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27 Febrero 2010

México: La política del oprimido y la experiencia zapatista

por Arturo Anguiano
Revista "Rebeldia"
Rebeldía. Año 8, número 68, 2009
http://revistarebeldia.org/?cat=81
redaccion@revistarebeldia.org

A Daniel Bensaïd, marxista, internacionalista, teórico y militante
de la resistencia y la emancipación de los oprimidos.

La crisis del Estado mexicano y su régimen político
autoritario no ha encontrado una solución de recambio.
La democracia oligarquizada con sus reglas
de exclusión y autoreproducción que ha puesto en
práctica, asegura la dominación de clase, pero no
logra suscitar el consenso social. Mantiene la crisis
de representación y legitimidad de las instituciones
estatales y del régimen político que tras su largo ocaso
no ha podido sino trasfigurar la República imaginaria
que nos impusieron durante décadas en una
República inacabada y oligarquizada, todavía ajena
a la democracia.
Las elecciones de 2000 y 2006 mostraron no sólo
el fracaso de la alternancia política como medio de
relegitimación y recomposición estatales, representaron
también la quiebra de las ilusiones democráticas,
lo que no necesariamente genera apatía y, en cambio,
puede conducir a la revuelta. La crisis de las instituciones
se agudizó con la degradación incontenible de
la política estatal y la perversión de los actores políticos
oficiales, esto es: los partidos, la clase política
ampliada que simboliza al régimen oligárquico aparentemente
en reconstitución.
Las contradicciones y conflictos sociales que
brotan y se tejen desde la sociedad, desde abajo, se
desarrollan, sin embargo, desde fuera de la pesadilla
de la política estatal. Se realizan en otra frecuencia,
aunque sean afectados por esa política (explotación,
despojo, opresión, criminalización, violencia) y generalmente
choquen con sus actores institucionales.

Pero sus lógicas son distintas, por lo que se conducen
por caminos diversos que, cuando se encuentran,
estallan.
Ha sido larga la búsqueda de opciones de participación
política de la sociedad que permitan recuperar
y rehabilitar el espacio público, confiscado por
el Estado y los partidos, para poner en práctica otra
política desde abajo, desde pueblos y comunidades,
desde los barrios y centros de trabajo. Esto es, una
política producto de -y acorde a- las necesidades y
acciones de la sociedad y sus ciudadanos concebidos
como diferentes (con múltiples identidades) y con
plenos derechos. Ha sido el caso de México al menos
desde 1968 y, muy especialmente, desde la rebelión
indígena del 1 de enero de 1994 y la irrupción del
Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en
la política nacional e internacional.
La Sexta Declaración de la Selva Lacandona de junio
de 2005 y La Otra Campaña zapatistas impulsaron
la construcción, en los hechos, de otra política distinta
a la estatal: una política alternativa, desde abajo y a
la izquierda, que posibilite la recuperación y transformación
del espacio público. Aunque arrancó durante la
larga campaña electoral por la renovación de la presidencia
en México, La Otra Campaña no se hizo contra
ella, sino que la trascendió con otra lógica, bajo los
principios de otra política distinta a la estatal, esto es:
autónomos y autogestivos, y desde una perspectiva de
largo plazo en busca de la construcción de una alternativa
político-social anticapitalista, emancipatoria.
Desde los años setenta, se realizaron en México
muchos intentos de conquistar las libertades políticas
y derechos sociales fundamentales confiscados por el
régimen priísta autoritario. Sindicatos, organizaciones
sociales, colectivos de todo tipo, medios independientes
-al inicio restringidos a la prensa escrita- fueron
invadiendo el excluyente espacio de la política,
mediante movilizaciones y luchas que construyeron
autonomías y resistencias muchas veces duraderas.
Las transfiguraciones del Estado y la política estatal,
el reconocimiento y conquista de derechos democráticos
fueron en gran medida resultados paradójicos de
aquellas movilizaciones político-sociales.
Algunos actores colectivos e individuales acabaron
por integrarse en la inacabada recomposición desde
arriba del régimen político excluyente, asimilándose
como personajes de la clase política entonces ampliada
y nutriendo instituciones estatales reformadas a medias.
El Partido de la Revolución Democrática (PRD)
es su máxima condensación.
Sin embargo, la lucha por la autonomía y por
plenos derechos, contra la exclusión y el régimen
opresivo y contra la explotación desmedida que ha
garantizado durante decenios, no ha dejado de reproducirse
mediante múltiples acciones reivindicativas
que concluyeron politizándose. A veces, también con
irrupciones ciudadanas como la de 1988 en torno a
la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas
o las de los primeros años del tercer milenio por los
ataques a Andrés Manuel López Obrador (desafuero
y fraude electoral), cuando cientos de miles de ciudadanos
en ciernes se movilizaron contra el abuso de
poder y la exclusión.
Lo mismo, desde otra perspectiva, con movilizaciones
sociales generadas por la irrupción del EZLN
desde 1994 o estallidos como el que dio origen a la
Alianza Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO),
en Oaxaca, apenas en 2006. La larga lucha por libertades
y derechos políticos y sociales en México ha sido
siempre, en el fondo, un combate por la autonomía de
los oprimidos frente al poder y sus representantes y
hacedores, un combate por la democracia verdadera.
Una de las aportaciones fundamentales del EZLN
a la reorganización y relanzamiento de la lucha social
y política, además de la persistencia y continuidad de
sus iniciativas, ha sido la brega por una política distinta
a la estatal en crisis, por otra política de los de
abajo, de los oprimidos.
Desde mi punto de vista, la otra política que se
procura desde abajo busca romper las jerarquías y supeditaciones
de la política estatal, las que a final de
cuentas generan conformidad y resignación, esto es:
parálisis, desmovilización. Es, de entrada, una política
de autoafirmación de los oprimidos que rechaza
suplantaciones, formas de representación fingidas que
disfrazan en la práctica la exclusión y la mercantilización
de relaciones sociales (y políticas) en extremo
desiguales. La política del oprimido es, en cambio,
una política que busca recuperar el sentido original
de lo político, entendido como el hacer y el decidir en
colectivo, por parte de la comunidad, sobre las cuestiones
de la vida colectiva1.
La política implica así a pueblos y comunidades
muy distintos, en territorios múltiples y diferenciados,
pero primero que nada requiere la intervención,
la participación. La política del oprimido involucra a
la sociedad, a la comunidad, no concibe al individuo
perdido en la abstracción anuladora del mercado, sino
desembocando en el torrente de lo colectivo, que no
puede ser sino concreto, específico, múltiple (social,
profesional, étnico, ecológico, etcétera), pero susceptible
de encontrar intereses y propósitos unificadores,
generales, universales, o sea, de carácter político.
En realidad, en el contexto del orden conservador,
social y políticamente degradado, acaparado por
una oligarquía estatal (la clase política) entreverada
y dependiente de la oligarquía financiera, solamente
los oprimidos, los de abajo, los discriminados y proscritos
-todos los excluidos- son quienes pueden (y
necesitan vitalmente) transformar lo político en un
sentido igualitario, sostenido en la resistencia y la acción
conjunta autónoma.
Es decir, hace falta desestatizar la política, separar
lo político del Estado y, aunque puede resultar
paradójico, hay que desprivatizarlo, desprofesionalizarlo,
en fin, en México nos urge igualmente descorporativizarlo;
desmantelarlo y reconstruir el poder
desde la sociedad. Rehacer el tejido social destruido
por el neoliberalismo es condición de la política del
oprimido. Expropiada, acaparada por la clase política,
por las elites estatales y los poderosos de quienes
se nutren y para quienes existen, la política necesita
ser regresada a la sociedad, volverla espacio y vida
de todos los ciudadanos, de las colectividades, de los
pueblos, es decir, fortaleciendo a los nuevos y viejos
actores de la sociedad (sobre todo pueblos, comunidades,
organizaciones sociales y civiles).
La política del oprimido significa la posibilidad
de la verdadera democracia, de una democracia radical,
autogestiva y emancipatoria, que incluso puede
inventar formas de representación inéditas. No
es una democracia excluyente, como la democracia
liberal con representaciones postizas, en que se sustenta
el capitalismo. Para alcanzarla, sin embargo,
se requiere vivir la política como resistencia en los
distintos espacios donde se encuentran y desarrollan
los oprimidos. Poner en práctica, a contracorriente,
los muy variados derechos individuales y colectivos,
menguados y secuestrados por la política institucional
prevaleciente.
A mi parecer, no hace falta buscar un nuevo sujeto
social transformador, distinto al que consideraba
históricamente la izquierda. De hecho, el concepto
del proletariado en Marx iba mucho más allá de los
obreros industriales. Si hoy hablo del oprimido pienso
en todos los explotados, sometidos, discriminados,
ultrajados, excluidos, proscritos, esto es: trabajadores,
campesinos, indígenas, mujeres, desempleados,
poblaciones colonizadas, minorías nacionales, migrantes,
todos los diferentes, los otros que somos los
que no somos los de arriba y su clase política. Todos
ellos, todos nosotros, necesitan, necesitamos, la política
para sobrevivir, para resistir, pero también para
salir de la opresión e impulsar proyectos libertarios
alternativos, opciones de emancipación.
La política del oprimido es, necesariamente, una
política anticapitalista y no puede sino enfrentar al
capitalismo -y al Estado capitalista, cualquiera que
sea su forma- más que oponiendo un proceso de resistencia
largo, múltiple, en todos los terrenos. Contra
lo que se nos ha querido hacer creer, la mundialización,
el neoliberalismo, la democracia procedimental
(o formal o burguesa o liberal o como se quiera
llamar) no son fatalidades, procesos ineluctables del
devenir histórico de la humanidad. Son estrategias
deliberadas del capital para reproducir su dominio lo
que, por supuesto, no significa que no se sostengan
en ciertas tendencias objetivas. La mundialización, la
economía, la democracia y, en general, los Estados
y los procesos políticos podrían, pueden organizarse,
impulsarse de otra manera, con otros ritmos, con
fines distintos a los de la ganancia y la reproducción
de la dominación de clase. Al menos es lo que piensa
parte del movimiento social y político que descansa
en la reforma del capitalismo. La lógica del oprimido
es otra, pero puede coincidir circunstancialmente en
algunos puntos y momentos.
Hoy, el EZLN aparece como el único actor político
(político-militar todavía) que plantea en México
la política en términos no estatales, es decir, en términos
de la política de la sociedad, de los de abajo
y que la piensa en los olvidados conceptos de estrategia
y de clase. Por esto, es el único proyecto de lucha
efectiva contra la mundialización neoliberal y el
orden conservador en crisis, no sólo en nuestro país,
sino en buena parte del planeta. Por eso su impacto
a nivel mundial, su influencia en las resistencias que
brotan y se despliegan un poco por todas partes. Su
consigna de construir "un mundo donde quepan muchos
mundos"2 se sostiene en su proyecto libertario,
donde la resistencia, la crítica, la rebeldía son condiciones
para la emancipación, es decir, para lograr
la libertad, la igualdad, la justicia y la democracia
sustentadas en la autonomía (territorial, social, política)
de los actores, en su autoorganización, en sus
prácticas sociales y políticas propias, en su autogestión
y autogobierno.
Al convocar, a través de la Sexta Declaración
de la Selva Lacandona, a todas las fuerzas políticas
y sociales identificadas con la izquierda para impulsar
La Otra Campaña en rechazo al orden capitalista
neoliberal, desató un proceso que llevó a casi toda la
Comandancia a recorrer todo el país, encontrar pueblos,
comunidades, colectivos, grupos e individuos
(excluidos, proscritos y algunos incluso olvidados,
ignorados) que seguramente fecundaron su experiencia
(de todos) y su visión de la nación.
Impulsaron así un proceso de recomposición y reorganización
desde abajo que fue recobrando o labrando
mayores y nuevos espacios públicos, donde se fue
abriendo cauce otra forma de hacer política, una política
diversa, incluyente, sostenida en la comunidad, en
los pueblos, en lo colectivo. Esto es: la política del oprimido,
mediante la cual los actores se van reconociendo
y madurando por medio de sus propias acciones y vivencias
colectivas. Con el encuentro y diálogo con los
otros también de abajo, en el intercambio de experiencias
y aspiraciones, de enojos y resistencias respecto a
la opresión, la explotación y el desprecio de los de arriba.
Una política de autoorganización, de exploración y
cimentación de caminos, de construcción de relaciones
solidarias entre iguales, de resistencia y lucha. Una política
de autoemancipación sostenida en los principios
de libertad, democracia, justicia e igualdad.
Asimismo, entre los aportes del EZLN para la
formulación y puesta en práctica de otra política acorde
a los intereses y perspectivas del oprimido destaca,
muy especialmente, la construcción del autogobierno
en el vasto territorio ocupado por las comunidades rebeldes
a través, primero -desde finales de 1994-, de
los Municipios Autónomos Zapatistas (Marez) y, luego,
con los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno3.
De la reorganización y autoorganización de las comunidades
regidas colectivamente con formas de autogobierno
local, esto es, municipales, se pasó a la
coordinación e integración de gobiernos regionales.
Todos los territorios zapatistas viven bajo principios
y reglas democráticos, colectivos e igualitarios,
ensayando formas de autogobierno que permiten la
autodeterminación de pueblos y comunidades. La
política se recupera así para la comunidad y se asume
como modo de vida, esto es, como la manera en
que los oprimidos se involucran y deciden en forma
colectiva sobre las cuestiones fundamentales que les
afectan e interesan vitalmente.
La autoorganización de los pueblos en comunidades,
en municipios autónomos, permitió nombrar colectivamente
a sus autoridades, así como la creación
de comisiones de trabajo para atender las diversas necesidades
y tareas, haciéndolo sobre la base de la votación
universal y la revocabilidad del mandato. Las
Juntas de Buen Gobierno integran representantes de
cada uno de los municipios autónomos involucrados
en la zona que comprende el Caracol al que pertenecen,
electos y revocables de la misma manera que garantizan
la representación de pueblos, comunidades y
su vinculación estrecha.
"Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece"
sintetiza el principio central que trastoca la relación
tradicional gobernantes-gobernados (en realidad dominantes-
dominados), suprimiendo jerarquías y supeditaciones
y garantizando el gobierno de todos. La revocabilidad
se complementa además con la limitación
de la duración del mandato que impone la rotación de
los funcionarios, quienes tampoco reciben los salarios
y prerrogativas característicos de la política estatal4.
Puede resultar curioso -dada la diferencia de
épocas y circunstancias-, pero existe una gran coincidencia
entre la manera como se articula y funciona
el autogobierno zapatista y las características que
destacó Marx de la Comuna de París de 1871, el primer
gobierno de los oprimidos, quienes se liberaron
al menos unas semanas en una ciudad5. Las expresiones
siempre originales de la lucha de los oprimidos,
reproducen en el fondo tendencias ancestrales que
acaban por revelar un carácter universal.
El autogobierno en las comunidades rebeldes de
Chiapas se sostiene en la propiedad colectiva de la
tierra (recuperada) y demás medios de producción, lo
que les ha permitido formas de producción, distribución
y apropiación colectiva de los frutos del trabajo.
Esto, empero, no significa que los zapatistas pretendan
desarrollar un sistema autárquico, completamente
aislado del resto del país y del mundo. Organizan más
bien sus propias relaciones con el mercado, incluso
internacional. Y los intercambios no son solamente
de mercancías, sino que se conectan a los flujos inmateriales
y culturales, desplegando en forma deliberada
relaciones de solidaridad e intercambios sociales,
políticos, comunicativos, siempre partiendo de bases
autónomas e igualitarias.
¿Nuevas relaciones sociales? ¿Qué tipo de relaciones?
Difícil responder en forma definitiva a esas
preguntas, pero lo que está claro es que la autoorganización,
autogestión y autogobierno que se ponen en
práctica en las comunidades zapatistas implican relaciones
igualitarias y de solidaridad, alejadas de la
lógica del intercambio mercantil y la subordinación
jerárquica. La democracia, la igualdad y la justicia
que se van construyendo ahí, sin duda, son distintas a
las prevalecientes en la mayoría del país.
No está claro hacia dónde pueden desembocar, lo
que por supuesto dependerá del contexto nacional y
global, pero es un proceso inédito (territorial, social,
cultural y político) que se hermana, sin embargo, con
otras muchas experiencias de autoorganización y autogobierno
de otras latitudes y épocas. Es un camino
firme y sugerente de construcción de otra política,
distinta a la política de las minorías que han copado
un Estado y un régimen político autoritarios y excluyentes,
que se afanan por mantener a flote una suerte
de democracia oligárquica al servicio del orden conservador
y el capitalismo neoliberal.
Es una situación de excepción la que se vive en
Chiapas, evidentemente provocada por la irrupción y
el hacer del EZLN y los pueblos indios zapatistas. Es
un autogobierno construido y defendido a contracorriente,
principalmente luego del golpe que representó
el rechazo de todos los poderes y actores estatales de
los Acuerdos de San Andrés sobre cultura y derechos
de los pueblos indios. Es un autogobierno sometido a
la persistente guerra de baja intensidad.
Imposible tratar de repetir la experiencia en otras
comunidades o regiones del país sin considerar condiciones
y trayectorias específicas. Pero sí debe quedar
claro que la política alternativa, así como la autogestión
y autogobierno que se forjan en las comunidades
zapatistas siguen caminos de resistencia ancestrales,
pero que igualmente brotan y se renuevan constantemente
por la intervención de núcleos muy diversos de
los oprimidos.
Otras condiciones, otros núcleos oprimidos, otras
experiencias y trayectorias de resistencia pueden suscitar
nuevas formas de autoorganización, autonomía
y autogobierno (local, regional, nacional) que proseguirán
socavando el capitalismo y su dominación neoliberal.
Por múltiples y muy diversos caminos pueden
rehabilitarse nuevos espacios en donde los pueblos
y comunidades, donde la sociedad, los oprimidos y
excluidos, experimenten otra forma de hacer política,
acorde a sus intereses, que potencie sus participaciones
colectivas e individuales, esto es la autoorganización,
movilización autónoma y autogobierno. Es así
como la política de los oprimidos, de los proscritos de
la política estatal, podrá convertirse en una estrategia
de liberación, de autoemancipación.

Notas:
1. Al igual que Daniel Bensaïd, considero "lo político, en
tanto forma de estar-juntos, de actuar-juntos, de pensar
juntos, inscrita esta existencia plural en las coordenadas de
espacio y de tiempos sociales que contribuye a producir.
En la medida en que implica una soberanía, supone cierto
dominio espacial de un territorio. En la medida en que
implica un poder de decisión, apunta hacia cierto control
temporal del futuro". (Le pari melancolique, Fayard, París,
1997, p. 84).
2. "Cuarta Declaración de la Selva Lacandona" (1 de enero
1996), EZLN, Documentos y comunicados, 3, Era, México,
1997, p. 89.
3. Véase por ejemplo Gloria Muñoz Ramírez, "Los caracoles:
reconstruyendo la nación", Rebeldía, México, n° 23,
septiembre 2004; Pablo González Casanova, "Los ‘caracoles'
zapatistas: redes de resistencia y autonomía", Memoria,
revista mensual de política y cultura, México, n° 177, noviembre
2003 y Sergio Rodríguez Lascano, "Caracoles zapatistas:
creación heroica", Contrahistorias. La otra mirada
de Clío, México, n° 8, marzo-agosto 2007.
4. Los tres encuentros de los pueblos zapatistas con los
pueblos del mundo realizados desde fines de 2006 en distintos
Caracoles son fuente fundamental de información
sobre la experiencia de autogobierno de las comunidades
rebeldes de Chiapas. Véase http://enlacezapatista.ezln.
org.mx. En el citado n° 8 de la revista Contrahistorias
se hace una buena presentación de las intervenciones de
miembros de las Juntas de Buen Gobierno en el primer
encuentro.
5. Vale la pena leer, desde la óptica de las experiencias actuales,
los distintos manifiestos que Karl Marx escribió a
nombre de la Asociación Internacional de los Trabajadores
en torno a la Comuna de París, publicados bajo el título
general de La guerra civil en Francia.

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