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22 Noviembre 2009

Un cambio de época

José Gabriel Vazeilles  (Buenos Aires, Argentina)

 El recién electo presidente de Ecuador, Rafael Correa dijo "no estamos hoy ante una época de cambios, sino ante un cambio de época". Una época de cambios sería una coyuntura con ajustes que darían paso a una configuración distinta, sin alterar las bases del "mundo" anterior. Un cambio de época apunta que las bases mismas del mundo quedarán patas arriba,  mucho más que el paso a un equilibrio ligeramente distinto.
¿Tiene razón el presidente Correa? Su misma elección es una novedad impensable poco atrás,  el anuncio de que se van a levantar bases militares estadounidenses en Ecuador también es estridente y si tomamos en cuenta, en las cercanías de Ecuador, el fracaso del "Plan Colombia" orquestado desde EE.UU.y la transformación "bolivariana" de Venezuela, vemos que Correa no precisó una reflexión trabajosa para concluir eso.
El hecho mismo de que sea difícil contestar afirmativamente a la pregunta acerca de si tiene razón o no, debido a la incertidumbre del curso actual del mundo, a poco que se reflexionen históricamente los acontecimientos, indica que, al menos, no se trata de un juicio descabellado.
Dadas las dificultades objetivas, que provienen de un proceso acelerado de cambios, vale la pena dejar claro en que momento he comenzado este escrito y cuales son las elaboraciones previas que me indujeron a prestar atención relevante a los dichos de Rafael Correa, a pesar de que, desde el punto de vista de las expectativas, mi país, la Argentina, se encuentra en una situación inversa a la de Ecuador.
Una situación inversa, porque hace de cinco años para seis, al fin del 2001 y durante el 2002, hubo una crisis económica y financiera profunda, seguida de la caída del jefe de Estado y su poderoso ministro de Economía, con una gran conmoción social que alimentaba el desprestigio de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, todo lo cual alentaba la expectativa de que los cambios continuarían. Pero como después de un cambio de rumbo de pocos grados, cuyo eje importante fue tan solo una inversión de la política cambiaria, las cosas volvieron a cierta estabilidad, esa sensación se disipó.
Es más, aunque sea paradójico, el reflujo de los males que castigaban a las mayorías populares, desde la pobreza y la marginalidad hasta las graves falencias en salud y educación, el crecimiento de la delincuencia y la drogadicción, más la impunidad de los corruptos, indujeron el reflorecimiento de que se trata de maldiciones bíblicas imposibles de evitar, un fondo secularmente inculcado y que, bajo formas más sutiles, reviven cotidianamente los medios masivos de comunicación.
Así, la rebelión del 2001/2002 es vista como un nuevo mal agregado a las políticas que nos llevaron a esa eclosión, pues "la violencia es en sí misma mala venga de donde venga" y vista así perdió todo el aroma de la esperanza en cambios favorables y la canción alegre de un auténtico protagonismo popular.
Sin renegar entonces de aquellos perfumes y canciones alegres ni, en mi caso, de la crítica a las ilusiones exageradas que provocaron tales licores, creyendo que estábamos en la antesala de una revolución, conviene reclamar de nuevo por los fueros de la reflexión histórica.
Que el presidente ecuatoriano no la necesitara, no quiere decir que no la hiciera, pero por lo dicho me parece claro que nosotros sí la necesitamos.
El empirismo "realista" de pegarse a lo inmediato sirve cabalmente a los sectores dominantes y sus posturas conservadoras, como elemento afirmador de sus privilegios, obscureciendo las fisuras que podrían alentar las posturas rebeldes y tendientes a la transformación social.
En este último caso, en cambio, lo que hace, tras una especie de triunfalismo tonto y "profesional", es hacer oscilar el ánimo de un falso optimismo a un falso pesimismo, lo que suele terminar en la dilución de la identidad y el bajar los brazos o mantenerlos activos tras un voluntarismo poco racional, cuya vecindad con la fe religiosa, tarde o temprano, cobrará su precio.
Hay una cuestión metodológica general, pero que conviene reconocer como tal para uno mismo como enunciador y es la necesidad de incluir toda esta constelación de niveles en el análisis, es decir, los protagonistas y observadores, con sus expectativas variables, junto con los procesos y los hechos cambiantes que van produciendo.
Esto constituye un modo vivo de reconocer la validez de la categoría de totalidad para la ciencia histórica, la unidad de la historia como proceso real y como ciencia. Y si esto tiene un valor permanente, la previsión de que habrá continuos e incesantes cambios en los hechos, vuelve acuciosa la necesidad de esa inclusión.
Estoy redactando este escrito a fines del verano austral del 2007, cuando nuevos acontecimientos bursátiles negativos, pronósticos pesimistas del ex titular del Tesoro de EE.UU., Allan Greenspan anunciando una recesión para fines de este año en su país, han puesto de relieve otra vez el quebranto profundo de la anterior hegemonía norteamericana.
Debe anotarse que Greenspan ha sido históricamente un optimista profesional, como es propio de sus funciones y agregarse la evidencia del pantano irreversible de la invasión a Irak, el insólito tono  conciliador de George W. Bush durante su mendicante periplo por América Latina, que no han evitado sonoros repudios populares,

Principios de siglo.
 
Al correr el nuevo siglo intensifiqué las investigaciones y elaboraciones sobre la hipótesis de un fin definitivo de la etapa denominada vulgarmente "globalización". Me sentía impulsado a ello sobre la base de que en los años '90 del siglo pasado había venido insistiendo en la irracionalidad, debilidad y seguro final traumático del "modelo" local de la "globalización", fácil de advertir por la perversidad de presentar crecimientos conjuntos y exponenciales del déficit fiscal y el del comercio y los pagos externos.
 Como al iniciarse el siglo XXI, en efecto se asistió a su quiebra y a la vez se volvía evidente que en la economía de los Estados Unidos funcionaban paralelos mecanismos, resultaba lógico prestar atención a la posibilidad de desenlaces grandes y preguntarse si no estábamos ya en la segunda Gran Crisis del capitalismo.
Nadie podía negar la crisis, no sólo por su brote argentino, sino también por los ocurridos en México, el sudeste asiático, Japón o Rusia, pero a la vez tampoco ninguno de tales brotes fue seguido por un decaimiento mundial de la actividad económica y el comercio mundial, como había ocurrido en 1929.
En 1929, el falso y desaforado optimismo del capital financiero llegó hasta las vísperas de octubre de ese año, con elogios sobre que los Estados Unidos "habían encontrado la receta de la prosperidad eterna", optimismo quebrado tan súbitamente como la quiebra de la Bolsa de Wall Street.
Ahora la desaforada visión del "fin de la historia", de la eterna hegemonía de los EE.UU., sólo amainó con las quiebras parciales mencionadas y los fracasos crecientes  de su belicismo imperial, abriendo, en el poder, opiniones parciales pero no unánimes de que habría un cambio profundo y no sólo instrumental.
Sin embargo, en los sectores populares perjudicados gravemente en sus intereses y condiciones de vida por la política neo-liberal cuyas dificultades detenían su triunfalismo, parecía costar más la comprensión de la efectividad del cambio.
Ya hemos referido las razones que hay para ello en el caso argentino y no es descabellado suponer que en nuestros vecinos Brasil y Uruguay, lo que ha operado en tal sentido es la gran decepción por la traición de sus dirigentes llegados al gobierno. Hoy vemos fotos de abrazos con Bush de Lula y Tabaré y de los insultos en las calles por parte de militantes de los mismos partidos políticos de esos presidentes.
A riesgo de pecar de psicologismo, cabría anotar un sesgo esquizofrénico en la actual política sudamericana y no está exenta la Argentina, pues se abraza Kirchner con Chávez mientras hace gala del símbolo de tocar la gran campana de Wall Street (otra que símbolo "de campanillas"), dualidades que aparecieron asimismo en el acto ni oficial ni prohibido en un estadio de Buenos Aires, con corrimiento un grado a la izquierda pero con objetivos electorales más bien oficialistas.
Vale volver entonces a las razones de la confusión argentina, que nos toca de cerca y narrar algunas de las respuestas y elaboraciones que he intentado frente a ella.

Balance al 2004.
 
A la luz del "caso" argentino y los paralelos de su situación previa con la de EE.UU. en el cambio de siglo, mantuve muchas discusiones, sosteniendo que no valía la pena condenar políticamente al ALCA, pues la situación de los EE.UU. quitaba toda energía auténtica y persistente a sus intenciones de imponerlo a los países de América Latina. En más de una ocasión, no obstante, no me opuse a declaraciones en contra, pues lo que abunda no daña, pero decidí intensificar el debate de mis razones, pues me parecía confusionista seguir creyendo en un poder casi omnímodo de EE.UU.
Es verdad que la actitud belicista más que arrogante del gobierno de Bush, muy amplificada por los medios masivos de difusión, no contribuía a dar credibilidad a mis argumentos. Por eso yo agregaba que el texano blandía una vaina de cuchillo sin acero dentro, que en el mejor de los casos hacía que Rusia y China acrecieran sus gastos militares y que, pensando bien, se ratificaba por haber elegido como enemigo efectivo al régimen desprestigiado de Saddam Hussein.
Entonces fue que me pareció necesario argumentar en regla los datos numéricos de la crisis económica de los EE.UU., cuya magnitud gigantesca argumenta con fuerza la conclusión de que nos encontramos ante la segunda gran crisis, en un texto que, para una publicación alternativa, tuvo buena difusión que tengo guardado en memoria electrónica bajo el título de archivo "crisis de EE.UU. al 2004".
 Desde luego, la cabeza de la argumentación estaba en el colosal y creciente déficit del fisco estadounidense y así decíamos:
 A mediados de octubre de 2004, al justificar la postergación de sus pagos a una caja jubilatoria, el gobierno norteamericano expresó como fundamento que el endeudamiento público ha superado el techo permitido legalmente, al alcanzar el 67% del PBI, es decir, u$s 7,4 billones sobre un PBI de 11 billones.
 En la misma nota informativa, se señala el empinado crecimiento de esa deuda, que superó el nivel del billón de dólares en 1981 (bajo la presidencia de Ronald Reagan), multiplicándose 7,4 veces hasta hoy, impulsada conjuntamente por abultados y crecientes déficits conjuntos del comercio exterior y del presupuesto nacional. Ello es lo que, dijimos, asemeja el proceso a lo ocurrido en la Argentina, con el default de la primavera (austral) del 2001, por lo que ya son legión los comentaristas que han afirmado que los Estados Unidos deben mirarse en el espejo de la Argentina.
No debe olvidarse que en las dos décadas 1981-2001, en lugar de hacer advertencias, los comentarios se hacían lenguas de la fuerza de la "globalización" y además de ese crecimiento exponencial de la deuda, el Secretario del Tesoro Greenspan los impulsaba aumentando las tasas de interés de sus bonos para atraer compradores, que superaron el 7% anual, lo que no impedía que el Nóbel de Economía Paul Samuelson hiciera pronósticos optimistas diciendo que los EE.UU. eran "la locomotora de la economía mundial", sin en ningún momento sospechar de que en ese tren de marcha podría presentarse algún descarrilamiento.

El derrumbe es lento, pero se ratifica y no cesa.

 A pesar de la contundencia de los datos recientemente transcriptos, tal vez el texto en general contiene el defecto de inducir la idea de un desenlace final próximo de la crisis, que vemos dos años después no ha ocurrido.
 El trasfondo del defecto se apoya en el razonamiento de que si bien es verdad que esta segunda crisis mundial es distinta que la primera, sin evaporación súbita del capital financiero ficticio, sino a través de "episodios" interrumpidos por vueltas a la calma, finalmente el globo financiero deberá desinflarse y acercar la proporción del crédito y las deudas a la producción de bienes y servicios.
 Pero el razonamiento no obvia el defecto, sospechoso por otro lado de provenir también en parte de una "expresión de deseos". No tengo inconveniente en confesar que no estoy exento de tal posibilidad, pues no veo friamente a los Bush, los Rumsfeld, los Rockefeller y Compañía, sino con odio. Debo agregar que aún consiguiendo suspender ese sentimiento para no deformar el reconocimiento de los hechos y el razonamiento, como pertenezco a un campo social y político donde existen esas expresiones de deseos y esos sentimientos, la cuestión no puede eludirse por el autocontrol personal.
 Claro que a la vez, el reconocimiento de la realidad en el orden político y militar podía encontrar, todo este tiempo, compensaciones grandes, pues en los cuatro puntos cardinales de nuestro globo se verifican retrocesos y derrotas del imperialismo estadounidense, lo que a su vez se traduce en un debilitamiento interno de la facción ultraconservadora de Bush, haciendo crecer en su piel de águilas (presuntas) blancas plumas de palomas y emisión de dulces arrullos en sus picos.
 Desde luego, ni aunque Bush reconociera haberse equivocado, como oblicuamente y sin -tampoco- sinceridad han hecho Fukuyama y Friedmann, nadie le creería, pero su falsa evolución, que revela la profundidad de la crisis, no debe llevar a pensar, por eso mismo, que con su solo desplazamiento del gobierno la situación del mundo y de su país van a encontrar un cauce mejor.
 Es verdad que hasta ahora no hubo desenlace final de la crisis, pero los retrocesos de las posiciones del imperialismo estadounidense, que no se limitan a las posturas de Bush, aunque su belicismo agresivo e irresponsable, como toda huida hacia delante, es lo primero que se quiebra como consecuencia de las imposibilidades económicas que atan las manos al gobierno.
 Así que, ante todo, repasemos la economía en cuanto a su curso posterior al 2004, la antigüedad y el fatalismo de los mecanismos que indican el camino a un inevitable quebranto y algunas novedades últimas ya citadas.
 Dos años después del balance al 2004, en febrero del 2006, nos enteramos que:
 ...la demanda de bienes extranjeros, fundamentalmente chinos, nunca antres había alcanzado los niveles actuales. Si a eso se le suman los altos precios del petróleo, se comprende bien porqué en el 2005 el déficit comercial estadounidense superó un nuevo record al llegar a 725.800 millones de dólares (...) se trata del cuarto año consecutivo que el déficit comercial del país supera marcas anteriores en lo que configura una tendencia muy difícil de ser revertida. En el 2004, el récord fue de 617.600 millones de dólares. El aumento de un año respecto al anterior fue del 17,5% (...)Estados Unidos tiene un rojo comercial prácticamente con todas las regiones del mundo...
 En nuestra nota anterior sobre el balance al 2004 habíamos introducido una hipótesis de inversión del déficit exterior estadounidense, mostrando que era muy difícil revertir la situación cercana al default. Esta novedad de que ha ocurrido lo inverso al año siguiente, nos obvia seguir argumentando al respecto. Tampoco varió el aspecto principal de la cuestión, pues la notera pidió una explicación al economista Moisés Naim del Carnegie Endowement for Peace, quien dijo:
 El mundo está hoy básicamente estructurado alrededor de un arreglo mediante el cual los norteamericanos no ahorran y compran productos de consumo chinos mientras que los chinos ahorran muchísimo y compran papeles del Tesoro norteamericano lo que permite a Estados Unidos financiar su déficit...
 En consonancia, en un reportaje en julio del 2005, Paul Volcker, el antecesor de Greenspan al frente de la Reserva Federal ya dijo que la situación no podía durar y explicó que tampoco se hacía nada para corregir la situación:
 Nosotros aquí necesitamos 2000 millones de dólares al día para seguir manteniendo la máquina económica en funcionamiento (...) Estamos consumiendo e invirtiendo como locos. Un 6 por ciento más de lo que producimos. Esa es la cifra de nuestro déficit por cuenta corriente en términos de Producto Bruto Interno (PBI). Somos como los patinadores sobre hielo. Sólo que es un hielo cada vez más delgado.
 Según Volcker, esa desidia para afrontar una situación que venía incubándose desde la década de los '80 del siglo XX, ha acompañado todo su transcurso, incluido él mismo en la responsabilidad que le tocó:
...Recuerdo a mi predecesor en la Reserva Federal haciendo alguna advertencia sobre los riesgos. Pero nadie quería escuchar. Yo mismo tenía cierto temor a decir alguna cosa porque me parecía que podía desencadenar la crisis. Hicimos algunos esfuerzos para ralentizar los flujos, pero ninguna gran cosa. Ahora, todos los que están implicados en la gestión de la economía están bastante contentos con las cosas como están. De modo que el problema es que no hay ninguna acción... 
 En otras palabras, hace más de dos décadas que juegan en el bosque y hoy todavía, aunque el propio Greenspan parece ahora haber visto la ominosa figura del lobo, con advertencias semejantes a las de Volcker.
 Los hechos recientes que hemos mencionado al principio, reveladores de que la crisis económica perdura, son el "reconocimiento" de Greenspan de que hacia fin de año va a ocurrir una recesión en los EE.UU. Habida cuenta todo lo que hemos mencionado, aparece como un pronóstico moderado, tanto en el plazo como en el mismo diagnóstico. Antes que él, Paul Krugman, habitualmente más audaz, se moderó al modo de decir que no sabe si va a haber crisis, pero que si la hay va a ser grave.
 Otro comentarista considera inexplicable que una bolsa tan chica como la de Shanghai, que representa sólo el 5% de las cotizaciones mundiales de papeles, haya desatado un "martes negro", pero parece que no ha prestado entonces atención a la explicación volcada más arriba por el economista Moisés Naim de que el mundo está estructurado entre una economía estadounidense cada vez más deudora de China y una China cada vez más acreedora, de Estados Unidos, claro está.

Más allá de las bolsas: ¿otra época?

 Naim, con el mundo quiere decir su propio mundo, es decir, que esa estructura país acreedor-país deudor es la clave maestra de de la circulación y acumulación del gran capital, la que arrastra al conjunto de los diversos consumos, créditos, inversiones, producción de bienes y servicios y su comercio, que en su conjunto conforman el sistema capitalista mundial. 
 Y a partir de tales dichos es fácil advertir dos grandes circunstancias completamente nuevas: 1) nunca en la historia del capitalismo hubo un deudor de la magnitud que ostentan hoy los Estados Unidos; 2) nunca esa deuda cayó del costado de los países ricos, centrales e imperialistas, costado al que Estados Unidos ha pertenecido clásicamente, sino de los países pobres y dependientes.
 Si alguien dice que no es una novedad, sino que sólo hay una inversión de papeles, que ahora China es el costado imperial y rico y Estados Unidos el pobre y dependiente, es probable que otro alguien le recomiende un psicoterapeuta.
 En efecto, la situación emergente es una novedad de gran magnitud, porque a pesar de ello Estados Unidos es y seguirá siendo un país con un alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, por más que haya sufrido un proceso de desindustrialización agudo y aunque siga subsidiando fuertemente su agricultura, como siempre.
 Pero es que no es una novedad sólo por eso, sino también porque la posibilidad de una acumulación de capital acelerada como la de China no es exclusiva, sino que caracteriza también a otras economías asiáticas, antes la parte poblacional más densa del denominado "tercer mundo":
 En la India, muchos están descubriendo que es mejor ser un país de compradores que un país de "comprados".
 Hubo desbordes de alegría en febrero cuando el conglomerado industrial Tata Group, ganó la pulseada por la adquisición de la siderúrgica anglo-holandesa Coros con una oferta de 11.300 millones de dólares, la mayor compra hecha por una empresa india en la historia.
 Según la investigadora de mercado Dealogic, una elite del país se está intoxicando con la fantasía de que algún día la India será dueña del mundo, motivada por el hecho de que el valor de las ofertas de las empresas indias en el exterior aumentó de 1.000 millones de dólares en 2000 a 21.000 en 2006. (...) "Por un tiempo nos eclipsaron: fuimos conquistados y vivimos bajo la dominación extranjera durante siglos, y éste es un final que nos merecemos, necesitábamos algún tipo de reparación", señala Raúl Kansas, director de marca de The Times of India, un diario en inglés que vivió la euforia compradora. (...) "Está surgiendo una nueva India, dinámica y pujante", afirma el actor de cine indio Amitabh Bachchan en un comercial de televisión para el diario The Times of  India. Una India cuya fe en el éxito es mucho más grande que su temor al fracaso. Una India que ya no restringe la entrada de los productos extranjeros sino que, por el contrario, compra a las empresas que los fabrican."
 No obstante, la misma nota que acabamos de citar, dice que otros observadores ven en esa euforia compradora un motivo de inquietud, recordando que algunas empresas japonesas que también efectuaron adquisiciones de magnitud en los ‘80, terminaron entrampadas en pérdidas y personal desperdigado en el mundo.
 Pero tanto la euforia, el nacionalismo, la posibilidad de quebrar son las generales de la ley de la burguesía en todos lados. La novedad es que ahora se trate de la burguesía india.
 Sobre la cuestión y respecto de las relaciones imperiales y capitalistas de antaño entre Gran Bretaña y la India, vale citar aquí el siguiente texto:
 ¿Cómo influye la colocación del sector I en la metrópoli y en el país colonial? Elijo aquí como ejemplo una exportación que estuvo simultáneamente acompañada de expansión de capital. La industria inglesa exporta hacia la India todos los materiales que son necesarios para la construcción del ferrocarril. El gobierno inglés establece al mismo tiempo que la India tiene que tomar un empréstito, bajo condiciones no precisamente benignas, lo suficientemente grande como para que la industria inglesa tenga en la exportación de materiales para la construcción del ferrocarril una tasa de ganancia excedente, lo suficientemente grande como para que la India no lo pueda pagar en un tiempo no lejano, lo suficientemente grande como para que los impuestos en la India se puedan aumentar debidamente. Las consecuencias sobre Inglaterra son unívocas. Ya la hemos descrito repetidas veces: la industria inglesa del sector I no sólo se independiza, en la legalidad de su acumulación, de las relaciones con el sector II en Inglaterra, sino que, por conexión de la exportación de mercancías y la expansión de capital, se hace también independiente del grado alcanzado hasta ese momento por el desarrollo capitalista en el país colonial. La expansión de capital le proporciona ahora la posibilidad de contar de antemano con el desarrollo posterior, y si la dominación política sigue siendo suficientemente fuerte, los resultados son para Inglaterra brillantes.
 Cabe anotar, en cuanto al dominio colonial, que Gran Bretaña logró resultados exactamente iguales y brillantes en países sobre los que ejercía un dominio neo-colonial (y control ferroviario), como conocemos bien para el caso argentino. Pero la cuestión no reside allí, sino en el hecho de que la brillante descripción y elaboración teórica de Sternberg pertenece sin ninguna duda a otra época del imperialismo y resultaría hoy del todo inaplicable. Aún en textos actuales que no son muy profundos, sobre todo porque no tratan en profundidad la cuestión del brutal endeudamiento estadounidense, este hecho está reconocido bajo la adopción de la nueva terminología del "mix neoliberal imperialista".
 De todos modos, cabe hacer notar que se trata de la etapa del capitalismo y el imperialismo inmediatamente anterior a la que parece abrirse con su probable quiebra y que en la previsión del presidente de Ecuador sería otra época. Asimismo cabe recordar la pertenencia del análisis de Sternberg a una etapa muy alejada y que incluye los aportes de Bauer, Hilferding, Luxemburgo, Lenin, Grossman y otros brillantes autores de aquellos años. Pero hubo también, al calor de las nuevas revoluciones de la segunda posguerra, el proceso de descolonización y las luchas de liberación otro debate global sobre el sistema, las luchas nacionales y de clases, cuya breve consideración muestra también que refiere a otro tiempo del mundo, con sus análisis que en muchos casos incluyeron el debate anterior.
Cabe recordar que hubo un momento clave, no sólo de esos debates, sino también de las intenciones de unificar las luchas políticas contra el imperialismo y fue el de la Conferencia Tricontinental celebrada en La Habana en enero de 1966, luego de lo cual diversos avatares hicieron perder fuerza a esa cresta de la ola.
Un autor que mereció justa repercusión en aquel momento fue el francés Pierre Jalée, quien luego de lograrla con un libro llamado Le pillage du tiers monde, escribió otro más amplio, de cuyo prólogo reproducimos la siguiente cita, que da bien cuenta de las diferencias con la etapa actual:
...fiel al título, no me limito ya al cotejo de la economía del tercer mundo con la de los países capitalistas evolucionados, sino que, cada vez que es posible, tomo en cuenta también la de los países socialistas.- Sé que es esquemático y arbitrario, hasta cierto punto, considerar la economía de los países del tercer mundo como una entidad global. Pero sé también que, en mayor medida, esto coincide con una realidad esencial, pues más allá de las diferencias de naturaleza y de nivel de sus fuerzas productivas, los países subdesarrollados de Asia, África y América Latina presentan en común el carácter fundamental de economías complementarias de las de los países capitalistas desarrollados. La realidad profunda y común a todos es, indudablemente, la explotación de que son objeto.  
 Por causa de la brevedad, me limitaré en este punto a esta cita, pero como en el caso del anterior debate, cabe recordar la participación de muchos autores brillantes en el campo del marxismo, como Charles Bettelheim, Samir Amin, el propio Ernesto Guevara y otros, como asimismo su continuación en las publicaciones de la organización tricontinental.
 
Hay otras expresiones nuevas...y pueden esperarse más.

 Nigeria ha aceptado una financiación de la banca china para la reconstrucción de su red ferroviaria, luego de haber negociado largamente con el Banco mundial (o sea con el capital financiero norteamericano), al cual le contestaron que ahora ya no tienen interés, ya que los chinos les ofrecieron tasas más bajas y menos exigencias.
 Los estadounidenses se alarman y se quejan de que el gobierno venezolano está proveyendo petróleo y en ventas financiadas a Cuba y dicen que la ayuda en tal sentido supera la que en su momento le prestaba la Unión Soviética al país caribeño. No obstante, Venezuela tiene fondos para proponer el Banco del Sur y financiar la reconversión de una empresa láctea argentina a punto de sucumbir ante las multinacionales del sector.
 Si este tipo de novedades jalonan un curso económico que igualmente debe contar en su horizonte los nubarrones negros de un posible crack norteamericano, una breve enumeración de lo que le sucede a la política, la diplomacia y las intervenciones militares estadounidenses en el mundo, no es menos espectacular: son los países del denominado "eje del mal", como Corea del Norte e Irán los que ponen condiciones para negociar con la potencia norteamericana, sus mandos militares ya prevén una retirada de Irak tan desdorosa y catastrófica como la de Vietnam.
 Desde luego, lo que vendrá no será simple ni fácil, aunque sea un avance importante que el imperialismo norteamericano pierda poder, e incluso que con ello, lo pierda también el "G 7" o el conjunto de los países ricos. En efecto, el estado del mundo en general y de los países pobres en particular es un punto de partida igualmente pobre y lleno de problemas muy difíciles.
 La cantidad de cuestiones teóricas, políticas, ideológicas y prácticas que deberemos afrontar, entre ellas, con urgencia, el mejoramiento de la situación ecológica del planeta, es muy grande. Lo peor que podría pasarnos es caer en un nuevo triunfalismo fácil, como el que afligió a los argentinos a partir del 2001-2002. Pero por eso mismo, aunque parezca paradójico, resulta necesario reconocer que el diagnóstico del presidente de Ecuador nos convoca a una redoblada reflexión.

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