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26 Noviembre 2010

Otra Salud: La guerra contra bacterias y virus: una lucha autodestructiva

La guerra permanente contra los entes biológicos que han construido,
regulan y mantienen la vida en nuestro Planeta es el síntoma más grave
de una civilización alienada de la realidad que camina hacia su autodestrucción.

Máximo Sandín
/Departamento de Biología. Universidad Autónoma de Madrid/

Las dos obras fundacionales que constituyen la base teórico-filosófica
del pensamiento occidental contemporáneo, de la concepción de la
realidad, de la sociedad, de la vida, y que han sido determinantes en
las relaciones de los seres humanos entre sí y con la Naturaleza son
/"La riqueza de las naciones" /de Adam Smith y /"Sobre el origen de las
especies por medio de la selección natural o el mantenimiento de las
razas favorecidas en la lucha por la existencia"/ de Charles Darwin. La
concepción de la naturaleza y la sociedad como un campo de batalla en el
que dos fuerzas abstractas, la selección natural y la mano invisible del
mercado rigen los destinos de los competidores, ha conducido a una
degradación de las relaciones humanas y de los hombres con la naturaleza
sin precedentes en nuestra historia que está poniendo a la humanidad al
borde del precipicio. El creciente abismo entre los países victimas de
la colonización europea y los países colonizadores, las decenas de
guerras permanentes, siempre originadas por oscuros intereses
económicos, la destrucción imparable de ecosistemas marinos y
terrestres... sólo pueden conducir a la Humanidad a un callejón sin salida.

La gran industria farmacéutica se puede considerar, dentro de este
proceso destructivo, un claro exponente de la aplicación de estos
principios y de sus funestas consecuencias.

La concepción del organismo humano y de la salud como un campo para el
mercado, como un objeto de negocio, unida a la visión reduccionista y
competitiva de los fenómenos naturales ha conducido a una distorsión de
la función que, supuestamente, le corresponde, que puede llegar a
constituir un factor más a añadir a los desencadenantes de la catástrofe.

Un ejemplo dramáticamente ilustrativo de los peligros de esta concepción
es el alarmante aumento de la resistencia bacteriana a los antibióticos,
que puede llegar a convertirse en una grave amenaza para la población
mundial, al dejarla inerme ante las infecciones (Alekshun M. N. y Levy
S. B., 2007).

El origen de este problema se encuentra en los dos conceptos mencionados
anteriormente, que se traducen en el uso abusivo de antibióticos ante el
menor síntoma de infección, su utilización masiva para actividades
comerciales como el engorde de ganado, y su comercialización con
evidente ánimo de lucro, pero, sobre todo, de la consideración de las
bacterias como patógenos, "competidores" que hay que eliminar.

Esta concepción pudo estar justificada por la forma como se descubrieron
las bacterias, antes "inexistentes". El hecho de que su entrada en
escena fuera debido a su aspecto patógeno, unido a la concepción
darwinista de la naturaleza según la cual, la competencia es el nexo de
unión entre todos sus componentes, las estigmatizó con el sambenito de
microorganismos productores de enfermedades que, por tanto, había que
eliminar. Sin embargo, los descubrimientos recientes sobre su verdadero
carácter y sus funciones fundamentales para la vida en nuestro planeta
han transformado radicalmente las antiguas ideas. Las bacterias fueron
fundamentales para la aparición de la vida en la Tierra, al hacer la
atmósfera adecuada para la vida tal como la conocemos mediante el
proceso de fotosíntesis (Margulis y Sagan, 1995). También fueron
responsables de la misma vida: las células que componen todos los
organismos fueron formadas por fusiones de distintos tipos de bacterias
de las que sus secuencias génicas se pueden identificar en los
organismos actuales (Gupta, 2000). En la actualidad, son los elementos
básicos de la cadena trófica en el mar y en la tierra y en el aire
(Howard et al., 2006; Lambais et al., 2006) y siguen siendo
fundamentales en el mantenimiento de la vida: /"Purifican el agua,
degradan las sustancias tóxicas, y reciclan los productos de desecho,
reponen el dióxido de carbono a la atmósfera y hacen disponible a las
plantas el nitrógeno de la atmósfera. Sin ellas, los continentes serían
desiertos que albergarían poco más que líquenes"/. (Gewin, 2006),
incluso en el interior y el exterior de los organismos (en el humano su
número es diez veces superior al de sus células componentes). La mayor
parte de ellas son todavía desconocidas y se calcula que su biomasa
total es mayor que la biomasa vegetal terrestre. Con estos datos resulta
evidente que su carácter patógeno es absolutamente minoritario y que en
realidad es debido a alteraciones de su funcionamiento natural
producidas por algún tipo de agresión ambiental ante la que reaccionan
intercambiando lo que se conoce como "islotes de patogenicidad" (
Brzuszkiewicz et al., 2006) una reacción que, en realidad, es una
reproducción intensiva para hacer frente a la agresión ambiental. De
hecho, se ha comprobado que los antibióticos no son realmente "armas"
antibacterianas, sino señales de comunicación que, en condiciones
naturales, utilizan, entre otras cosas, para controlar su población:
/"Lo que los investigadores conocen sobre los microbios productores de
antibióticos viene fundamentalmente de estudiarlos en altos números como
cultivos puros en el laboratorio, unas condiciones artificiales
comparadas con su número y diversidad encontrados en el suelo"/ (Mlot,
2009). A pesar de todos estos datos reales, se puede comprobar cómo la
industria farmacéutica sigue buscando "nuevas armas" para combatir a las
bacterias (Pearson, 2006).

Las bacterias fueron fundamentales para la aparición de la vida en la
Tierra, al hacer la atmósfera adecuada para la vida tal como la
conocemos mediante el proceso de fotosíntesis (Margulis y Sagan, 1995)

Los virus han seguido, con unos años de retraso, el mismo camino que las
bacterias, debido a que su descubrimiento fue más tardío a causa de su
menor tamaño. Descubiertos por Stanley en la enfermedad del "mosaico del
tabaco" fueron, lógicamente, dentro de la óptica competitiva de la
naturaleza, incluidos en la lista de "rivales a eliminar". Es evidente
que algunos de ellos provocan enfermedades, algunas terribles, pero, ¿no
estará en el origen de éstas algún proceso semejante al que ya parece
evidente en las bacterias? Veamos los datos más recientes al respecto:
El número estimado de virus en la Tierra es de cinco a veinticinco veces
más que el de bacterias. Su aparición en la Tierra fue simultánea con la
de las bacterias (Woese, 2002) y la parte de las características de la
célula eucariota no existentes en bacterias (ARN mensajero, cromosomas
lineales y separación de la transcripción de la traslación) se han
identificado como de procedencia viral (Bell, 2001). Las actividades de
los virus en los ecosistemas marinos y terrestres (Williamson, K. E.,
Wommack, K. E. y Radosevich, M., 2003; Suttle, C. A., 2005) son, al
igual que las de las bacterias, fundamentales. En los suelos, actúan
como elementos de comunicación entre las bacterias mediante la
transferencia genética horizontal (Ben Jacob, E. et al., 2005) en el mar
tienen actividades tan significativas como estas: En las aguas
superficiales del mar hay un valor medio de 10.000 millones de
diferentes tipos de virus por litro. Su densidad depende de la riqueza
en nutrientes del agua y de la profundidad, pero siguen siendo muy
abundantes en aguas abisales. Su papel ecológico consiste en el
mantenimiento del equilibrio entre las diferentes especies que componen
el plancton marino (y como consecuencia del resto de la cadena trófica)
y entre los diferentes tipos de bacterias, destruyéndolas cuando las hay
en exceso. Como los virus son inertes, y se difunden pasivamente, cuando
sus "huéspedes" específicos son demasiado abundantes son más
susceptibles de ser infectados. Así evitan los excesos de bacterias y
algas, cuya enorme capacidad de reproducción podría provocar graves
desequilibrios ecológicos, llegando a cubrir grandes superficies
marinas. Al mismo tiempo, la materia orgánica liberada tras la
destrucción de sus huéspedes, enriquece en nutrientes el agua. Su papel
biogeoquímico es que los derivados sulfurosos producidos por sus
actividades, contribuye... ¡a la nucleación de las nubes! A su vez, los
virus son controlados por la luz del sol (principalmente por los rayos
ultravioleta) que los deteriora, y cuya intensidad depende de la
profundidad del agua y de la densidad de materia orgánica en la
superficie, con lo que todo el sistema se regula a sí mismo. (Fuhrman,
1999). Hasta el 80% de las secuencias genéticas de los virus marinos y
terrestres no son conocidas en ningún organismo animal ni vegetal.
(Villareal, 2004). En cuanto a sus actividades en los organismos, los
datos que se están obteniendo los convierten en los elementos
fundamentales en la construcción de la vida. Además de las
características de la célula eucariota no existentes en las bacterias
que se han identificado como procedentes de virus, más significativo aún
es el hecho de que la inmensa mayor parte de los genomas animales y
vegetales está formada por virus endógenos que se expresan como parte
constituyente de éstos (Britten, R.J., 2004) y elementos móviles y
secuencias repetidas, ambos derivadas de virus, que se han considerado
erróneamente durante años "ADN basura" gracias a la "aportación
científica" de Richard Dawkins con su pernicioso libro "El gen egoísta"
(Sandín, 2001; Von Sternberg, R., 2002). Entre éstas, los genes
homeóticos fundamentales, responsables del desarrollo embrionario, cuya
disposición en los cromosomas de secuencias repetidas en tandem revela
un evidente origen en retrotransposones (capaces de hacer, con la ayuda
del genoma, duplicaciones de sí mismos), a su vez derivados de
retrovirus (Wagner, G. P. et al., 2003; García-Fernández, J., 2005).

Es evidente que algunos de los virus provocan enfermedades, algunas
terribles, pero, ¿no estará en el origen de éstas algún proceso
semejante al que ya parece evidente en las bacterias?

Una de las funciones más llamativas es la realizada por los virus
endógenos W, cuya misión en los mamíferos consiste en la formación de la
placenta, la fusión del sincitio-trofoblasto y la inmunosupresión
materna durante el embarazo (Venables et al., 1995; Harris, 1998; Mi et
al., 2000; Muir et al., 2004). Pero la cantidad, no sólo de "genes" sino
de proteínas fundamentales en los organismos eucariotas (especialmente
multicelulares) no existentes en bacterias y adquiridas de virus sería
inacabable (Adams y Cory, 1998; Barry y McFadden, 1999;
Markine-Goriaynoff et al., 2004; Gabus et al., 2001; Medstrand y Mag,
1998; Jamain et al., 2001 ), aunque, en ocasiones, los propios
descubridores, llevados por la interpretación darwinista las consideran
aparecidas misteriosamente ("al azar") en los eucariotas y adquiridas
por los virus (Hughes & Friedman, 2003) a los que acusan de
"secuestradores", "saboteadores" o "imitadores" (Markine-Goriaynoff et
al., 2004) sin tener en cuenta que los virus en estado libre son
absolutamente inertes, y que es la célula la que utiliza y activa los
componentes de los virus (Cohen, 2008)). Por eso, resultan absurdas las
acusaciones, que estamos cansados de oír, de que los virus "mutan para
evadir las defensas del hospedador". Las "mutaciones" se producen
durante los procesos de integración en el ADN celular debido a que
la/retrotranscriptasa/ viral no corrige los "errores de copia".

En definitiva, e independientemente de la incapacidad para la
comprensión de la importante función de los virus en la evolución y los
procesos de la vida motivada por la asfixiante concepción reduccionista
y competitiva de las ideas dominantes en Biología, los datos están
disponibles en los genomas secuenciados hasta ahora. En el genoma humano
se han identificado entre 90.0000 y 300.0000 secuencias derivadas de
virus. La variabilidad de las cifras es debida a que depende de que se
tengan en consideración virus completos o secuencias parciales derivadas
de virus. Es decir, también están en nuestro interior. Cumpliendo
funciones imprescindibles para la vida. Pero también sabemos que los
virus endógenos se pueden activar y "malignizar" como consecuencia de
agresiones ambientales (Ter-Grigorov, et al., 1997; Gaunt, Ch. y Tracy,
S., 1995).

Es decir, por más que la concepción dominante de la naturaleza, la que
nos parecen querer imponer los interesados en la lucha contra ella, sea
la de un sórdido campo de batalla plagado de "competidores" a los que
hay que eliminar, lo que nos muestra la realidad es una naturaleza de
una enorme complejidad en la que todos sus componentes están
interconectados y son imprescindibles para el mantenimiento de la vida.
Y que son las rupturas de las condiciones naturales, muchas de ellas
causadas por esta visión reduccionista y competitiva de los fenómenos de
la vida, las que están conduciendo a convertir a la naturaleza
desequilibrada en un verdadero campo de batalla en el que tenemos todas
las de perder.

El peligroso avance de la resistencia bacteriana a los antibióticos se
puede considerar como el más claro exponente de las consecuencias de la
irrupción de la competencia y el mercado en la naturaleza, pero hay otra
consecuencia de esta actitud que nos puede dar una pista de hasta donde
pueden llegar si se continúa por este camino: Desde 1992 hasta 1999, el
periodista Edward Hooper siguió el rastro de la aparición del SIDA hasta
un laboratorio en Stanleyville en el interior del Congo, por entonces
belga, en el que un equipo dirigido por el Dr. Hilary Koprowski, elaboró
una vacuna contra la polio utilizando como sustrato riñones de chimpancé
y macaco. El "ensayo" de esta vacuna activa tuvo lugar entre 1957 y
1960, mediante un método muy habitual "en aquellos tiempos", la
vacunación de más de un millón de niños en diversas "colonias" de la zona.

Niños cuyas condiciones de vida (y, por tanto, de salud) no eran
precisamente las más adecuadas. En un debate en el que el periodista
expuso sus datos, Hooper fue vapuleado públicamente por una comisión de
científicos que negaron rotundamente esa relación, aunque no se
consiguió encontrar ninguna muestra de las vacunas. Parece comprensible
que los científicos no quieran ni siquiera pensar en esa posibilidad.
Desde entonces, se han publicado varios "rigurosos" estudios que
asociaban el origen del sida con mercados africanos en los que era
práctica habitual la venta de carne de mono o, más recientemente,
"retrasando" la fecha de aparición hasta el siglo XIX mediante un
supuesto "reloj molecular" basado en la comparación de cambios en las
secuencias genéticas de virus. Lo que ni Hooper ni Koprowsky podían
saber era que los mamíferos tenemos virus endógenos que se expresan en
los linfocitos y que son responsables de la inmunodepresión materna
durante el embarazo. En la actualidad, Koprowsky es uno de los
científicos con más patentes a su nombre.

Las barreras de especie son un obstáculo natural para evitar el salto de
virus de una especie a otra. Son necesarias unas condiciones extremas de
estrés ambiental o unas manipulaciones totalmente antinaturales para que
esto ocurra. Y todo esto nos lleva al cuestionamiento de de muchos
conceptos ampliamente asumidos que, como ajeno profesionalmente al campo
de la medicina, sólo me atrevo a plantear a los expertos en forma de
preguntas para que sean ellos los que consideren su pertinencia:

Si tenemos en cuenta que las secuencias genéticas de los virus endógenos
y sus derivados están implicadas en procesos de desarrollo embrionario
(Prabhakar et al., 2008), se expresan en todos los tejidos y en muchos
procesos metabólicos (Sen y Steiner, 2004), inmunológicos (Medstrand y
Mag, 1998), ¿cuál es la verdadera relación de los virus con el cáncer o
con las enfermedades autoinmunes? ¿son causa o consecuencia? Es decir,
¿existen epidemias de cáncer o artritis o son los tejidos afectados los
que emiten partículas virales (Seifarth et al., 1995)?

Si tenemos en cuenta que la inmunidad es un fenómeno natural que cuenta
con sus propios procesos para garantizar el equilibrio con los
microorganismos del entorno (del exterior y del interior de los
organismos), la introducción artificial de microorganismos "atenuados" o
partes de ellos en el sistema circulatorio saltando la primera barrera
inmunitaria ¿no producirá una distorsión de los mecanismos naturales
incluyendo un posible debilitamiento del sistema inmune que favorecería
la posterior susceptibilidad a distintas enfermedades?

Y, finalmente, si tenemos en cuenta que la existencia en la naturaleza
de "virus recombinantes" procedentes de dos especies diferentes es tan
extraña que posiblemente sea inexistente debido a la extremada
especificidad de los virus. ¿De dónde vienen esos extraños virus con
secuencias procedentes de cerdos, aves y humanos?

En el caso "hipotético" de que los verdaderos intereses de la industria
farmacéutica fueran los beneficios económicos, la enfermedad se
convertiría en un negocio, pero las vacunas serían, sin la menor duda,
el mejor negocio. Ya hemos visto repetidamente hasta donde pueden llegar
las dos industrias que, junto con la farmacéutica, constituyen los
mercados que más dinero "generan" en el mundo: la petrolera y la
armamentística. Sería un duro golpe para los ciudadanos convencidos de
que están en buenas manos comprobar que una industria aparentemente
dedicada a cuidar la salud de los ciudadanos fuera en realidad otra
siniestra máquina acumuladora de dinero capaz de participar en las
turbias maquinaciones de sus compañeras de ranking como, por ejemplo,
controlar prestigiosas organizaciones internacionales para favorecer sus
propios intereses.

La concepción de la naturaleza basada en el modelo económico y social
del azar como fuente de variación (oportunidades) y la competencia como
motor de cambio (progreso) impone la necesidad de "competidores" ya sean
imaginarios o creados previamente por nosotros y está dañando gravemente
el equilibrio natural que conecta todos los seres vivos. Pero la
Naturaleza tiene sus propias reglas en las que todo, hasta el menor
microorganismo y la última molécula, están involucrados en el
mantenimiento y regulación de la vida sobre la Tierra y tiene una gran
capacidad de recuperación ante las peores catástrofes ambientales. El
ataque permanente a los elementos fundamentales en esta regulación, la
agresión a la "red de la vida", puede tener unas consecuencias que, para
nuestra desgracia, sólo podremos comprobar cuando la Naturaleza recobre
el equilibrio.

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fuente: http://mx.groups.yahoo.com/group/REDLATINOAMERICANASALUD/message/7175

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