Argentina: Sobre las reservas morales
Por Oscar Taffetani
(APe).- 25/03/10
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Las panaderías argentinas de 1910 exhibían, junto a los frutos -amasados y horneados- de la dorada pampa cerealera, algunos condimentos ideológicos -y satíricos- agregados por los panaderos anarquistas. Así se conocieron las bolas de fraile y los sacramentos, las bombas, los cañones, los vigilantes... sabrosas facturas que los porteños de ayer (como los de hoy) consumían de mañana o de tarde, casi siempre acompañando el mate.
Cada noticia publicada por los diarios burgueses (es decir, por los grandes diarios) sobre hechos sucedidos o por suceder, hallaba de inmediato la réplica anarquista, zumbona y transgresora. Si, por ejemplo, se anunciaba la visita oficial de la Infanta Isabel de Borbón, Princesa de Asturias, a los fastos del Centenario, muy pronto se ponía a circular alguna letrilla antimonárquica -también llegada de España- a la calle: "La infanta Eulalia / se limpia el cu... / con una dalia. // La infanta Isabel / se limpia el cu... / con un clavel. // ¡Joderse con las infantas! / ¡Qué fea manera / de tratar las plantas!".
Es que los hábitos de higiene -ya que rozamos el tema- si eran improbables en residencias y palacios, eran sencillamente impracticables en los conventillos donde sobrevivían, hacinados y sin agua, cientos de miles de inmigrantes. La miseria de gran parte de la población urbana, expresada en datos como una mortalidad infantil del 34 por mil, mostraba la cara oscura del Centenario.
Guillermo Rawson, médico sanjuanino que instituyó la primera cátedra de Sanidad Pública en el país, escribió hacia 1890 una monografía sobre la situación de las casas de inquilinato en la ciudad de Buenos Aires, instando a las autoridades a proveer agua potable y elementales condiciones sanitarias, si no querían que esa muerte cotidiana del mundo de los pobres se extendiera, sin respetar rejas ni muros, al mundo de los ricos (más que un llamado a la solidaridad, podría decirse, lo de Rawson fue un alerta -desoído como tantos- a la clase gobernante).
"Acomodados holgadamente en nuestros domicilios -dice Rawson-, cuando vemos desfilar ante nosotros a los representantes de la escasez y la miseria, nos parece que cumplimos un deber moral y religioso ayudando a esos infelices con una limosna; y nuestra conciencia queda tranquila después de haber puesto el óbolo de la caridad en la mano temblorosa del anciano, de la madre desvalida o del niño pálido y enfermizo. Pero sigámosles, aunque sea con el pensamiento, hasta la desolada mansión que los alberga; entremos con ellos a ese recinto oscuro, estrecho, húmedo e infecto, donde pasan sus horas, donde viven, donde duermen, donde sufren los dolores de la enfermedad y donde los alcanza la muerte prematura (...) De aquellas fètidas pocilgas, cuyo aire jamás se renueva y en cuyo ambiente se cultivan los gérmenes de las más terribles enfermedades, salen esas emanaciones, se incorporan a la atmósfera circunvecina y son conducidas por ella tal vez hasta los lujosos palacios de los ricos".
