuenta el cada vez más relevante papel económico del Estado.

Grandes crisis, grandes guerras, Estado de Bienestar, créditos políticos.

 En realidad, Marx nunca dijo otra cosa que la ley de tendencia decreciente de la ganancia del capital fuera otra cosa que una ley de tendencia, que en la sociedad real podía encontrar otras clases de tendencias contrarrestantes, por lo que su extensión a ocupar la entera dinámica de la sociedad, como ocurrió con las del corto plazo centradas en Europa en la segunda mitad del siglo XIX, ocurriría sólo en ausencia de éstas.
 Aunque ocasionalmente, Marx había visto que una tendencia contrarrestante muy poderosa podía ser la guerra, una actividad, dijo, equivalente a arrojar al mar enormes cantidades de valor, lo que no sólo detienen el aumento de la proporción del constante en el desembolso total, sino que destruyeron, a partir de las grandes guerras del siglo XX masas enormes de población, producción agrícola, barcos, ciudades y otras cantidades de recursos inimaginables, que luego permiten restablecer la rueda.
 Como la primera guerra mundial trajo también el cambio del eje de los acreedores financieros de Europa a los Estados Unidos, cuando la rueda se reinició, estalló en Wall Street en 1929.
 Después de la Segunda guerra, un horror inimaginable a partir de ser mucho peor que la primera y con ese costo (no de ellos, sino de la carne de cañón y las poblaciones civiles) los dirigentes de las burguesías concedieron la razón a Keynes y no le pusieron el pie encima a Alemania o a Japón, sino que les dieron créditos para restaurar su capitalismo, para evitar que un nuevo Tratado de Versailles restituyera, otra vez, las condiciones para una tercera guerra mundial. Pero no fue que, en general, se dispusieran a un orden económico mundial más equilibrado para todos, sino sólo no repetir el error anterior.
 El curso siguiente hasta esta segunda crisis mundial es más complejo que el período de entreguerras y en medio del cual se produjo la primera gran crisis. Aunque no podemos repetirlo en este resumen, consideramos que hay muchos elementos en las fichas sobre el cambio de época y que explican finalmente porque la mecánica de la tendencia decreciente de las ganancias del capital, moderada esta vez de un modo más agudo tanto por el gasto militar y mucho más por el propio endeudamiento público de los Estados Unidos ha, sin embargo, vuelto a operar a principios de este siglo. Ésta es la modesta hipótesis que hemos enunciado al principio de este texto.

 

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