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17 Agosto 2011

Argentina_Otra historia: El origen mestizo de San Martín

enviado por nuestraamericaprofunda@yahoo.com.ar

se presenta la versión definitiva del documental "Mestizo, San Martin y la Identidad Americana", basado en el libro El secreto de Yapeyu, de H. Chumbita.

La fecha es 20 de Agosto en la Biblioteca Nacional

17  hs.   Auditorio J. L. Borges

Pueden ver el avance en internet:
http://www.youtube.com/watch?v​=WQt1loBVVJs&feature=player_em​bedded

Transcribimos a continuación el trabajo del historiador Hugo Chumbita  acerca de la filiación indoamericana del Libertador general José de San Martín. En el diálogo , que el diario La Arena reprodujo en dos ediciones, , el investigador pampeano reivindica la proyección americanista del prócer argentino. El autor de la entrevista, Raúl Celso D'Atri, facilitó a PAMPAPAPALABRA este texto cuyo contenido plantea la necesidad de inaugurar un debate nacional en torno a nuestra identidad .

José de San Martín ha sido durante dos siglos un enigma.

Ya es tiempo de develar el secreto más persistente de la historia argentina: su origen mestizo, su mitad guaraní, la raíz escondida e inconfesable de su rebeldía contra la injusticia colonial. Algo que latía en sus venas y que no podía decir: la clave del misterio signó su trayectoria. Si pensamos, con Mitre, que "pocas veces la intervención de un hombre fue más decisiva que la suya en los destinos de un pueblo", conocer su procedencia, su conflicto, las razones viscerales de su causa, es una manera de acercarnos a comprender los orígenes de nuestro país.

La incertidumbre y la oscuridad al respecto han durado doscientos años ¿Cómo no se encontró su partida de bautismo? ¿Por qué tantas ambigüedades sobre su fecha de nacimiento, los estudios en España, sus relaciones familiares? ¿Por qué un soldado formado en Europa -veinte años sirviendo a la Corona-resolvió alzarse contra el Rey? ¿Cómo es que fue el único de los San Martín que volvió, adonde nadie lo esperaba, a ofrecer sus armas a la Revolución? ¿Por qué y hasta qué punto se comprometió con la Gran Reunión Americana de Miranda y con las redes masónicas? ¿Qué lazos lo unían a Carlos de Alvear, con quien formó el grupo de oficiales reunido en Londres? ¿Por qué lo apadrinaron los Alvear en Buenos Aires? ¿Cuáles fueron sus desafectos con la aristocracia porteña? ¿Por qué se empeñó en la emancipación sudamericana por sobre cualquier otro proyecto de partidos, gobiernos o repúblicas? ¿Cómo se explican sus renunciamientos, su negativa a volver a pisar España, su exilio y su silencio? ¿Por qué, a pesar de todo, pidió que sus restos retornaran a Buenos Aires?

Un oscuro oficial

A su regreso en 1812 fue recibido con desconfianza. A diferencia del galante y mundano Carlos de Alvear, él no tenía fortuna ni alcurnia. Era de piel morena, el pelo lacio y renegrido. Corrían rumores sobre su condición mestiza, y la madre de Remedios de Escalada se opuso a que la casaran con aquel oscuro plebeyo.

Recién llegado, pidió que le mandaran a Buenos Aires 300 mozos guaraníes de las Misiones para formar su plantel de Granaderos. La Logia Lautaro, que fundó junto a Alvear, se movió en las sombras, enfrentando al grupo rivadaviano. Pero luego Alvear se entendió con Rivadavia y, en pugna con el artiguismo, se extravió en un plan de poder personal, llegando a solicitar la protección británica. La Logia entró en crisis: ¿estaba realmente subordinada a Londres? En cualquier caso, el propósito era liberar el continente, más allá de los intereses del círculo de hacendados y comerciantes en que se apoyó el poder directorial.

En la campaña de Chile, cuando apresaron al general español Marcó del Pont, que había pretendido injuriarlo invocando la oscuridad de su piel, San Martín lo saludó con ironía: "¡Venga esa blanca mano!" Rehusó defender al gobierno porteño de la insurrección federal, acaudilló a su propio Ejército rebelde y marchó al Perú con el respaldo chileno. Muy cerca de la culminación, optó por hacerse a un lado. Su encuentro con Bolívar quedó velado por un silencio impenetrable.

No quiso entrar en la guerra de unitarios y federales. Se fue a Europa, y sólo se llevó a su hija. Cuando intentó volver, lo disuadieron las renovadas furias e intrigas partidistas. Se alejó, resignando para siempre cualquier ambición. Después, apoyando la resistencia al bloqueo anglo-francés, San Martín legó su sable a Rosas, algo que para muchos fue imperdonable.

Interrogantes y  respuestas

A lo largo del siglo XX, una caudalosa bibliografía enfocó las vinculaciones de San Martín con la política británica y francesa y con la masonería, planteando en forma recurrente la cuestión de sus motivaciones. Si fue tan corta su vivencia infantil de América, si apenas tenía de ella una borrosa imagen, si era un español de pura cepa, si no tenía a nadie aquí, si debía todo a sus padres hispanos y al Reino, es difícil creer en su patriotismo como una pasión determinante, y resulta verosímil la hipótesis de que inicialmente fuera un mercenario o un agente masónico de los proyectos británicos o franceses.

Existe, sin embargo, otra explicación: él era mestizo, de sangre española e indígena, y sufría en carne propia la brutal injusticia del coloniaje que le arrebató a su madre natural. Partiendo de esa versión y los indicios expuestos en un libro que publiqué este año ("Jinetes rebeldes") obtuve la confirmación a través de testimonios concordantes de dos ramas de descendientes de Carlos de Alvear, basados en antiguos documentos de la familia. Los mismos datos que, por otras vías, encontró José Ignacio García Hamilton en la investigación para su biografía "Don José" que acaba de aparecer, corroborados por las memorias manuscritas de Joaquina, una de las hijas de Carlos de Alvear, que obran en poder de Diego Herrera Vegas. Según tales evidencias, José de San Martín era medio hermano de Carlos, por el lado paterno; y su madre era guaraní...

Los hijos de Diego de Alvear

El futuro brigadier de la Armada española don Diego de Alvear y Ponce de León (1749-1830), nacido en Montilla (Córdoba), con ascendientes nobles en Burgos, iba a cumplir 24 años cuando arribó al Río de la Plata en 1774. Tomó parte en las acciones contra los portugueses disputando la Colonia de sacramento y la isla de Santa Catalina, y luego contra los ingleses por las costas del Brasil. En 1778 dirigió una división encargada de ejecutar el tratado de límites sobre los ríos Paraná y Uruguay, iniciando el reconocimiento que se prolongaría durante más de dos décadas.

Entonces, en algún lugar de las antiguas misiones jesuíticas, el inquieto marino se relacionó con una joven guaraní (según una versión oral popular se llamaba Rosa Guarú) que engendró un niño. Lo encomendó al teniente gobernador de la reducción de Yapeyú, el capitán Juan de San Martín, y a su señora Gregoria Matorras, de 40 años cumplidos, que tenía cuatro hijos. Ellos se avinieron a criarlo como propio, y el niño fue José Francisco de San Martín.

La familia tuvo que irse de las Yapeyú tras un desafortunado conflicto con los guaraníes de Santo Tomé. Doña Gregoria marchó primero con los niños; don Juan fue cesando en su cargo, se reunió con ellos en Buenos Aires en 1780, y tres años después viajaron a España. Radicados en Málaga, pasaron penurias económicas, pero cuentan que Diego de Alvear, que no olvidaba su responsabilidad hacia José Francisco, costeó los gastos para que siguiera la carrera militar.

En 1781 Diego de Alvear conoció a Maria Josefa Balbastro, hija de rico comerciante aragonés de Buenos Aires, con la que se casó, la llevó a las Misiones, a Santo Ángel Custodio, y tuvieron nueve hijos, uno de los cuáles fue Carlos, nacido en 1789.

Don Diego retornó con los suyos a Buenos Aires en 1801 y concluyo los relevamientos. En 1804 se embarcó hacia España, pero al llegar se produjo un combate con navíos Ingleses, pereciendo la esposa, siete hijos, un sobrino, cinco esclavos y la mayor parte de los bienes de don Diego.

Prisioneros en Londres, Alvear y su hijo Carlos fueron alojados y tratados caballerosamente. Carlos pudo estudiar y a don Diego le indemnizaron las pérdidas: lo atendió George Canning, que era tesorero de Marina, y establecieron una relación amistosa. Además, conoció una joven inglesa, Luisa Ward, con quien contrajo un nuevo y feliz matrimonio y tuvo más hijos.

En 1806 regresaron a España, don Diego ocupó nuevos destinos militares y retomó contacto con los San Martín. Los ayudó y mantuvo un trato afectuoso con su hijo José Francisco. Carlos, quien también hizo la carrera de las armas, supo que aquél era su medio hermano y fueron grandes camaradas. En 1808, con la invasión napoleónica, los británicos pasaron a ser aliados y enviaron tropas a la península. Al producirse la Revolución de Mayo, Carlos y José concibieron juntos el regreso, contando con la ayuda de los encumbrados parientes de su padre en Buenos Aires.

Buscar a la madre

San Martín y los demás que conocían su filiación guardaron siempre reserva. Para ingresar a su carrera en España fue necesario acreditar que era hijo legítimo, y todos ellos quedaron obligados a mantener esa ficción. En cierto sentido, él vino a América a buscar a su madre. Habló muy poco de sí mismo, y cuando lo hizo omitió referirse a su origen.

Hoy tenemos derecho a saber quién era José de San Martín y a indagar sobre ello. La privacidad de los hombres públicos no puede ser una valla cuando se trata de esclarecer los acontecimientos históricos.

Reconstruir la verdad y reinterpretar el pasado a la luz de estos nuevos datos no es una curiosidad: la condición de mestizo, la impostura en la que se vio obligado a vivir, la relación con su padre natural, fueron componentes decisivos de la personalidad y del rol que desempeñó cuando apostó todo a fundar la Nación.

Esta historia tiene un profundo significado. Don Diego de Alvear tomó una mujer guaraní tal vez por amor, en una relación típica de la conquista, en la que el europeo ejercía un abuso inadmisible. Los cruces interétnicos estaban prohibidos por la legalidad colonial. En el marco de una dualidad que podemos entender pero no justificar, don Diego violó la ley y ocultó su falta, como tantos otros conquistadores a lo largo de tres siglos. Se hizo cargo de su hijo y le buscó un hogar, lo cual, en aquel injusto dilema, era una salida. Implicaba, por cierto, una falsedad, una situación perturbadora, en particular para el hijo privado de su verdadera madre, de su identidad: acaso uno de los males más extensos del tejido social americano.

José de San Martín padeció su "destino sudamericano": no saber quien era, el extrañamiento, la insondable ausencia materna, la conciencia de ser hijo de la violencia de los dominadores sobre los pueblos nativos. Se alzó desafiando al mundo de su padre. Transformó su humillación en rebeldía política. Lo habían educado para guerrear, y le hizo la guerra al rey. Luchó por la igualdad, contra la opresión racista de "los godos". Nada menos que eso: una América independiente y una Europa liberada de su propia alienación colonial.

La persona, la memoria y la significación de San Martín no son patrimonio de una familia, ni siquiera de un país. Es una figura americana y universal. Es hora de terminar con los engaños y saber quién fue.

fuente: http://pampapalabra.freeservers.com/sanmartin.htm

Otros enlaces relacionados:
http://la-chicharraviajera.blogspot.com/2009/08/mestizo-el-origen-mestizo-de-san-martin.html

Video: http://youtu.be/_bQQjLI5bqM

El secreto de Yapeyú
El origen mestizo de San Martín

Hugo Chumbita      Emecé, 2001 

            José de San Martín fue en realidad hijo de Rosa Guarú -una india guaraní que prestaba servicio en la casa de los San Martín en Yapeyú- y Diego de Alvear. Esta tesis, que Hugo Chumbita sostiene y se propone demostrar, se apoya en testimonios escritos de la época y posteriores, pero sobre todo en una tradición oral que se mantuvo viva hasta nuestros días, y en la revelación de un secreto guardado entre  sus descendientes.
            A la luz de esta revelación histórica, la gesta de San Martín y su vida misma aparecen bajo una luz distinta. El hecho sorprendente de que un hombre que residió tres cuartas partes de su juventud en España decida regresar a su tierra natal para emprender una epopeya libertadora, fue a menudo explicado como fruto de la ambición militar y como parte de un plan masónico, que tuvo en la Logia Lautaro su rama americana. Sin excluir estas explicaciones, Chumbita añade otra: San Martín volvió a América en busca de su identidad, movido por el deseo de reivindicación de sus raíces.
            Con rigor y consistencia, el autor de El secreto de Yapeyú discute los distintos aspectos de su teoría, al tiempo que analiza paso a paso la vida de San Martín y las causas que a su juicio explicarían el ocultamiento de su verdadero origen. La figura del máximo héroe de la Patria cobra en estas páginas de lectura apasionante una significación nueva y, sin menoscabo de su estatura y su grandeza, surge el hombre detrás del bronce.

El secreto de Yapeyú
El origen mestizo de San Martín

Hugo Chumbita
http://hugochumbita.com.ar/l_el_secreto.html#

Indice

            Prólogo

                         Primera Parte: LAS INCOGNITAS
            1. El hilo de indicios
            2. El secreto de los yapeyuanos
            3. Las castas y la revolución
            4. Un silencio a voces

                        Segunda Parte: EL ORIGEN
            5. Todos los ríos conducen a Yapeyú
            6. Trayectos por las tierras rojas
            7. Indianos en Cádiz
            8. La pasión eficiente
            9. Hermanos de logia

                        Tercera Parte: LA CAUSA
            10. El reto americano
            11. Misioneros en armas
            12. Protectorado inglés o monarquía inca
            13. Las dos caras de los Andes
            14. El sueño incaico
            15. El límite

                        Cuarta Parte: LAS SOMBRAS
            16. El despatriado
            17. Políticas de la historia
            18. Héroes y tumbas
           
            Epílogo

            Bibliografía
            Indice onomástico          

Prólogo

 La primera noticia del secreto de Yapeyú me llegó en forma casual en 1994, cuando escuché la versión sobre su madre india que el historiador uruguayo Reyes Abadie había recogido entre los pobladores de la costa oriental del río Uruguay. Acudí a la bibliografía y releí las curiosas impresiones de Alberdi en 1843, donde cuenta que tantas veces le habían descripto a San Martín como a un indio, y continué hilvanando indicios en el mismo sentido en los testimonios de otros personajes de la época. ¿Cómo podía haberse oculta­do algo así?
 La tradición oral desafiaba a la histo­ria oficial. Igual que en la saga de los bandoleros campesinos que investigaba entonces, se oían dos campanas: la palabra de la autoridad y la voz popular. Yo había comprobado a menudo que las leyendas o relatos de la memoria colectiva eran más fieles a los hechos que los papeles, certificados y expedientes oficiales que acumulaban pruebas para ocultarlos.
 En 1999 terminé de corregir mi ensayo Jinetes rebeldes, donde esbozaba el tema de la solidaridad de los revolucionarios de Mayo con los indígenas y la participación de éstos en la guerra por la independencia. En el primer capítulo me refería a San Martín, al nombre emblemático de la Logia Lautaro y a su parlamento de 1816 con los caciques de la cordi­llera, en el cual declaró que él también era indio: es evidente que se identificaba con ellos por ser hijo del país o mestizo, si nos atenemos a la versión de que había nacido de madre indígena.
 Comentando aquel pasaje con los editores, Simona Verger, asesora de la colección de historia, acotó que existían cartas o papeles probatorios al respecto en manos de la familia Alvear, aunque tenía entendido que por alguna razón legal "eso no se podía decir". Explicó que ella pertenecía a la familia, pues su apellido materno era Socas Alvear, y prometió consultar a sus parientes. Al fin me dijo que no pudo averiguar más, porque sus tíos no querían hablar.
 Cuando salió el libro, mencionando a la madre indígena de San Martín y la existencia de una versión transmitida en el seno de la familia Alvear, Magdalena Christophersen se comunicó conmigo para confirmar que eso era cierto, y que el verdadero padre no había sido el capitán Juan de San Martín, como algunos pudieron suponer, sino el marino español Diego de Alvear y Ponce de León, explorador de las Misiones y fundador del linaje de los Alvear en América.
 Magdalena pertenecía a una rama de sus descendientes, pues su bisabuelo noruego Pedro Christopher­sen se casó con Carmen de Alvear, nieta del general Carlos de Alvear, hija del médico Diego de Alvear y prima hermana del presidente Marcelo de Alvear. Christophersen colonizó las tierras del sur de Mendoza que su suegro comprara al cacique Goyco, uno de los que acudieron al famoso parlamento con San Martín. Magdalena no conocía a Simona Verger. El secreto se lo contó su padre, quien a su vez lo escuchó de su abuela doña Carmen; pero "no se podía decir", porque el presidente Alvear les había mandado a callar y destruir los documentos.
 Michel Foucault explica que la metodología de las ciencias se basó en Occidente en los modernos procedimientos judiciales para indagar la verdad, con los que guarda estrecha analogía. Es una buena justificación para quienes estudiamos abogacía antes de dedicarnos a la historia. En términos procesales, según un clásico adagio latino testus unus, testus nullus un solo testigo no basta como prueba. Pero habiendo dos testimonios independientes que abonaban el relato de los Alvear, concordantes con la tradición oral y otros indicios, era suficiente para fundar una tesis; así que me puse a redactarla.
  A mediados del año 2000, en vísperas del aniversario sanmartiniano, una nota periodística de José Ignacio García Hamilton en el diario La Nación, anticipando su biografía novelada Don José, generó escandalosas reacciones. La nota comentaba la apariencia de mestizo de San Martín y el rumor de que era medio hermano de Carlos de Alvear, cuyo padre lo habría concebido con una amante india. La cuestión se trataba de manera lateral, sin aclarar si el rumor era cierto; pero lo más chocante era que en el contexto de ese relato aparecía como una imputación descalificatoria. Sobre el punto de la filiación, el autor se basaba principalmente en un fragmento de las memorias de Joaquina, hija de Carlos de Alvear, del que alguien le había facilitado unas fotocopias.
 El original lo tenía el genealogista Diego Herrera Vegas, con quien me puse en contacto de inmediato. Es un libro manuscrito donde doña Joaquina hace una relación de sus antepasados, fechada en Rosario de Santa Fe el 22 de enero de 1877, declarando que fue "hijo natural de mi abuelo, el señor don Diego de Alvear y Ponce de León, habido en una indígena corren­tina, el general José de San Mar­tín", y lo reitera en otras páginas, al referirse a los hermanos carnales José y Carlos, y al narrar una visita que ella hizo a San Martín en Francia. Aunque miembros del Instituto de Ciencias Genealó­gicas y del Instituto Sanmartiniano le aconsejaron no publicar el documento, al haberse roto el voto de silencio, Herrera Vegas entendía que debía salir a la luz, por lo que en el mes de julio del 2000 publicamos un adelanto en el suplemento Zona del diario Clarín.
  Por otro lado, algunos historiadores y varios correntinos residentes en Buenos Aires a quienes consulté, tenían presente una tradición popular que luego me confirmaron antiguos pobladores de Yapeyú según la cual la madre de San Martín había sido la criada de la casa del teniente gobernador, Rosa Guarú o Rosa Cristaldo, a quien los textos de historia recordaban como la nodriza india del niño.  
 Entre los Alvear, muchos estaban al tanto del secreto familiar. El abogado Ramón Santamarina, otro tataranieto del médico Diego de Alvear, que no conocía personalmente a los Verger ni a los Christophersen, lo sabía por su abuela Teodelina Bosch Alvear y se manifestó dispuesto a testimoniarlo. Jorge Emilio y Fernando de Alvear, descendientes directos del general Alvear, también estaban informados de esa tradición, aunque dudaban de la oportunidad de hacerla pública.   
 Convencido de que era hora de comenzar a despejar los misterios mantenidos durante dos siglos, presenté una ponencia en el II Congreso Internacional Sanmartiniano que se realizó en Buenos Aires en el mes de agosto, donde curiosamente ya se había preparado una contra-ponencia dirigida a refutarme. Allí Diego Sarcona esgrimió el argumento de que Diego de Alvear había venido de España recién en 1777, y por lo tanto no era posible que hubiera estado antes en Yapeyú. Lo mismo arguía una carta a La Nación de la historiadora Florencia Grosso, a quien contestamos por igual medio señalando que se trataba de un error, proveniente de una mala información de Pedro de Angelis: tal como lo prueba la foja de servicios publicada por Sabina de Alvear y Ward, corroborada por Paul Groussac y por las biografías de Gregorio F. Rodríguez y Pedro Fernández Lalanne, Diego de Alvear llegó al Río de la Plata en 1774.     
 Por otra parte, fuimos con Herrera Vegas y Ramón Santamarina a la Comisión de Cultura del Senado, donde planteamos el interés público que revestía la filiación del Padre de la Patria y  propusimos realizar la prueba del ADN para establecer la verdad. Consultados sobre el tema los directivos del Instituto Sanmartiniano y de la Academia Nacional de la Historia, se opusieron a nuestra iniciativa en forma terminante.
 En la semana del Sesquicentenario, los medios de comunicación dieron cuenta de la polémica. El general Soria, titular del Instituto Sanmartiniano, hizo declaraciones por televisión atribuyendo todo a una conspiración subversiva indigenista. Desde el palco del desfile militar del 17 de agosto, el mismo general pronunció una arenga contra quienes pretendían agraviar la memoria del Libertador, y el discurso del presidente Fernando De la Rúa ratificó la versión oficial acerca de quiénes eran los padres de San Martín, dando a entender además que el gobierno mantendría "la inviolabilidad de sus cenizas", en obvia alusión a nuestro planteo del ADN. 
 De todas maneras, el ingeniero Jorge Emilio de Alvear accedió a nuestro pedido de depositar una muestra de sangre en el Banco Nacional de Datos Genéticos, en previsión de que más adelante puedan realizarse los estudios correspondientes.
 Proyectamos publicar las memorias de Joaquina de Alvear y continuamos investigando. Reastreando las testamentarías de la familia, Herrera Vegas localizó en el Archivo Histórico Juan Marc de Rosario un juicio de insanía iniciado por el marido de Joaquina, en el cual la habían declarado incapaz por "erotómana". Ello explica que sus manuscritos quedaran en poder del abuelo médico de Herrera Vegas, que fue co-director del Instituto Frenopático de Buenos Aires donde la internaron en sus últimos años.
 Cuando Herrera Vegas encontró aquel expediente, la historiadora Patricia Pasquali publicó en la prensa el hallazgo para descalificar las afirmaciones de "la loca" Joaquina. Sin embargo, tal como sostuvimos en una controversia periodística con ella, esos escritos no han perdido valor testimonial: desde el punto de vista estrictamente jurídico, porque fue declarada demente en fecha posterior a la de sus escritos; desde el punto de vista psiquiátrico, porque la perturbación mental llamada "erotomanía" no afecta la memoria ni otras capacidades intelectuales del paciente; y desde el punto de vista historiográfico y de sentido común, porque su testimonio coincide con el de otros miembros de cinco ramas distintas de la familia Alvear que no se conocían entre sí ni conocían la existencia de los manuscritos de Joaquina.  
 Aunque la investigación no estaba concluida, confiábamos en que la primera edición del presente libro (2001) iba a servir para difundir y debatir la cuestión y encontrar otras evidencias. Algo de todo ello ocurrió.
 Una crítica bibliográfica de Guillermo Palombo en la revista Historiografía Rioplatense, a pesar de su diametral discrepancia con nuestra tesis, confirmó la inexistencia de la fe de bautismo de San Martín publicada por el fraile Saldaña Retamar, que engañó a varios historiadores desprevenidos, y también aportó noticia de una carta de Diego de Alvear refiriéndose a "mis hijos", que parece haber desaparecido.
 En España, contrastamos nuestro enfoque con el de algunos historiadores militares que estudiaron la trayectoria de San Martín en la península, y pude consultar, entre otros documentos, los archivos acopiados por Sabina de Alvear y Ward para la biografía de su padre, que me permitieron comprender mejor las posiciones de don Diego de Alvear en el cuadro político de comienzos del siglo XIX. Sus descendientes actuales nos ratificaron la tradición familiar de que él había pagado la carrera militar a José de San Martín, y averiguamos que, en efecto, en aquellos años hacía llegar dinero a Montilla.
 Acerca de esa ayuda económica de don Diego, hallamos otra pista significativa en el "corto capital" que San Martín trajo a Buenos Aires en 1812.      
 Inesperadamente, un libro de homenaje editado en Chile para el año 2000, prologado y avalado por las autoridades del Museo Histórico Nacional y el Instituto Sanmartiniano de la Argentina, reveló un fragmento inédito del famoso Diario de viaje de Mary Graham, donde describe físicamente a San Martín y asevera que se lo consideraba "de raza mixta".
 No cabe duda que entre las familias patricias porteñas se transmitieron hasta nuestros días las versiones sobre el origen oculto de San Martín. Eduardo Belgrano Rawson lo llama "el Indio" en su novela Noticias de América, porque encontró que así lo apodaban sus propios amigos en cartas de la época. Adolfo Bioy Casares puntualiza en su diario íntimo Descanso de caminantes haber oído contar en 1986 que Diego de Alvear era el verdadero padre de San Martín, y añade que el regreso en barco de sus dos hijos a pelear por la emancipación de América le sugiere "el primer capítulo de una novela" que le habrá tentado escribir.
 El lingüista Enrique Marcó del Pont, más conocido como Rumi Ñawi, me prestó su colaboración para rescatar, traducir y analizar las olvidadas proclamas en quichua de San Martín y de O'Higgins.
 En Lima y en Cuzco, el intercambio de libros y datos con historiadores peruanos me ayudó a interpretar con mayor fundamento los intrincados dilemas de la cuestión social y los conflictos étnicos que debió afrontar el Libertador en su campaña militar y su gobierno del Protectorado.  
 Visitando la provincia de Misiones tuve ocasión de comprobar la difusión que alcanzó la tradición oral acerca de la madre guaraní de San Martín en esa región. Además, verifiqué en los censos que guarda el Archivo Histórico de Corrientes la continuidad de la familia de Rosa Guarú, y nos pusimos en contacto por fin con una rama de descendientes de apellido Cristaldo, que mantuvieron la memoria de sus raíces en la zona de Yapeyú.
En la presente reedición incorporamos entonces nuevos elementos de juicio, que coinciden y refuerzan las evidencias. Creo que estamos cerca del final del laberinto. Las páginas que siguen buscan esclarecer la verdad en torno al nacimiento de San Martín y lo que ello significó en su vida: el origen de un hombre que resulta inseparable del origen de una nación.

* * *

Primera Parte: LAS INCOGNITAS

Tu color es indio
como el urunday,
no has nacido en vano
junto al Uruguay.  

 Guillermo Perkins Hidalgo, Yapeyú

 1
 El hilo de indicios

 En el trayecto relumbrante de José Francisco de San Martín, gobernando pueblos, conduciendo homéricas batallas y dando ejemplo con sus gestos públicos, llama la atención sin embargo el paradójico misterio que hasta hoy recubre sus movimientos entre los bastidores del poder, bajo el juramento de silencio de las logias, el carácter subrepticio de sus pasos políticos, en los que parecía ocultar siempre la última baraja, así como la enigmática reserva que se empecinó en guardar sobre sus negocios y otros aspectos privados de su vida.
 Una de tantas incógnitas, la primera con que tropezaron los historiadores, es la de su fecha del naci­miento. La fe de bautismo nunca se encontró. Ello se atribuye a la devastación de Yapeyú en 1817, cuando los portugueses incendiaron el pueblo para destruir las bases guaraníes de la resistencia artiguista. No obstante, hay memoria de que los habitantes se retira­ron y salvaron el ajuar de la iglesia en el cual debían estar los libros parroquiales antes de que llegaran los invasores (1).
Una supuesta acta de bautismo publicada en 1921, que logró confundir a algunos, resultó ser una invención para salvar aquella laguna documental (2). 
 Dos amigos de San Martín el encargado de negocios chileno Francisco J. Rosales y el abogado y periodista francés Adolfo Gérard hicieron constar detalladamente en la partida de defunción que tenía 72 años, 5 meses y 23 días. Aunque ese mismo documento incurría en varios errores, al mencionar a su padre como "coronel" y "gobernador" de Misiones y a su madre como "Francisca de Matorras", Bartolomé Mitre se atuvo a la misma para dictaminar que el Libertador había nacido el 25 de febrero de 1778 y por lo tanto era el cuarto hijo del capitán San Martín con Gregoria Matorras (3)    

   José Pacífico Otero cuestionó esa fecha al encontrar una copia de la partida de la presunta hija menor María Elena, que según se supo después estaba inexplicablemente adulterada. Ello se aclaró cuando el historiador uruguayo Azarola Gil dio a conocer en 1936 las partidas de bautismo de los tres hijos mayores del matrimo­nio, halladas en los libros de la Parroquia de Las Víboras, en Las Vacas, juris­dicción de Colonia. María Elena había nacido el 18 de agosto de 1771, Manuel Tadeo el 28 de octubre de 1772 y Juan Fermín Rafael el 5 de febrero de 1774. La Acade­mia Nacional de la Historia, que había refrendado las afirmaciones de Mitre, tuvo que admitir que los vásta­gos no eran cuatro sino cinco: el cuarto, Justo Rufino, habría nacido en Yapeyú en 1776, y José Francis­co pasó a ser el quinto 1. 
 Sobre el día y el mes de nacimiento hay una inesperada contradicción en el propio texto de Mitre, que probablemente se traiciona siguiendo otras fuentes cuando, al relatar los hechos militares en Chile, en vísperas de Cancha Rayada, habla de "la mañana del 16 de marzo, aniversario del natalicio de San Martín" 2.
 En cuanto al año, varias atestaciones sobre su edad no concuerdan con la partida de defunción. Según una foja de servi­cios expedida por las autoridades españolas, el 30 de abril de 1803 tenía 23 años, lo que indica­ría que nació en 1780, o en 1779 si fuera nacido en un mes posterior a abril. Según la foja de servicios de fin de diciem­bre de 1804 su edad era 25 años, lo cual nos remite a 1779. Según otra de estas certificaciones, a fin de julio de 1808 tenía 27 años, o sea que habría nacido en 1781 o 1780; aunque Mitre, al encontrar varios errores en el documento, dedujo que fue redactado por algún ayudante del regimiento poco entendido y recomendó no tomarlo al pie de la letra 3.
 En el acta de solicitud de esponsales del 29 de agosto de 1812 consta que tenía 31 años, seguramente por sus propios dichos. En el pasaporte con el que entró a Francia en 1828 figura con 47 años. En una carta a Tomás Guido del 1º de febrero de 1834, menciona tener "53 años", y en otra del 20 de agosto de 1843 habla de sus "64 navidades" 4. En la carta al mariscal Castilla del 11 de septiembre de 1848 se refiere a sus "71 años" 5. Sorprende la imprecisión de estas manifestaciones, que tampoco coinciden entre sí, y de las cuales resulta que podría haber nacido en cualquiera de los años entre 1777 y 1781: como si él mismo dudara de la fecha exacta.
 Por otra parte ¿qué edad tenía cuando se incorporó al Regimiento Murcia en julio de 1789? Un historiador militar español puntualiza que las Ordenanzas del Ejército instituidas por Carlos III en 1768 establecían el mínimo de doce años para el ingreso de los cadetes, y da ejemplos de que el requisito se observaba rigurosamente; por lo cual San Martín tendría que haber nacido antes de julio de 1777 (9). En realidad, esto no hace más que reforzar la presunción de que sus datos personales fueron manipulados para adecuarlos a las exigencias reglamentarias. 
 Al embarcarse para España la familia San Martín y Matorras, en noviembre de 1783, en la fragata Santa Balbina regis­traron que José Francisco tenía seis años, de lo que podría deducirse que nació en 1777; pero las edades de los niños seguramente fueron declaradas en forma aproximada, sin verificación documental, pues a Juan Fermín le adjudican "diez años", que recién iba a cumplir en febrero del año siguiente (10).
 En vista de la exigua certeza que aportan los documentos, sólo es posible afirmar que José Francisco de San Martín habría nacido alrededor de 1778.
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Dadas las creencias religiosas, las costumbres y la legislación de la época, es comprensible que se encubriera la existencia de una filiación irregular. El supuesto ingreso de José Francisco al Real Seminario de Nobles en Madrid, argüido por Mitre, ha sido refutado por investigaciones posteriores que no encontraron ningún rastro de él en los registros del alumnado. Pero para iniciar su carrera como cadete en un Regimiento de Málaga, que sí está comprobado, debieron invocar su legitimidad como hijo de un oficial con grado de capitán (11).

Gregoria Matorras lo incluyó entre sus "cinco hijos legítimos" en el testamento que dictó en 1803. Es obvio que, si así había tenido que decla­rarlo antes a las autoridades militares, no iba a desdecirse en ese acto (12).

Tanto al solicitar esponsales como al contraer matrimonio en 1812, él también manifestó ser hijo legítimo de Juan de San Martín y Gregoria Matorras. Aunque no fuera cierto, ¿qué podía decir un re­cién llegado que necesita­ba hacer pie en la sociedad porteña y afrontaba la hostilidad de la familia de la novia, precisamente por su dudosa posición social? Observemos además que en la primera de estas actas, su padre y madre figuran como "ya difuntos", siendo que doña Gregoria falleció en 1813. ¿Cómo pudo cometerse tamaño error? ¿Fue él quien la dio por muerta? ¿Era un mero desliz, un acto fallido o una señal intencionada de que no era su verdadera madre? Cualquiera sea la explicación, revela la poca confiabilidad de tales atestaciones (13).

Él mismo habló muy poco de su historia personal. Cuando le envió al mariscal Castilla una síntesis autobiográfica, lo único que dijo sobre su origen fue lo que todos ya sabían: que había nacido en Yapeyú (14).
 
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 El aspecto físico de José Francisco, de acuerdo a expresiones coincidentes de las personas que lo conocieron, difería netamente del de sus presuntos padres. Juan de San Martín, como surge de su foja de reclutamiento, era rubio, de ojos "garzos" (azulados), de muy corta estatura (cinco pies y una pulgada, en medida castellana, equivalentes a 1,43 m) y Gregoria Matorras era blanca y "noble"; ambos "cristianos viejos" de probada "pureza de sangre", sin mezcla de infieles, moros ni judíos, según justificara el cuarto de sus hijos, Justo Rufino, en el expediente para ser admitido como guardia de corps en España (15).

Juan Bautista Alberdi, tras entrevistar en París a don José de San Martín al fin del verano de 1843, escribió que era "un poco más alto que los hombres de mediana estatu­ra" y que "yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado". Sin embargo, agrega, "no es más que un hombre de color moreno de los tempera­mentos biliosos". Más allá de lo que entendiera Alberdi por tipo bilioso, constataba su tez oscura; y aunque el sentido de la frase es que no parecía un indio, por algún motivo "tantas veces" se lo habían pintado de esa manera (16).

Gerónimo Espejo, oficial del Ejército de los Andes, anotó que "era de una estatura más que regular; su color, moreno, tostado por las intemperies; nariz aguileña, grande y curva; ojos negros grandes" y pelo "negro, lacio". Es probable que luciera tostado por el sol, pero Espejo dice además moreno, de ojos y pelo negro. Guillermo Miller, otro militar con quien tuvo estrecho trato, lo describió "alto, grueso", de "rostro interesante, moreno, y ojos negros, rasgados y penetrantes" (17)

Los testimonios de los viajeros ingleses Samuel Haigh y Basi­lio Hall concuerdan en su elevada estatura y el "color aceitunado oscuro" de su semblante, así como el cabello y los ojos negros. Según John Miers, era "alto y fornido", de "tez cetrina". Algo semejante escribió el agente norteameri­cano William Worthinghton: "casi seis pies de estatura, cutis muy amarillento, pelo negro y recio, ojos negros" (18). Aclaremos que se refiere naturalmente a seis pies anglosajones y no castellanos, que equivalen a algo más de 1,80 m. 

Pastor S. Obligado, atento recopilador de la tradición oral de aquella época, lo caracterizó "bastante bronceado, de rostro angulo­so", "aunque no tan moreno como Santa Cruz, Gamarra y Castilla" y "más claro que muchos de los generales de Bolívar"; no obstante, añadía, los godos le llamaron "indio misionero", y el general francés Miguel Brayer, que había estado a sus órdenes hasta ser destituído en la mañana de la batalla de Maipú, lo tachó de "tape de Yapeyú" (19).

En Chile, evoca Benjamín Vicuña Mackenna, era considerado "un paraguayo, el ‘mulato san Martín', como llamaban los señores vecinos del Mapocho al ilustre criollo" (20).
"El cholo de Misiones" es otra calificación que le daban los españo­les, según consigna José Pacífico Otero al hablar de su campaña en territorio peruano (21).
 
Los contemporáneos que narran su aspecto destacan pues la altura, el cabello negro y la piel morena, en marcado contraste con la apariencia y antecedentes conocidos de Juan de San Martín y Gregoria Matorras. E­llo se refleja mejor en algunas imágenes poco divulgadas, como un grabado de Manuel Núñez de Ibarra (1818), la litografía de Théodore Geri­cault (circa 1819), el grabado que hizo Robert Cooper en Londres (1821) y un óleo de Francis Martín Drexel (1827); también en el único retrato incuestiona­ble de la iconogra­fía, los daguerrotipos de su vejez (1848) que muestran la estampa de un típico criollo, de rasgos pronunciados, con su cabellera blanca completa (22).
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Otras señales acerca del origen de San Martín provie­nen de sus propias expresiones recogidas por algunos allegados.
 En los preparativos de la campaña a Chile, a fines de 1816, un grupo de caciques pehuen­ches lo visitó en el campamento de El Plumerillo. Manuel de Olazá­bal, testigo de la reunión, narra que el general expuso el plan de pasar los Andes para acabar con los godos que habían robado la tierra de sus antepasa­dos y les dijo "yo también soy indio" (23).
 Pastor S. Obligado titula un capítulo de sus Tradiciones de Buenos Aires "Un cuento que no se puede contar", donde abunda en insinuaciones sobre el origen indígena de San Martín, y menciona la "creen­cia vulgari­zada" de que "procedía de muy modesto linaje, al menos por la línea materna" (24). Siendo notorio que Gregoria Mato­rras, prima del gobernador de Tucumán y explorador del Chaco don Gerónimo de Mato­rras, era de una familia de mayor lustre que la del simple "hijo de labrador" Juan de San Martín, no se refería a ella al aludir a la línea mater­na. ¿A quién se refería entonces? Sólo una india podía ser inferior en linaje a un campesino español (25).
 Las medias palabras de Obligado se aclaran cuando afirma que los enemigos del Libertador lo apodaban tape o indio, "rumor al que pudo contribuir la anécdota siguiente". La anécdota la contó el mismo San Martín en Francia a un grupo de amigos americanos. Poco después de la muerte del banquero Aguado, al saberse que éste lo había nombrado albacea de su cuantiosa fortuna, se le apersonó un andaluz cargado de pergaminos para enterarlo de la alcurnia de sus ascendientes paternos; y aunque él negó tener antepasados nobles, el otro insistió en documentarle sobre esos títulos.
 Hasta que, "harto fastidiado con el papeluchista, mirando para todas partes, observando si no había persona que nos oyera, y alzando los ojos al cielo, al pedir interiormente perdón a mi honrada madre por la figura a que las circunstancias me obligaban, grité airado, zamarreando el brazo de ese falsificador de noblezas:
 -Mire, señor pollino, yo no soy ese tal Conde de San Martín, porque soy hijo de una gran... recluta, que hacía la guardia con mi padre en Misiones (26).
Con lo que -concluía San Martín- el inventor de mi nobiliario, recogiendo papeles y arrollando azorado el árbol genealógico muy lindamente pintado, salió todo corrido como rata por tirante, sin una pluma del que él creyó desplumar, al día siguiente de suponer muy rico y muy vanidoso al indio misionero".
 
Uno de los primeros y más escrupulosos biógrafos de San Martín, Benjamín Vicuña Mackenna, hizo una aserción coincidente. En unos artículos firmados con seudónimo para el diario El Mercurio de Valparaíso, en agosto de 1871 que incluyó en un libro editado al año siguiente relataba el retiro del general en Europa bajo el subtítulo "Revelaciones íntimas". La fuente principal de esta "vida íntima" habrían sido confidencias de los familiares de su entorno, es decir Mercedes y Mariano Balcarce: "no ha sido recogida, como se habrá echado de ver, ni en la leyenda prodigiosa de los pueblos, ni en los pomposos boletines de los historiadores, sino en el hogar".
 Al sondear sus actitudes y explicar su carácter, Vicuña Mackenna afirmaba que "el instinto del insurgente, es decir, del criollo, triunfó siempre de la idea especulativa" y llegaba a una conclusión inequívoca: "había servido a la independencia americana porque la sentía circular en su sangre de mestizo" (27).

(1) Hernán F. Gómez, Yapeyú y San Martín, 1923, pp. 66 y ss.1.
(2) Publicada por fray Reginaldo de la Cruz Saldaña Retamar, en revista Ensayos y rumbos, Nº 9, Buenos Aires, septiembre 1921; reproducida por Virgilio Martínez de Sucre, La educación del Libertador San Martín, 1950, p.
(3) Acta de defunción de SM, en INS, DHLGSM, tomo I, p. 417. Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de
     la emancipación sudamericana, 1887-1890, p. 120.
(4) Luis Enrique Azarola Gil, Los San Martín en la Banda Oriental,1936. Actas de bautismo y otros documentos en      INS,DHLGSM,tomo I.B.Mitre,Historia de San Martín(versión del compendio de W.Pilling),1950,p.32,nota 2.
(5) B. Mitre, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, tomo II, p. 131.
(6) Foja de servicios de 1803: José P. Otero, Historia del Liberta­dor don José de San Martín, tomo I, apéndice, documen­to A. Fojas de 1804 y 1808: INS, DHLGSM, p. 350 y p. 362.
(7) Acta de esponsales: Juan E. Guastavino, La cuna de San Martín, 1915, pp. 47-48. Pasaporte: véase Rodolfo A. Pacheco, ob. cit. Cartas a Guido de 1834 y 1843: Patricia Pasquali, San Martín confidencial, 2000, p. 276 y p. 323.
(8) Carta al mariscal Ramón Castilla, 11 de setiem­bre de 1848. MHN, SMSC, tomo II, p. 296.
(9) Jorge G. Guillén Salvetti, "El viaje a España de la familia San Martín en la fragata Santa Balbina", en A. Lago Carballo (coord.), Vida española del General San Martín, 1994, p. 26.
(10) Jorge G. Guillén Salvetti, ob. cit., p. 25.
(11) Solicitud de SM el 1 de julio de 1789. INS, DHLGSM, t. I, p. 317.
(12) Testamento notarial en Madrid, 1º de junio de 1803. INS, DHLGSM, tomo I, p. 23-27.
(13) Acta de esponsales, citada. Acta de matrimonio, 12 de septiembre de 1812: INS, DHLGSM, t. I, p. 406.
(14) Carta del 11 de setiembre de 1848, antes citada.
(15) Pedro de Burgos, "La hoja de servicios del capitán Juan de San Martín", en A. Lago Carballo (coord.), ob. cit., pp. 33-34. El pie de Castilla se divide en 12 pulgadas y equivale a 27,86 cm. Testimonios sobre "limpieza de sangre" de Justo Rufino: INS, DHLGSM, tomo I, pp. 161-168.
(16) Juan B. Alberdi, "El general San Martín en 1843", en Obras Comple­tas, 1886-87, tomo 2, p. 335 y ss.
(17) G. Espejo, El paso de los Andes, 1882, en José Luis Busaniche, San Martín visto por sus contemporáneos, 1942, p. 143. Memorias del General Miller, 1997, p. 384.
(18) S. Haigh, Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú, 1920, B. Hall, El General San Martín en el Perú, 1920, y W. Worthinghton, Diplomatic corrrespondence of the United States, concer­ning the indepen­dence of the Latin American nations, 1925, en J. L. Busaniche, ob. cit., p. 81, p. 175 y p. 104 respectivamente. J. Miers, en S. Samuel Trifilo, La Argentina vista por viajeros ingleses. 1810-1860, Buenos Aires, Gure, 1959, p. 143.
(19) J. Dose de Zemborain, El General San Martín en las Tradiciones de Pastor S. Obligado, 1950, p. 43.
(20) "La memoria y la rehabilitación de San Martín en Chile", en Obras Completas de Vicuña Mackenna, p. 423.
(21) José P. Otero, ob. cit., tomo III, p. 226.
(22) Bonifacio del Carril, Iconografía del general San Martín, 1971. Artículos de Bartolomé Descalzo y de Pablo Ducrós Hicken en San Martín. Revista del Instituto Sanmarti­niano, Nº 28, 1950, y Nº 30, 1952.
(23) "Reminiscencias de algunas generalidades características del Gran Capitán Generalísimo Libertador de Chile y Perú don José de San Martín", manuscrito de Olazábal, en J. L. Busaniche, ob. cit., p. 40-42. Ricardo Rojas, El santo de la espada, 1949, p. 162.
(24) J. Dose de Zemborain, ob. cit., p. 42-49.
(25) En las fojas de servicios de Juan de San Martín de 1776 y 1777 consta su "calidad: hijo de labrador". INS, DHLGSM, tomo I, p. 24 y 26.
(26) La expresión "pollino" (borrico, asno joven) está empleada en el sentido de necio. "Recluta" debería leerse "puta", teniendo en cuenta que en el comienzo del capítulo Obligado dice: "velando con ligero antifaz la crudeza de soldadesca expresión de campamento, como ella entraña su moraleja, trataremos de que al menos malicioso se transparente lo que no quisiéramos pronunciar".
(27) B. Vicuña Mackenna, "El general San Martín. Revelaciones íntimas", en Obras completas, p.390 y p.382.

fuente: http://hugochumbita.com.ar/l_el_secreto.html#

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Programa de radio "Hacha y Tiza"

Conducida por el historiador y periodista Hugo Chumbita, cada programa se propone profundizar un tema o un personaje histórico que actúa como eje articulador de un puñado de tópicos vinculados a él. En la senda de otros historiadores que se acercaron al medio, la mirada de Chumbita se inclina más hacia los sucesos y la caracterización de los personajes que a las raices estructurales de los procesos históricos... Por su parte, su conocimiento sobre diversos aspectos de la cultura popular aporta una mirada original.
...Hacha y Tiza es un programa entretenido para aficionados a la historia. Para escuchar tranquilo, a ritmo de sábado por la tarde.

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