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3 Julio 2011

Imperialismo: Interpretaciones convencionales del imperio


Claudio Katz
www.rebelion.org
2/7/11

El análisis del imperialismo contemporáneo se ha renovado con distintos
enfoques. Pero los aportes de las teorías convencionales son en algunos casos
limitados y en otros irrelevantes. Las interpretaciones dominantes incluyen
diversas posturas de apologistas, propulsores, justificadores y críticos.

Los reivindicadores

Las cruzadas militaristas que introdujo Bush en la última década alimentaron
el predicamento de los teóricos neoconservadores, que realzan las virtudes
civilizadoras de cualquier invasión imperial. Algunos exponentes de esta
visión reaccionaria -como, Kaplan, Ignatieff e Ikenberry- presentaron esas
misiones como mecanismos de pacificación mundial o instrumentos de la
prosperidad económica [3] .

Estas caracterizaciones equipararon las expediciones estadounidenses al Medio
Oriente con la obra constructiva desarrollada por Roma al comienzo del primer
milenio. También compararon su efecto con la expansión internacional de la
modernidad que llevó a cabo Gran Bretaña durante el siglo XIX.

En la misma línea de reflexión otros autores (Kristol, Kagan), realzaron la
labor cumplida por las tropas estadounidenses en la difusión de los valores
de Occidente. Ensalzaron especialmente el impacto positivo de esta acción, en
sociedades sometidas al totalitarismo político o carentes de pujanza
mercantil. Alabaron sin eufemismos la función benévola del imperio para
liberar a esas regiones del primitivismo [4] .

Estas concepciones florecieron durante el período de mayor soberbia unipolar
de Bush. Cada brutalidad militar de los marines se exaltaba como un aporte
invaluable al género humano.

El primer fundamento de esta visión es el pensamiento de la hegemonía.
Considera que Estados Unidos es una hiperpotencia militar que debe recordar al
resto del mundo quién maneja la fuerza. Entiende que sólo esa exhibición
bélica otorga sentido al manejo de la mitad del gasto mundial de armamentos.
Esta apología de la supremacía coercitiva incluye la reivindicación de
todas las agresiones necesarias para reafirmar el poder estadounidense.

Las conexiones de estos planteos con los intereses del complejo
militar-industrial estadounidense son evidentes. La intención es utilizar,
además, los recursos del Pentágono para contrapesar las dificultades
económicas de Estados Unidos. La estrategia de militarizar los conflictos
presupone que una ventaja bélica sólo pesa en el escenario geopolítico si
atemoriza de forma permanente a toda la comunidad mundial.

Algunos teóricos de este intervencionismo retoman las viejas justificaciones
de la acción imperial como actos de ordenamiento internacional impuestos por
la inmadurez de los países subdesarrollados. Estas naciones amenazan la
estabilidad por la simple perdurabilidad de su atraso. Son estados
pre-modernos (Bolivia, Colombia, países de África, Afganistán) que generan
amenazas contra sus pares pos-modernos (democracias occidentales) y afectan el
despertar de los emergentes (India, China) [5].

Se plantea neutralizar ese peligro con actos de fuerza que adopten la forma de
un "imperialismo voluntario" para erradicar las amenazas que genera la
continuidad del primitivismo. Esta acción debe inducir nuevas limitaciones al
principio de autodeterminación nacional y permitir la constitución de
protectorados regidos por la ONU. La invasión de Irak fue justamente
presentada como un ejemplo de estos correctivos.

Las familiaridades de estas teorías con el colonialismo clásico saltan a la
vista. Simplemente se actualiza el lenguaje para evitar los términos que la
hipocresía diplomática ha ubicado en el casillero de lo políticamente
incorrecto. No se habla con desprecio de los indios, los negros o los árabes,
sino de "poblaciones inmaduras", y en lugar de estigmatizar a los salvajes
se transmite pena por los conglomerados pre-modernos. Con excepción de estas
diferencias decorativas, el planteo repite todos los lugares comunes de
cualquier convocatoria imperial.

Los defensores contemporáneos de la hegemonía buscan nuevos argumentos para
sostener su denigración de los pueblos invadidos. Recurren a la teoría del
"choque de civilizaciones" que formuló Huntington para describir, por
ejemplo, la intrínseca incapacidad de progreso que afecta al mundo árabe. De
este diagnóstico deducen la necesidad de un auxilio modernizador de Occidente
[6].

Estas versiones de la hegemonía han perdido su parentesco inicial con las
justificaciones, que en el pasado se postulaban para explicar la conveniencia
de cierta supremacía. Se resaltaba especialmente la función disuasiva de las
grandes potencias (Carr y Aron). Este argumento -que identificaba la
estabilidad geopolítica con alguna primacía imperial- se utilizó
posteriormente para subrayar la importancia del liderazgo estadounidense como
antídoto de la crisis económica (Kindleberger, Gilpin).

Pero este tipo de aprobaciones del intervencionismo no constituye el único
fundamento del belicismo estadounidense. Existe también un argumento
realista, basado en las concepciones tradicionales de los consejeros del
Departamento de Estado (Brezinzki, Kissigner, Albright). En este caso,
identifican cada movimiento imperial con algún posicionamiento en el ajedrez
geopolítico internacional.

Ese enfoque no se interesa tanto por los argumentos de cada invasión, sino
que destaca su simple funcionalidad para asegurar la supremacía global. Es
una visión basada en la indiferencia moral, que presta muy poca atención a
las motivaciones de cada agresión. Sólo resalta la importancia de ganar
nuevas posiciones en un escenario inexorablemente cruento, para mejorar la
preparación de las batallas del futuro.

La implementación de esta "realpolitik" exige impunidad total para los
diplomáticos y militares. Nadie debe cuestionar sus acciones ni exigir
explicaciones de sus actos. Cuando estas interpelaciones abundan, el realismo
pierde efectividad y debe incorporar razonamientos, pretextos o
justificaciones para implementar la política imperialista.

Los hegemónicos y los realistas comparten la reivindicación descarada de la
fuerza. Esta defensa los conduce al aval de guerras infinitas, sin límites
definidos o escrúpulos jurídicos. Este enfoque es visible en las doctrinas
recientes del Pentágono, que quebrantan las viejas restricciones de la
"guerra justa". Ya no contemplan proporcionalidad de la respuesta bélica,
ni recurren a los viejos objetivos precisos de cada operación (rendición del
rival, domesticar a los indígenas, organizar el comercio, garantizar la
supremacía naval). En las cruzadas actuales contra el narcotráfico o el
terrorismo estos propósitos y limitaciones están borrados.

Se busca potenciar el miedo, a través de incursiones que rompen las fronteras
de la auto-contención. A veces no se identifica ningún Estado o adversario
nítido y la amenaza alegada es ubicua. En cada momento se puede definir un
nuevo enemigo para propinarle un ataque preventivo. En este tipo de guerras
infinitamente elásticas, el imperio busca golpear para demostrar poder .

Este despliegue retrata intenciones hobbesianas de ejercer la coerción de
forma irrestricta, con prácticas de violencia adaptadas a las necesidades
inmediatas de la supremacía estadounidense. Los nazis recurrían al genocidio
y el Pentágono utiliza periódicamente las guerras irrestrictas.

Los rasgos genocidas que asume cada nueva invasión son consecuencia de esta
compulsión de una agresión perpetua, que combina propósitos globales
(compartidos por los socios del imperio) y objetivos específicos de Estados
Unidos.

Los propulsores

La llegada de Obama a la presidencia atenuó la euforia imperial, diluyó los
exabruptos y redujo la impudicia belicista, pero no alteró la defensa oficial
de las misiones del Pentágono. Los estrategas tradicionales han recuperado el
manejo de la política exterior, utilizan un lenguaje sobrio y preservan los
códigos de la diplomacia, frente a la actitud de matón que adoptaron los
neoconservadores. Pero este cambio de actitud no modifica el ejercicio
coercitivo de la dominación imperial .

En este nuevo clima han recobrado preeminencia las justificaciones liberales
que disfrazan el militarismo con mensajes benevolentes. La justificación de
la intervención estadounidense en la periferia retoma los mitos paternalistas
que presentan estas acciones como actos de protección de un hermano mayor
sobre las desguarnecidas sociedades subdesarrolladas.

A diferencia de los apologistas corrientes, los liberales objetan los excesos
y reconocen los fracasos de las acciones imperiales. Son muy críticos con las
aventuras de Bush, exigieron un retorno a la gestión multilateral, cuestionan
la conducta de las tropas estadounidenses en Medio Oriente y resaltan el
escaso complemento civil de esas operaciones. Alertan, además, contra las
consecuencias de la expansión militar excesiva y objetan el reducido
auto-financiamiento del belicismo estadounidense [7] .

Esta mirada justifica las invasiones imperialistas con argumentos
humanitarios. Destaca el socorro de los pueblos sojuzgados y el auxilio de las
minorías perseguidas por los tiranos. Con ese planteo se aprobó, por
ejemplo, la ocupación de Irak y Afganistán o el ingreso de los Cascos Azules
en Kosovo y Bosnia.

Pero esos pretextos son tan arcaicos como el propio imperialismo. Sólo
ofrecen una actualización de los viejos engaños coloniales. Ya no se
menciona a los nativos, ni a sus salvadores de tez blanca. Pero el desembarco
de las tropas, alegando el rescate de los pueblos desamparados no ha cambiado.
Los imperialistas renuevan el libreto que utilizaban los ingleses para ocupar
la India o que presentaban los alemanes para entrar en Checoslovaquia. Una
variante de ese relato expusieron los estadounidenses para auxiliar a Kuwait .

Las intervenciones humanitarias actuales van invariablemente precedidas de
campañas mediáticas destinadas a divulgar los padecimientos de cierto
pueblo. En estas presentaciones nunca faltan las denuncias de limpieza étnica
(Kosovo), persecución religiosa (Afganistán) o torturas a los opositores
(Irak). Se transmite una sensación de urgencia para que los marines detengan
cuanto antes el derramamiento de sangre.

Pero esta sensibilidad hacia los pueblos más sufridos desaparece súbitamente
luego de la ocupación, cuándo las tropas imperiales se encargan de continuar
las masacres contra las mismas (u otras) víctimas. En todos los casos se
oculta la naturaleza selectiva de las intervenciones extranjeras y el interés
geopolítico, económico o militar que determina cada acción.

Los derechos humanos vulnerados en Irak, Yugoslavia, Somalia o Sierra Leona
suscitan gran indignación, pero su violación en Turquía, Colombia o Israel
se ignora totalmente. Los "auxilios humanitarios" ocupan la primera plana
cuando se refieren a regiones con petróleo o diamantes, pero pierden
relevancia cuando involucran zonas sin grandes recursos. En esas áreas la
opresión de las minorías, las mujeres o la juventud es totalmente omitida.

Este tipo de intervenciones cobró fuerza desde el final de la Guerra Fría
ante la desaparición del "peligro comunista" que justificaba todos los
despliegues del Pentágono. Los genocidios étnicos (Ruanda), los terremotos
(Haití) y las hambrunas conforman las nuevas motivaciones alegadas para
entrar en los territorios ambicionados.

En todos los casos los derechos humanos son el bien supremo a custodiar.
Cuando las evidencias de las atrocidades ya se han propagado, basta con una
foto de la tragedia para enaltecer la llegada del ejército liberador. Pero
los crímenes punibles están rigurosamente encasillados. Siempre afectan a
los países de África, Asia o América Latina.

Los tribunales internacionales dependen de un mandato de las Naciones Unidas
que bloquea cualquier causa contra los responsables de las grandes masacres
contemporáneas. Se puede juzgar a Milosevic por los asesinatos en Serbia,
pero no a Bush por la destrucción de Irak o a Kissinger por las matanzas de
Vietnam. Los artífices de la acción imperial actúan como amos del universo
y guardianes de la moral. Se auto-atribuyen el derecho a regir la vida del
planeta y a comportarse como salvadores de la humanidad.

Un fundamento de estas intervenciones es la teoría pluralista (Nye, Keohane),
que asocia la estabilidad con el predominio de una legislación mundial
concertada. Se percibe este sustento como la fuente de legitimidad de
cualquier acción militar global. Se supone que ese cimiento contrarresta las
fragilidades de los distintos Estados nacionales [8] .

Esta visión tuvo primacía durante la gestión de Carter y fue muy utilizada
por Clinton para identificar la globalización con una nueva modalidad de
gobernabilidad mundial. Ha sido tradicionalmente defendida por los popes de la
política exterior, que argumentan a favor de un poder global manejado por una
sociedad de Estados Unidos con las potencias occidentales (Kissinger) [9] .

Este enfoque cuestiona las adversidades que genera la hegemonía y cuenta con
el visto bueno del establishment, especialmente en los períodos de crisis del
unilateralismo. En los hechos, las dos concepciones han ejercido una
influencia pendular sobre la elite estadounidense. La primera teoría cobra
importancia cuando resulta necesario golpear los tambores de la guerra, y la
segunda visión gana terreno cuando se requiere administrar una pacificación
armada.

La opción por una u otra alternativa nunca está determinada por criterios
normativos. Son cursos de acción seleccionados por su aptitud para reforzar
la supremacía imperial. Las contradicciones de esta acción imponen una
oscilación entre ambos polos, que se refleja en el predominio variable de
guerras hegemónicas y globales.

Justificadores

Existe una corriente de autores que aprueba el intervencionismo imperialista
con argumentos legalistas. Resalta especialmente la necesidad de auxiliar a
los pequeños países, recurriendo a nuevas normas del derecho internacional.
Afirma que el salto registrado en la interconexión mundial torna obsoletos
los viejos principios de soberanía nacional. Interpreta que la legitimidad de
cada guerra se asienta actualmente en criterios universales de justicia y ya
no en violaciones fronterizas. Este fundamento se utilizó para validar la
entrada de tropas extranjeras en los Balcanes y el Golfo, con el visto bueno
de la ONU.

Estos planteos destacan que el avance de la globalización anuló (o por lo
menos restringió), el viejo derecho de cada Estado a gobernar un territorio
delimitado. Consideran que en la actualidad rige una internacionalización de
todas las decisiones políticas y militares de envergadura. Proponen alcanzar
un nuevo consenso para administrar el planeta, mediante acuerdos negociados en
los organismos globales [10] .

Pero nunca se explica por qué razón estos principios se aplican de forma tan
desigual. Las grandes potencias ejercen un descarado monopolio a la hora de
resolver cómo se instrumentan los criterios de extinción de la soberanía.
Recurren al socorro de los más débiles mediante un ejercicio discrecional de
la justicia por parte del más fuerte.

Algunos autores afirman que ciertas acciones militares son indispensables para
consolidar el desarrollo de una sociedad civil progresivamente mundial.
Estiman que esas incursiones extienden el radio de la modernidad y forjan -en
el ámbito de las Naciones Unidas- los nuevos espacios de la democracia
post-nacional. Sostienen que el sistema económico se ha globalizado pero
carece aún de correlato político equivalente. Consideran que el declive del
Estado-nación justifica la internacionalización de las decisiones militares
en la medida que promueve las ventajas del universalismo frente los resabios
del particularismo [11] .

Pero estas caracterizaciones identifican la globalización con una era de paz
que sólo existe en la imaginación de los justificadores. Omiten la estrecha
relación de este período con el agravamiento de las desigualdades sociales y
nacionales y con el creciente despojo de las poblaciones más desfavorecidas.

Esta dramática realidad se encubre con elogios a una ciudadanía cosmopolita
que adoptaría posturas progresistas junto a la construcción de una nueva
"sociedad civil global". Pero nunca se define con nitidez, quiénes son
los integrantes de este último conglomerado. A diferencia de su contraparte
nacional, esa entidad no puede aglutinar a los actores políticos
diferenciados del Estado, puesto que no existe un órgano de este tipo a nivel
global. Esta ausencia de referente estatal torna muy difusas todas las
nociones referidas a la opinión pública mundial.

Pero el principal inconveniente del concepto "sociedad civil global" es su
total omisión de la naturaleza clasista de la sociedad. En cualquiera de sus
dimensiones geográficas, esa entidad constituye bajo el capitalismo, un
ámbito de dominación de los explotadores. El control político, militar,
institucional que las clases opresoras ejercen a través del Estado, prolonga
la supremacía que detentan en la sociedad. El uso del aditivo "civil"
simplemente oscurece este hecho.

La presentación de las intervenciones imperiales como ejemplos de
"primacía del derecho internacional" tiene numerosos abogados. Algunos
elogian las tesis kantianas que reivindican la supremacía de la ley en las
relaciones interestatales contra las visiones hobbesiana que avalan el imperio
de la fuerza.

Estos enfoques realzan la utilidad del derecho internacional para regular el
uso policial de la fuerza a medida que se perfecciona una Constitución de
alcance planetario. Esta norma permitiría asegurar la paz y erradicar el
suicidio colectivo de la guerra, que perpetúa la continuidad de las
rivalidades fronterizas. Con este razonamiento se justifica la sustitución
del principio de no intervención por criterios de acción humanitaria
administrados por la ONU [12] .

Pero cualquier balance de esas intervenciones refuta el universalismo
abstracto de esa teoría. El orden internacional está regido por reglas que
fijan las potencias imperialistas. Estas normas son despóticas y encubren con
disfraces jurídicos la estructura totalitaria vigente. Los dominadores
manejan la violencia en función de los intereses de las clases capitalistas,
mientras sus voceros propagan convocatorias al altruismo y a la primacía de
la moral.

El carácter manifiestamente fantasioso de estos razonamientos limita
frecuentemente el alcance de las propuestas basadas en el derecho
internacional. Ciertos analistas estiman, por ejemplo, que el ideal pacifista
constituye tan sólo un objetivo de largo plazo. Consideran que esa meta forma
parte de un proceso imperfecto de globalización, cuya maduración exigirá la
democratización previa de los organismos internacionales. Este avance
implicaría, a su vez, el otorgamiento de mayores poderes a la asamblea
general de la ONU, en desmedro de las atribuciones de veto que monopoliza el
Consejo de Seguridad. Para implementar las decisiones de esa renovada
institución, entienden necesario conformar una fuerza militar independiente
[13] .

Este enfoque considera que el humanismo militar tendrá legitimidad, cuando la
asamblea de la ONU alumbre un real parlamento de ciudadanos. También pondera
los pasos intermedios que ya se han consumado en materia jurídica, para
lograr esa meta (como las Cortes Internacionales de Justicia). Estima que de
forma paulatina la democracia planetaria global comenzaría a despuntar,
dejando atrás las desigualdades que imperan en el planeta [14] .

Pero es evidente que las instituciones globales solo han servido hasta ahora
para ratificar el poderío imperial y la hegemonía militar de Estados Unidos.
El orden vigente se perfecciona en la actualidad mediante las tratativas
secretas que desenvuelven las potencias en los ámbitos muy restringidos. No
existe el menor indicio de un cambio de ese status opresivo. Es una ingenuidad
suponer que esos principios -dictados por la capacidad económica, política y
bélica de cada contendiente- serán sustituidos por criterios de respeto y
consideración.

La democratización de los organismos internacionales es un objetivo
inalcanzable bajo el capitalismo actual. Las instituciones de este sistema
reflejan las desigualdades nacionales y sociales imperantes. Hay una dictadura
del Consejo de Seguridad para viabilizar el poder asociado que ejercen las
potencias gobernantes del planeta. Los cambios que se registran en los
organismos mundiales preservan estos pilares.

Ciertamente pueden consumarse algunos pasos hacia la democratización de las
Naciones Unidas, partiendo del foro que ofrece esa institución. Pero esas
modificaciones serán efímeras si no se remueve el poder imperialista que
controla las decisiones de ese organismo.

Críticos

El brutal expansionismo de la última década, la sangría de Medio Oriente y
la chocante reivindicación imperial de los neoconservadores han desatado
reacciones críticas que desbordan el patrón liberal. Estos cuestionamientos
no objetan sólo la oportunidad de las invasiones o sus excesos, sino también
el propio accionar del imperialismo. Tal como ocurrió en la época de
Vietnam, estos rechazos son promovidos por ciertos soportes tradicionales de
la política exterior.

Algunos ex funcionarios han quedado conmocionados por la barbarie imperial y
proponen medidas radicales para contener esa degradación. Postulan el retiro
inmediato de Irak, el cierre de las bases militares y la anulación de los
privilegios extraterritoriales de las tropas estadounidenses. También
proponen introducir un férreo control democrático de los servicios secretos
e ilegalizar las armas más peligrosas.

Este enfoque considera que el imperialismo es una desgracia. Ha corroído la
vida estadounidense durante el siglo XX y conduce al declive del país.
Destruye las tradiciones democráticas y conduce a la instalación de formas
dictatoriales. Postulan detener esta involución eliminando paulatinamente la
estructura imperial, mediante un camino que conduzca a repetir el curso
seguido por el precedente británico [15] .

Pero esta solución omite que Inglaterra no se deshizo voluntariamente de sus
posesiones de ultramar. Fue obligada a abandonar esos territorios por el
debilitamiento sufrido durante la Segunda Guerra y por la sucesión de
derrotas padecidas frente a la resistencia anticolonial.

Gran Bretaña pudo procesar su repliegue -sin renunciar por completo al
intervencionismo externo- por la asociación gestada con un sustituto
estadounidense, que actualmente no cuenta con esa opción. La reiteración del
camino inglés choca, además, con el novedoso rol de superpotencia protectora
del capitalismo global que ejerce el Pentágono. Esta función dificulta su
abandono del primer plano de la escena.

Otros críticos con larga trayectoria en la historiografía conservadora (y
experiencia personal en la actividad militar) consideran que el expansionismo
imperial conduce a la autodestrucción. Estiman que las invasiones de los
últimos años han enredado a Estados Unidos en una madeja de incontrolable
belicismo. Este tejido genera enemigos desde la propia estructura militar
(como lo prueba el caso de los talibanes) y destruye el espíritu de progreso
que forjó a la nación [16] .

Pero ese militarismo no es tan sólo culpa de las últimas administraciones.
Expresa necesidades económicas y políticas de las clases dominantes, que no
pueden revertirse con simples advertencias. La política imperial
estadounidense está determinada por el lugar que ocupa el país en el orden
capitalista mundial. Este rol tiende a reciclarse por las ganancias que
obtienen las elites estadounidenses. Estas clases dominantes lucran con los
privilegios que genera el manejo de los resortes militares del planeta. Desde
ese lugar pueden ejercer un chantaje mayúsculo sobre cualquier enemigo, rival
o adversario.

Algunos analistas cuestionan la existencia de estas ventajas y subrayan las
consecuencias negativas de cargar con responsabilidades imperiales. Entienden
que esos efectos pesan en el plano económico (menor productividad) y
político (creciente desprestigio). Señalan, además, que la renuncia a esas
prerrogativas resultaría ampliamente conveniente [17] .

Pero esta deducción es tan abstracta como engañosa. Estados Unidos no sólo
cumple un rol objetivamente dominante en el escenario mundial, sino que
además usufructúa de esa supremacía. No es muy sensato suponer que ejercita
esa función por una compulsión indeseada. El Pentágono y el Departamento de
Estado actúan cotidianamente a favor de las empresas estadounidenses y
custodian los beneficios que genera esa dominación.

La acción imperial es una necesidad y no una opción del sistema imperante.
Estados Unidos cumple este rol para asegurar la reproducción del capitalismo
y facilitar la primacía de sus propios intereses. Al igual que sus
antecesores, el imperialismo contemporáneo necesita recrearse a través de la
guerra. Lo que ha cambiado son los destinatarios y las formas de ese
desenvolvimiento bélico. Las sangrientas confrontaciones entre las grandes
potencias han quedado sustituidas por devastadoras invasiones imperialistas,
que coordina el mando estadounidense.

Estas intervenciones se suceden con cierta periodicidad para restablecer un
orden socavado por la propia opresión. Un sistema de explotación de los
pueblos oprimidos genera turbulencias y exige contar con un ejército siempre
disponible para controlar el petróleo, los minerales y las materias primas en
las zonas más calientes del planeta.

Como estas acciones incrementan la desigualdad, desintegran las estructuras
económicas y pulverizan los sistemas políticos, cada acción imperial
acrecienta la cuota usual de violencia. La magnitud de estos atropellos cambia
en las distintas coyunturas, pero el belicismo es tan estructural como la
competencia por los beneficios surgidos de la explotación.

Marxistas

Todas las teorías convencionales del imperialismo se inspiran en
caracterizaciones que asocian el fenómeno con las ambiciones de poder. Este
anhelo es emparentado, a su vez, con las conductas de monarcas o presidentes y
con las rivalidades por ensanchar territorios para reforzar la dominación
internacional.

Estas concepciones presentan al imperialismo como una acción geopolítica
determinada por decisiones de caudillos que actúan por impulsos nacionalistas
y anhelos de primacía regional. El hecho imperial se identifica con la
expansión de un ejército fuera de sus fronteras nacionales [18] .

En estas teorías, la dominación es ejercida por Estados que inicialmente
disputaban territorios o capacidad de tributación y luego entablaron
rivalidades por el manejo de las colonias, el control del dinero y el
acaparamiento de las finanzas. Se considera que estas confrontaciones tienden
a perpetuarse en la medida que el triunfo de un bando prepara la reacción del
otro.

Estos enfoques destacan que la batalla imperial reaparece permanentemente,
puesto que al estabilizar su hegemonía cada potencia victoriosa pone en
marcha tendencias corrosivas. Estos procesos recrean las disputas, puesto que
despiertan el apetitivo de revancha de los derrotados y la ambición de poder
de los emergentes. El equilibrio perdura mientras persiste el temor creado por
cierto liderazgo militar y se diluye cuando se verifica la posibilidad de un
desafío. Estas secuencias tienden a repetirse a la largo de la historia, con
la simple modificación de las jerarquías imperantes en cada orden global
[19] .

Las concepciones marxistas se han desarrollado con supuestos muy diferentes y
en polémica sistemática con los enfoques convencionales. En lugar de
interpretar el imperialismo contemporáneo como una prolongación de luchas
eternas por el poder (entre individuos, déspotas, etnias o países) se asocia
el fenómeno con tendencias de la acumulación capitalista a escala global.
Con esta mirada se plantea una visión opuesta a las tesis de los apologistas,
los propulsores, los justificadores y los críticos de la acción imperial.

Este abordaje es un legado de los marxistas clásicos, que a principio del
siglo XX indagaron el belicismo de las grandes potencias en función de las
presiones creadas por la competencia, el beneficio y la explotación. La
dinámica del imperialismo es siempre estudiada a la luz del funcionamiento y
la crisis del capitalismo. Se busca establecer una distinción cualitativa
entre el imperialismo contemporáneo -gobernado por la lógica de la
acumulación- y los imperios precedentes, guiados por impulsos a la expansión
comercial o territorial.

El enfoque marxista considera que todas las peculiaridades del imperialismo
actual expresan transformaciones equivalentes del capitalismo. Por esta razón
la era clásica, el período de posguerra y la etapa neoliberal han modificado
las modalidades del fenómeno. Con cada cambio en el proceso de acumulación
se alteran las jerarquías geopolíticas vigentes y se modifican las formas de
la dominación mundial. Pero esta interpretación compartida por todos los
marxistas suscita también intensos debates en torno a múltiples problemas.

Bibliografía

-Achcar Gilbert. "Le choc des barbaries". Contretemps 3, febrero 2002.

-Amin Samir, "US imperialism, Europe and the middle east", Monthly Review
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-Amin Samir, Más allá del capitalismo senil, Paidós, Buenos Aires, 2003.
(Cap 5)

-Amin, Samir, "Geopolítica del imperialismo colectivo", en Nueva
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-Barholomew Amy, Breakspear Jennifer. "Los derechos humanos como espaldas
del imperio". El nuevo desafío imperial, Socialist Register 2004, CLACSO,
Buenos Aires 2005.

-Beniés Nicolas. "Sur la crisis de l'etat-providence". Critique Comuniste,
nº 149, verano de 1997, Paris.

- Bensaid Daniel. "Dieu, que ces guerres son saintes". Contretemps 3 de
febrero de 2002.

- Bensaid Daniel. Le nouvel Internationalisme, Paris, Textuel, 2003

-Bensaid, Daniel, Les discordances des temps. Les editions de la passion,
Paris, 1995, (cap 11)

Tags: imperialismo

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