La falsa primavera árabe
por Hoenir Sarthou
El final era previsible. Como todos hemos podido ver en los videos, el líder libio, Muammar el Qadaffi, derrotado, ensangrentado, tal vez herido, fue cobardemente golpeado, vejado de varias maneras y luego asesinado a balazos por una turba armada a la que la prensa occidental ha dado en identificar con "la primavera árabe".
Suerte similar tuvieron uno de los hijos de Qadaffi y uno de sus ministros, cap- turados vivos y asesinados poco
después. Con esos antecedentes, cuesta poco imaginar que la persecución final de los leales al gobierno derrocado será un baño de sangre Un linchamiento es siempre un espectáculo horrible.
La indefensión de la víctima y el sadismo de los verdugos hacen que toda noción de justicia desaparezca del asunto y que -para mentes sanas- sólo quede la sensación de horror y de crueldad.
Sin embargo, en este caso, es conveniente ir más allá de esos sentimientos para intentar entender cómo, por qué, por obra de quién y en beneficio de qué intereses, ocurrió lo que ocurrió (y sigue ocurriendo) en Libia y en otros países árabes.
EL OBJETIVO ESTRATÉGICO
No es novedad que las potencias occidentales (EEUU y varios países europeos) se han fijado como objetivo estratégico el control de recursos naturales valiosos y escasos, como el petróleo.
Lo novedoso es el cambio de táctica que parecen haber adoptado.
La primera invasión a Irak (Bush padre, 1991), la invasión a Afga-nistán y la segunda invasión a Irak (Bush hijo y Obama, con aliados europeos), y las amena- zas de agresión contra Irán, parecen corresponder a una etapa superada, en la que los EEUU, solos o con aliados, y con o sin el respaldo de la ONU, preten-dían actuar directamente sobre los gobiernos y los territorios de su interés.
El negocio fue bueno.
Miles de millones de dólares de recursos públicos, invertidos en la guerra, fueron en realidad trans-feridos a manos privadas por concepto de compra de armamento, contratos "de reconstruccion" y apoderamiento de recursos petroleros.
Sin embargo, la crisis económica que afecta a las potencias centrales y la inviabilidad política de nuevas guerras de agre- sión parecen imponer un cambio de táctica. Todo indica que llegó el momento de hacer entrar en juego a los pueblos árabes, que hasta ahora habían sido peones insignificantes, meros "daños colaterales", para la estrategia mundial.
El objetivo parece obvio también: colocar gobiernos dóciles que permitan controlar la región sin necesidad de invadirla militarmente.
FALSA PRIMAVERA
De golpe, sin que nadie supiera cómo ni por qué, a los gobiernos árabes (en general musul-manes y sobre todo petroleros) les nacieron oposiciones activas, movilizadas, comunicadas por twitter y facebook, partidarias de los derechos humanos y decididas defensoras de la democracia, de la apertura cultural y de la libertad política y de comercio, es decir de todo el "combo" ideológico grato al gusto occidental.
Uno, que es un poquito viejo y desconfiado, tiende a dudar de esas repentinas erupciones ideológicas que no responden a los antecedentes históricos ni a procesos de maduración política gradual.
Como tendería a desconfiar si en el centro de Montevideo se produjeran de pronto masivas manifestaciones budistas o musulmanas.
La desconfianza se acentuó al ver que la prensa occidental, las grandes cadenas que controlan la información, se lanzaron fervorosamente a hablar de "la primavera árabe", a reproducir los reclamos de los manifestantes y a dar por sentado su carácter "democrático", "mo-dernizador" y en definitiva pro-occidental pro-occidental.
Otros hechos confirmaron la desconfianza.
Así, en Egipto, la caída de Mubarak fue seguida por la instalación de un gobierno militar, y en el plebiscito, convocado para reformar (y "democratizar") la constitución, votaron apenas el cua-renta por ciento de los egipcios.
¿Dónde quedó la voluntad "de-mocrática" del pueblo egipcio?
Pero el caso libio decididamente puso en evidencia la trampa.
Después de cuarenta y dos años de gobierno, después de ser alternativamente el peor enemigo y uno de los grandes proveedores y socios de los gobiernos occidentales, Qadaffi (o kadaffi, o Gadaffi) se convirtió en el mayor monstruo sobre la faz de la Tierra.
De golpe, fue declarado un asesino, un demente y un peligro para la paz mundial. Al mismo tiempo, de la nada, surgió en Libia una supuesta oposición ("democrá-tica", "modernizadora"y, por supuesto, prooccidental) que estaba a punto de ser exterminada por las tropas de Qadaffi, integradas, siempre según la prensa occidental, por "mercenarios reclutados en diversos países africanos".
LOS TRES ATAQUES A LIBIA
La invasión a Libia comenzó con un ataque mediático, que buscó y logró dos objetivos.
-El primero fue privar a Qadaffi y a su gobierno de la más elemental condición humana; de-finido como un monstruo, cual- quier ataque contra él, contra su familia y contra sus partida-rios era legítimo.
-El segundo objetivo fue instalar la idea de que existía en Libia una oposición civil, desarmada y pacífica, que estaba a punto de ser exterminada. Por supuesto, la versión de la prensa occidental no explica por qué esa oposición democrática y pacífica se convirtió de un día para otro en un ejército y en una turba armada proclive a los linchamientos.
Tampoco explica que el régimen de Qadaffi, supuestamente dirigido por un demente sanguinario basado en el terror, tuviera la capacidad de resistir organizadamente durante ocho meses a la rebelión interna y a la agresión sistemática de las potencias occidentales.
Pero, ¿qué importa eso?, si la guerra ya estaba en curso y ni Qadaffi ni sus partidarios quedarían vivos para cuestionarlo. --El segundo ataque (no puedo demostrarlo, pero resulta ob-vio) fue armar y tal vez organizar a esa oposición militar in-terna, que por sí sola no habría podido derrocar a Qadaffi pero que era indispensable para disimular que la operación contra Libia era en verdad proyectada desde el exterior.
Ojalá la prensa occidental fuera tan incisiva para investigar el origen de las armas y del dinero con que contaron los antiqadaffistas como lo fue para demoler a Qadaffi.
-El tercer ataque fue el bombardeo sistemático del territorio libio por parte de la aviación inglesa, francesa y de los EEUU, pero, sobre todo, lograr que la ONU legitimara esos bombardeos.
¿POR QUÉ QADAFFI DEBÍA MORIR?
Desde el primer día, el objetivo de los ataques fue, indisimuladamente, no sólo el derrocamiento sino la eliminación física del líder libio. Los bombardeos a su palacio, la muerte de uno de sus hijos y de sus nietos, la persecución por todo el territorio libio, el reclamo de Hillary Clinton de su "captura o muerte", y finalmente el que hayan sido aviones europeos los que destruye-ron el convoy en el que Qadaffi intentaba escapar de Sirte, demuestran que esa muerte era un objetivo muy importante de la operación. ¿Por qué?
No es fácil saberlo con exactitud, pero sí suponer varios motivos. Todo indica que, en los últimos tiempos, Qadaffi incurrió en alguna jugada intolerable para las potencias occidentales. Tal vez su intrincado ajedrez con los países africanos, a los que intentaba liderar, quizá algún plan relacionado con el petróleo o con la moneda en que se lo comercializa.
También es cierto que estaba enterado -por haberlas presenciado, participado o financiado- de todas las maniobras y negociados de los líderes mundiales durante los últimos cuarenta años, lo que lo convertía en un testigo molesto si hubiera sido sometido a juicio.
Por otra parte, el apoyo político interno que demostró tener durante la guerra indica que habría sido muy difícil controlar a Libia si Qadaffi hubiera seguido vivo.
Para terminar, tras el destino de Hussein y de Bin Laden, hay un mensaje que parece reiterarse a los líderes árabes: "enfrentarse a las potencias mundiales se paga con la vida, y, si es posible, también con la de hijos y nietos".
EL PAPEL DE LA ONU Y LOS DERECHOS HUMANOS
Una vez más, los derechos humanos -en este caso los de la supuesta oposición civil amenazada- fueron el pretexto para justificar una intervención mi-litar.
Y, una vez más, la ONU se prestó a legitimar una intervención militar que sus integrantes privilegiados (EEUU, Inglaterra y Francia, miembros permanentes del Consejo de Seguridad) deseaban realizar.
Que ahora la ONU reclame investigar el linchamiento de Qadaffi y de sus colaboradores no es más que una demostración de hipocresía. Esas muertes eran parte del plan desde el pri-mer momento.
Los que probablemente deberían reflexionar son los "progresistas" y "bienpensantes" de izquierda que, a lo largo y ancho del mundo, movidos en buena medida por el aval de la ONU; justificaron la intervención en Libia como un caso de defensa de los derechos humanos. El mundo no es simple. Y, si algo queda claro, es que la pretensión de universalidad de los derechos humanos, así como la de imparcialidad de la ONU y otras organizaciones internacionales, pueden operar como pantalla de los más ilegítimos y reaccionarios poderes fácticos del mundo.
Uruguay, 27 octubre 2011
Voces del Frente
enviado por resist1619@yahoo.com
