Memoria histórica libertaria: León Tolstoy visto por Max Nettlau

Max Nettlau, el más popular de los historiadores anarquistas clásicos, llamado según una costumbre "helenista" muy extendida, el "Herodoto del anarquismo, escribió con entusiasmo sobre Tolstoy
Pepe Gutiérrez-Álvarez
25-4-2010
www.kaosenlared.net/noticia/leon-tolstoy-visto-max-nettlau
Más bien olvidado en los tiempos que corren, Max Nettlau (Neuwaldeg, Austria, 1865-Amsterdam, 1944) fue durante décadas el más popular de los historiadores anarquistas.
Calificado por Rudolf Rocker de «Herodoto de la anarquía», José Peirats escribe que no fue, en sentido estricto, un militante, y que como «teórico no rayó a gran altura dado que se dedicó casi por entero a describir objetivamente las diversas escuelas, tendencias y variedades sin olvidar el contexto histórico.
En este último aspecto se reveló como un investigador incansable, una enciclopedia viviente del anarquismo. Nettlau vivió solamente para sus libros y colecciones de libros». Desde otros ángulos se le reconoce como el primero, incluso como el único historiador anarquista durante mucho tiempo, su estrecha vinculación con este movimiento a nivel internacional y su total dedicación, reuniendo durante muchos años la mayor recopilación de documentos sobre el anarquismo conocida, que entregada al Instituto Internacional de Documentación Social de Amsterdam ha pasado a ser una verdadera «mina para los nuevos investigadores». Mucho más discutido ha sido su método de análisis considerado como extremadamente idealista... Era hijo de una familia judía liberal y bastante acomodada, cuya fortuna dilapidó en aras de sus ideales, viéndose obligado a vivir de sus libros y artículos, lo que significó la pobreza cuando no la indigencia. Nettlau hizo estudios secundarios en Viena, y de Filosofía en diversas universidades alemanas, obtuvo su doctorado a los 23 años con una tesis sobre lengua célticas.
Su adhesión a la causa anarquista fue motivada por el deslumbramiento que le causó la vigorosa personalidad de Bakunin, concibiendo a los 25 años el proyecto de unificar en una sola biografía todo el material al que en aquel momento se tenia acceso, empeño que culminaría en su monumental obra en tres gruesos volúmenes después de seis años de trabajo ingrato dada la situación dispersa de la documentación existente sobre Bakunin. Ulteriormente, y a petición de Eliseo Reclús, Nettlau dedicará varias décadas a la elaboración de la bibliografía más completa que se había hecho sobre el anarquismo. Sus relaciones con el movimiento le lleva por diversos países y continentes, desarrollando una paciente labor de archivero. Su investigación no se desenvuelve nunca en los medios académicos, sino que conoce muy directamente las vicisitudes de las luchas, pero sí se puede hablar de dificultades antes de 1914, después de la Gran Guerra, Nettlau apenas sí logrará encontrar un lugar donde poder elaborar reposadamente. Sus archivos tienen que huir de Italia después de la «marcha de Roma», de Alemania y Austria tras el ascenso del nazismo, de España en la hora del éxodo republicano de 1939. Proverbial fue su total identificación con la CNT española, a la que siempre evitó criticar a pesar de sus desavenencias con el sindicalismo.
Sentía una verdadera debilidad por España, muestra de ello son estas notas escritas en 1932: «Quienes como yo, salen del desierto de los países europeos se sienten en España como en un joven y verde bosque, en medio de un pueblo que aún no ha olvidado la libertad y la dignidad humana». Aunque vive muy cercanamente la crisis social española de los años treinta, y la actuación pragmática de la CNT-FAI durante la guerra, no parece que hiciera ningún pronunciamiento crítico. Ulteriormente exaltará a los «quijotes» del anarquismo español. Ideológicamente Nettlau se alineó siempre entre las tendencias más puristas del anarquismo. Concebía éste como la expresión natural del progreso hacia una vida libre. Pleno de optimismo -al menos hasta 1914-, confía que la historia marcha irresistiblemente hacia el fin de las relaciones de poder entre los hombres. No parece evidente que confiara en la revolución como el medio más apropiado, ya que ésta, como la guerra, «destruye, consume o cambia a los hombres, los vuelve autoritarios, cualquiera fuera su disposición anterior, y los hace poco aptos para defender una causa liberal».
Estima que el anarquismo no es compatible con el sindicalismo -al que responsabiliza en buena medida de la «debâcle» de parte del movimiento revolucionario en agosto de 1914-, y no admite que su estructura organizativa pueda ser el molde de la sociedad futura, idea que le parece una moda marxista. Siempre vuelve al modelo de la Alianza bakuninista, y aboga por un anarquismo que debe de «liberarse de creencias y de costumbres profundamente arraigadas y llegar a elevarse por encima del sectarismo, del fanatismo, de la intolerancia (...). Es una enorme desgracia que los anarquistas no hayan seguido esa evolución de la tutela de una idea de examen libre de todas sus ideas (...). Hemos creído que puesto que los unos tenían razón, los otros se equivocaban (...). La simple convivencia no ha existido jamás; cada cual se cree superior al adversario en doctrina. Se está disgregando, desmenuzando así, y no se sabe ya reunirse para una actividad en común. Así la pasión, el fanatismo domina siempre».
Esto no es obstáculo para que su visión de los marxistas sea bastante lapidaria: «Lenin, escribe en su biografía de Malatesta, aisló a Kropotkin en un pueblo y supo evitar que fuera a reponerse en un clima propicio -Woodcock y Ivakumovic explican lo contrario- Mussolini, ex-socialista, aisló a Malatesta en su propia casa (...) Otros socialistas eligieron el desierto como residencia de los adversarios anarquistas, haciendo prácticamente imposible que los enfermos pudieran encontrar algún alivio. El calabozo del tirano era preferible a la crueldad hipócrita del aislamiento. Por lo demás, los socialistas autoritarios de todos los tiempos conservan los calabozos para poblarlos con otras víctimas». Como historiador, el método de Nettlau es ante todo ideológico, tiende hacia la justificación y exaltación del anarquismo y hacia la negación de sus adversarios. Sus protagonistas viven y actúan por sus ideas, nunca como exponentes de unas condiciones sociales y políticas concretas. No hay en su obra análisis de las infraestructuras, ni siquiera de los movimientos. Era un individualista que admira a los hombres de genio, a los forjadores de la historia, y estos están por encima del pueblo llano. La fuerza de las ideas vale más que las muchedumbres. Cree que será el ideal el que hará al hombre libre. Quizás este idealismo incapacitó a Nettlau para comprender los fenómenos socio-políticos derivados de la crisis del imperialismo, empezando por la I Guerra Mundial.
La famosa biografía de Nettlau, escrita por Rudolf Rocker fue publicada por Estela, en México. La Piqueta, de Madrid, ha publicado: Miguel Bakunin, la Internacional y la Alianza en España (1868-1873). Júcar reeditó sus Documentos sobre la Internacional y la Alianza en España. ZYX editó en 1970 sus Impresiones sobre el socialismo en España, que ya había aparecido en la Revista del Trabajo en 1968. Existe una edición abreviada -algo así como una décima parte- de su «obra magna»: La anarquía a través de los tiempos, de la que existen varias versiones, una de Carlos Díaz (Júcar, 1978), y otra con el título de Historia de la anarquía (Zafo, Madrid, 1974, edición y prólogo de Santi Soler), y de la que ofrecemos los siguientes párrafos dedicado a León Tolstoy, quizás el más célebre escritor ruso de todos los tiempos y que Kropotkin definió desde la Enciclopedia Británica como un "anarquista cristiano", un concepto que podía ser más extensible de lo que se pudiera creer. Baste mencionar otro nombre: Simone Weil.
"Desde Belinsky, Herzen, Bakunin, Chernyshevski, pocas voces originales de socialistas y libertarios se han levantado en el socialismo ruso, y Kropotkin, por solidaridad profunda con la revolución rusa en su totalidad, ha tratado muy poco de imprimir sus concepciones personales a la gran lucha. Hay una sola, pero grande excepción para el período posterior a Bakunin -fue Leon Tolstoy (...). No pienso entrar aquí en este asunto, que la gran obra de Tolstoy y el estudio íntimo de su vida, ha hecho tan vasto y complicado. Mi impresión es que debemos a Tolstoy el haber insistido sobre dos grandes verdades indispensables a las realizaciones libertarias grandes y pequeñas, presentes y futuras. Una de ellas es la comprensión de la fuerza de la resistencia pasiva, que es la desobediencia, el abandono de la `servidumbre voluntaria´", en referencia a la famosa obra de Étienne Le Boétie.
Piensa que se "ha comprendido mal a Tolstoy y privado del efecto que habría impedido tener su pensamiento, al ver en él una resignación, una sumisión al mal, que se soporta con paciencia llamada `cristiana´ y con la obediencia que, se dice, se debe a toda autoridad. Tolstoy quería exactamente lo contrario, la resistencia al mal agregado a uno de los métodos de resistencia, la fuerza activa, otro la resistencia por la desobediencia la fuerza pasiva tanto. No ha dicho: someteos al daño que se os causa; presentad la otra mejilla después de la bofetada recibida, sino: no hagáis lo que se os ordena hacer; no toquéis el fusil que se os presenta enseñaros a matar a vuestros hermanos", una línea que conecta a Tolstoy con Thoreau, con la resistencia pacífica contra la esclavitud de los negros, y claro está, con la desobediencia preconizada y practicada por Gandhi".
Nettlau admira a los tolstonianos. Ante el asunto clave del servicio militar, estos no se han mostrado pasivos sino que, por el contrario, "desafíos arrojados a las autoridades", y mientras que "vemos a todos los demás obedecer y tomar el fúsil", ellos se niegan a hacerlo. No ve una contradicción con el método de la huelga general, epicentro de la estrategia anarquista a principios del siglo XX, pues entiende que ambos métodos -la resistencia pacífica y la huelga- "tienen igual derecho de ciudadanía en la lucha social, y los exclusivismos por principio son maléficos y no prueban nada". Tolstoy se apoya en la "gran verdad" en la que siempre insiste: "...es el reconocimiento de que la fuerza del bien, la bondad, la solidaridad -y todo lo que se llama amor- está en nosotros mismos, debe y puede ser despertado y desarrollado y ejercitado por nuestra conducta. Esta comprensión va contra la pasividad moral, contra la llamada no-responsabilidad por lo que se hace contra la esperanza de ser mejorados colectivamente, cuando cada uno, por oprimido que sea, tiene facultades en sí mismo para mejorarse, perfeccionarse individualmente". Hasta cita sin cuestionarlas la afirmación de Tolstoy según la cual "La organización, toda organización nos libera de todo deber humano personal, moral. Todo mal tiene allí su base. Se fustiga a los hombres a muerte, se les desmoraliza, se les estupidiza y nadie tiene la culpa de ello" (el 13 de enero de 1898; Tagebuch)
Señala empero que se debe reconocer tanto el "esfuerzo individual" como "el esfuerzo colectivo" porque son "dos alternativas no se excluyen, sino que se complementan", y por ello la "la parte íntima de la preparación libertaria, (que) se encuentra en Tolstoy, y en hombres así preparados", le parece que "son los únicos capaces de emplear la fuerza individual y colectiva de modo razonado". Ya que "sí el soldado no sabe más que matar" es "como el revolucionario que no supiera más que destruir; el cirujano que no sabe aplicar la fuerza para curar, y así el revolucionario que ha hecho ya su propia revolución en su fuero interior, es el único que sabrá con inteligencia y reconstruir seriamente". Lamenta que haya Tolstoy haya efectuado estos planteamientos "en la terminología religiosa". Sin embargo, Nettlau reconoce que el primer Bakunin empleó en una época una terminología parecida, y que Tolstoy entiende como religión el "amor y bondad entre los hombres, una dispuestos practicarían de inmediato sin preocuparse de las consecuencias para ellos, porque, ¿quién comenzaría? No los más dispuestos, ni una colectividad abstracta, ni el Estado. Viendo en Rusia, desde 1878 a 1881, a gobernantes y a revolucionarios desgarrarse unos a otros, ha intervenido con una propaganda incesante en lo sucesivo por casi treinta años en la terminología religiosa que se conoce". En un momento en el que la humanidad "no espera de la religión organizada más que el mal", Tolstoy ha tratado de recuperar las "promesas hechas al comienzo de la agitación cristiana", pero ha "calculado mal", ya "no se cree ya en esas cosas y las religiones han sido siempre un instrumento de la reacción que persigue a los que las combaten a fondo. En fin, el hecho está ahí, que las buenas intenciones de Tolstoy nos aparecen a menudo en una lengua que no comprendemos apenas".
