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29 Septiembre 2011

Haití, país ocupado

Por Eduardo Galeano

Consulte usted cualquier enciclopedia. Pregunte cuál fue el primer país libre en América. Recibirá siempre la misma respuesta: los Estados Unidos. Pero los Estados Unidos declararon su independencia cuando eran una nación con seiscientos cincuenta mil esclavos, que siguieron siendo esclavos durante un siglo, y en su primera Constitución establecieron que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona.

Y si a cualquier enciclopedia pregunta usted cuál fue el primer país que abolió la esclavitud, recibirá siempre la misma respuesta: Inglaterra. Pero el primer país que abolió la esclavitud no fue Inglaterra sino Haití, que todavía sigue expiando el pecado de su dignidad.

Los negros esclavos de Haití habían derrotado al glorioso ejército de Napoleón Bonaparte y Europa nunca perdonó esa humillación. Haití pagó a Francia, durante un siglo y medio, una indemnización gigantesca, por ser culpable de su libertad, pero ni eso alcanzó. Aquella insolencia negra sigue doliendo a los blancos amos del mundo.

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De todo eso, sabemos poco o nada.

Haití es un país invisible.

Sólo cobró fama cuando el terremoto del año 2010 mató a más de doscientos mil haitianos.

La tragedia hizo que el país ocupara, fugazmente, el primer plano de los medios de comunicación.

Haití no se conoce por el talento de sus artistas, magos de la chatarra capaces de convertir la basura en hermosura, ni por sus hazañas históricas en la guerra contra la esclavitud y la opresión colonial.

Vale la pena repetirlo una vez más, para que los sordos escuchen: Haití fue el país fundador de la independencia de América y el primero que derrotó la esclavitud en el mundo.

Merece mucho más que la notoriedad nacida de sus desgracias.

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Actualmente, los ejércitos de varios países, incluyendo el mío, continúan ocupando Haití. ¿Cómo se justifica esta invasión militar? Pues alegando que Haití pone en peligro la seguridad internacional.

Nada de nuevo.

Todo a lo largo del siglo diecinueve, el ejemplo de Haití constituyó una amenaza para la seguridad de los países que continuaban practicando la esclavitud. Ya lo había dicho Thomas Jefferson: de Haití provenía la peste de la rebelión. En Carolina del Sur, por ejemplo, la ley permitía encarcelar a cualquier marinero negro, mientras su barco estuviera en puerto, por el riesgo de que pudiera contagiar la peste antiesclavista. Y en Brasil, esa peste se llamaba haitianismo.

Ya en el siglo veinte, Haití fue invadido por los marines, por ser un país inseguro para sus acreedores extranjeros. Los invasores empezaron por apoderarse de las aduanas y entregaron el Banco Nacional al City Bank de Nueva York. Y ya que estaban, se quedaron diecinueve años.

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El cruce de la frontera entre la República Dominicana y Haití se llama El mal paso.

Quizás el nombre es una señal de alarma: está usted entrando en el mundo negro, la magia negra, la brujería...

El vudú, la religión que los esclavos trajeron de Africa y se nacionalizó en Haití, no merece llamarse religión. Desde el punto de vista de los propietarios de la Civilización, el vudú es cosa de negros, ignorancia, atraso, pura superstición. La Iglesia Católica, donde no faltan fieles capaces de vender uñas de los santos y plumas del arcángel Gabriel, logró que esta superstición fuera oficialmente prohibida en 1845, 1860, 1896, 1915 y 1942, sin que el pueblo se diera por enterado.

Pero desde hace ya algunos años, las sectas evangélicas se encargan de la guerra contra la superstición en Haití. Esas sectas vienen de los Estados Unidos, un país que no tiene piso 13 en sus edificios, ni fila 13 en sus aviones, habitado por civilizados cristianos que creen que Dios hizo el mundo en una semana.

En ese país, el predicador evangélico Pat Robertson explicó en la televisión el terremoto del año 2010. Este pastor de almas reveló que los negros haitianos habían conquistado la independencia de Francia a partir de una ceremonia vudú, invocando la ayuda del Diablo desde lo hondo de la selva haitiana. El Diablo, que les dio la libertad, envió al terremoto para pasarles la cuenta.

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¿Hasta cuándo seguirán los soldados extranjeros en Haití? Ellos llegaron para estabilizar y ayudar, pero llevan siete años desayudando y desestabilizando a este país que no los quiere.

La ocupación militar de Haití está costando a las Naciones Unidas más de ochocientos millones de dólares por año.

Si las Naciones Unidas destinaran esos fondos a la cooperación técnica y la solidaridad social, Haití podría recibir un buen impulso al desarrollo de su energía creadora. Y así se salvaría de sus salvadores armados, que tienen cierta tendencia a violar, matar y regalar enfermedades fatales.

Haití no necesita que nadie venga a multiplicar sus calamidades. Tampoco necesita la caridad de nadie. Como bien dice un antiguo proverbio africano, la mano que da está siempre arriba de la mano que recibe.

Pero Haití sí necesita solidaridad, médicos, escuelas, hospitales y una colaboración verdadera que haga posible el renacimiento de su soberanía alimentaria, asesinada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras sociedades filantrópicas.

Para nosotros, latinoamericanos, esa solidaridad es un deber de gratitud: será la mejor manera de decir gracias a esta pequeña gran nación que en 1804 nos abrió, con su contagioso ejemplo, las puertas de la libertad.

(Este artículo está dedicado a Guillermo Chifflet, que fue obligado a renunciar a la Cámara de Diputados del Uruguay cuando votó contra el envío de soldados a Haití.)

* Texto leído ayer por el escritor uruguayo en la Biblioteca Nacional en el marco de la mesa-debate "Haití y la respuesta latinoamericana", en la que participaron además Camille Chalmers y Jorge Coscia.

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-177742-2011-09-28.html
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Derechos de los Pueblos Indígenas49 agosto 11, 2008 Cultura, Sociedad Elizabeth

"Cuidando su Protegido". Niña Yanacona. Macizo Colombiano.
La Asamblea General de la ONU aprobó el 13 de septiembre de 2007, la Declaración de Derechos de los Pueblos Indígenas, un instrumento internacional cuyas negociaciones tomaron dos décadas y que protegerá a más de 370 millones de personas pertenecientes a esas comunidades en todo el mundo.

La Declaración consta de 46 artículos y establece parámetros mínimos de respeto a los derechos de los pueblos indígenas, que incluyen propiedad de la tierra, acceso a los recursos naturales de los territorios donde se asientan, respeto y preservación de sus tradiciones y autodeterminación.

El documento también reconoce derechos individuales, y colectivos relativos a la educación, la salud y el empleo.

Uno de los puntos más importantes del texto es el referente al apego de los indígenas a la tierra. Varios artículos mencionan su derecho a poseerlas, utilizarlas y desarrollarlas.

En este sentido, dispone que los Estados aseguren el reconocimiento y la protección jurídica de esas tierras, territorios y recursos y que no procedan a ningún traslado "sin el consentimiento libre, previo e informado de los pueblos indígenas interesados, ni sin un acuerdo previo sobre una indemnización justa y equitativa".

El texto también hace hincapié en la importancia de la educación bilingüe y apunta a la implementación de medidas especiales para asegurar el mejoramiento continuo de las condiciones económicas y sociales de los ancianos, mujeres y menores, en particular.

La Declaración no es jurídicamente vinculante, pero representa un instrumento dinámico en las normas internacionales, que ayudaría a proteger a los indígenas contra la discriminación y marginación.

Considerando que el respeto de los conocimientos, las culturas y las prácticas tradicionales indígenas contribuye al desarrollo sostenible y equitativo y a la ordenación adecuada del medio ambiente,

Reafirmando que, en el ejercicio de sus derechos, los pueblos indígenas deben estar libres de toda forma de discriminación,

Reconociendo también que la situación de los pueblos indígenas varía según las regiones y los países y que se debe tener en cuenta la significación de las particularidades nacionales y regionales y de las diversas tradiciones históricas y culturales,

La Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas, proclama como ideal común que debe perseguirse en un espíritu de solidaridad y respeto mutuo.

Una muestra del texto se presenta a continuación:

Artículo 1
Los indígenas tienen derecho, como pueblos o como personas, al disfrute pleno de todos los derechos humanos y las libertades fundamentales reconocidos por la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración Universal de Derechos Humanos y la normativa internacional de los derechos humanos.

Artículo 2
Los pueblos y las personas indígenas son libres e iguales a todos los demás pueblos y personas y tienen derecho a no ser objeto de ninguna discriminación en el ejercicio de sus derechos que esté fundada, en particular, en su origen o identidad indígena.

Artículo 25
Los pueblos indígenas tienen derecho a mantener y fortalecer su propia relación espiritual con las tierras, territorios, aguas, mares costeros y otros recursos que tradicionalmente han poseído u ocupado y utilizado de otra forma y a asumir las responsabilidades que a ese respecto les incumben para con las generaciones venideras.

Artículo 34
Los pueblos indígenas tienen derecho a promover, desarrollar y mantener sus estructuras institucionales y sus propias costumbres, espiritualidad, tradiciones, procedimientos, prácticas y, cuando existan, costumbres o sistemas jurídicos, de conformidad con las normas internacionales de derechos humanos.

Artículo 43
Los derechos reconocidos en la presente Declaración constituyen las normas mínimas para la supervivencia, la dignidad y el bienestar de los pueblos indígenas del mundo.

Artículo 44
Todos los derechos y las libertades reconocidos en la presente Declaración se garantizan por igual al hombre y a la mujer indígenas.

fuente:
http://www.biosferamexico.org/geomosaico/2008/08/11/derechos-de-los-pueblos-indigenas/
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Bolivia: Un territorio para la Nación Guaraní

Muy cerca de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, una comunidad guaraní consiguió que se les entregue un territorio que ancestralmente les había pertenecido usando una figura llamada "reversión" -los propietarios que no producen en condiciones dignas pueden ser expropiados sin indemnización-; es que los ahora propietarios y propietarias habían sido tratados como esclavos en la misma hacienda que ahora empiezan a administrar.

Por Maria Sol Wasylyk Fedyszak
Desde Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

"Un día se decidió que tenía que comenzar el saneamiento territorial porque los hermanos venían sufriendo en las haciendas como esclavos. No sólo hombres sino mujeres, niños y ancianos. Se ha visto el sufrimiento de los hermanos. Ha habido denuncias de violaciones de niñas en las haciendas por parte de los propietarios, de sus hijos y fruto de esas relaciones hay hermanos guaraníes. Y así empieza la lucha", expresa Delina Cumandiri en un encuentro que recordó la lucha de mujeres y hombres guaraníes de Bolivia por recuperar su territorio. Esa hacienda en la cual se conmemora, denominada Caraparicito, sobre la cual ahora se asienta una comunidad indígena, contó hasta hace poco con un propietario al cual el Estado le expropió su tierra por someter a decenas de familias bajo un régimen de servidumbre. Ahora, para esas familias se abre otro camino.
Esta no es una crónica del siglo pasado. El pueblo guaraní viene exigiendo al Estado boliviano desde hace más de 20 años la recuperación de su territorio ancestral y la liberación de las familias cautivas. Después de muchos años de lucha de las comunidades, intervención de las autoridades estatales y de varios organismos internacionales, se lograron avances significativos en el proceso de liberación de las familias sometidas al régimen de servidumbre y en la reconstitución de su territorio. En ese marco es que las familias, las mujeres, que antes eran esclavas están aprendiendo a organizarse para salir adelante.
"Nos hacía trabajar fuerte, yo vi cómo los trataban. Nosotros veníamos a seleccionar pipoca (maíz). A los otros les daban harto para que escojan y tenían que escoger bien sino de nuevo se los mezclaban todo y de nuevo tenían que escoger. Tampoco les pagaban bien, ellos trabajaban por su propia comida. Les daban arrocito, jabón, nada más. Había nenes que trabajaban con su mamá escogiendo pipoca", cuenta Elizabeth Flores, quien trabajó en la hacienda que se encuentra a unas seis horas del centro de Santa Cruz de la Sierra.
"El territorio es muy importante para nosotros, es por lo que venimos luchando hace muchos años. Nosotros peleamos por nuestro territorio porque desde siempre perteneció a nuestros antepasados, a nuestros abuelos. En nuestro territorio hay mucho hidrocarburo, flora, fauna y nosotros no lo aprovechamos y estamos luchando para recuperarlo", afirma Delina, responsable de Género en la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG). Actualmente ella se ocupa de capacitar y formar compañeras para que tengan más participación en la organización.
En diciembre de 2010, 15 mil hectáreas de la hacienda Caraparicito, anterior propiedad de familia Larsen, fueron expropiadas y entregadas a familias guaraníes de la Capitanía de Alto Parapeti. Esta expropiación forma parte del proceso de reversión en distintas haciendas donde el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) identificó la existencia de la servidumbre en el chaco cruceño.
Delina tiene 32 años y 4 hijos. Ella fue una de las comisionadas para hablar con los peones guaraníes cuando aún estaban "empatronados", como dicen ahí. No fue un proceso fácil porque ella y otra compañera tuvieron que ganarse primero la confianza y en su lengua pudieron ir averiguando cuál era la situación de sus compañeros que tenían mucho miedo de hablar por miedo a represalias de sus empleadores. Pero pasó mucho antes de llegar a esa instancia. La primera vez que el Estado trató de ingresar al territorio, una comisión del gobierno, compuesta por el viceministro de Tierras de aquel entonces más funcionarios del INRA, junto a miembros de ONG y periodistas, entre ellos un camarógrafo argentino, fueron atacados por terratenientes y ganaderos, en pleno 2008, cuando Bolivia ardía por los intentos separatistas de diversos sectores que se oponían a Evo Morales del único modo que sabían expresarse: la violencia.

SABEMOS QUE EN NUESTRA ORGANIZACION LAS MUJERES NO TENEMOS MUCHA PARTICIPACION, POR ESO EMPEZAMOS A CAPACITAR.

"Un hermano guaraní fue golpeado, amarrado en una plaza en la zona de Cuevo", relata Delina sobre un abogado que recibió azotes en su espalda. También una periodista fue golpeada y hubo un intento de violación, después de que los vehículos en los que se transportaban fueran atacados a piedrazos.
A pesar de ello, el proceso continuó. Entre 2006 y fines de 2010 se sanearon en Bolivia 43 millones de hectáreas. A eso hay que sumarle otros 9 millones anteriores a la gestión de Morales. Ambas instancias suman en total la mitad del territorio nacional sujeto a saneamiento. "En 2006 se produce un cambio sustancial con la ley denominada de Reconducción Comunitaria de la reforma agraria cuyo meollo es que la propiedad de la tierra, así estuviera legalmente otorgada, cosa que es muy rara en nuestro país, si no cumple con una función económico-social, tratándose de propiedades medianas y de empresas, es objeto de redistribución en favor exclusivo de los sectores mayoritarios que tienen que ser los destinatarios de las transformaciones sociales agrarias, empezando por la redistribución de las tierras", cuenta Alejandro Almaraz, viceministro de Tierras en aquel entonces, integrante de la comisión atacada en 2008. Esta ley incorpora la figura de la reversión, que es "el retorno de la propiedad agraria al dominio del Estado, es decir, la reversión significa que ante la concurrencia de ciertas causales, particularmente el incumplimiento de la función económico-social, la tierra retorna a dominio del Estado que la redistribuye, la dota en favor de indígenas y campesinos, sin pago de indemnización porque lo que se está haciendo es que el país recupere tierras que tenían un propietario particular que incumplía funciones".

El 8 de abril en el predio donde antes había un gran caserón donde dormían los peones fue el escenario del homenaje a quienes hicieron posible la reversión de la tierra. Comenzó con el canto del himno boliviano en guaraní en una ceremonia en donde se celebró la asistencia de quienes acompañaron el proceso de saneamiento en diversas formas. Para hombres y mujeres guaraníes se abre un nuevo camino, un proceso de reapropiación del territorio. Serán unas 40 familias las que allí vivirán.
Y esta etapa no es fácil. "Cuando los hermanos entraron y vieron que estaban libres, que estaba la tierra, no sabían cómo empezar a producir." Por eso precisan apoyo desde el Estado para esta etapa, cuenta Delina. "Pero ahora están trabajando por tener algo mejor, por tener sus casitas en esas hectáreas donde ya están sembrando maíz y poroto." Al mismo tiempo, "con las mujeres estamos viendo cómo se organizan, porque no saben, porque estaban acostumbradas a otra vida. Hay que comenzar a capacitarlas, a formarlas. Estamos socializando leyes que ellas necesitan conocer. Las mujeres piden que se las apoye con fortalecimiento, con capacitación para poder llevar adelante la comunidad".
También las mujeres guaraníes deben enfrentar la violencia intrafamiliar, hacia las niñas, la violencia psicológica. "Eso se está viendo, eso ha venido sucediendo siempre pero a nivel organización va cambiando poco a poco. Tratamos de que salga a la luz, sobre todo en las nuevas comunidades, para que no haya violencia". Delina junto a sus compañeras trabaja para formar nuevas líderes. "Sabemos que en nuestra organización las mujeres no tenemos mucha participación por eso empezamos a capacitar." Actualmente están peleando por una escuela de formación para mujeres jóvenes.
El pueblo guaraní se encuentra en el departamento de Chuquisaca, Tarija y Santa Cruz, por eso ellos hablan de Nación Guaraní, que se extiende también por Brasil, Paraguay y Argentina. En Bolivia son aproximadamente 300 mil.
Cuando se habla de género, "en el pueblo guaraní decimos que no sólo hablamos de mujeres, entonces, cuando quiero capacitar y llamo a una reunión, no puedo llamar sólo mujeres, también están los hermanos. Es difícil, pero en eso estamos y empezamos a dar un paso más. Hay mujeres en las concejalías, algunas son mburuvichas (dirigentas) entonces vamos ganando espacio. En eso estamos".

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-6457-2011-04-22.html

Tags: haiti

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